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¿Todavía hay alguien que crea en el destino? De hecho, ¿aún queda alguien que crea en algo, así, en general? Supongamos que sí. Es una hipótesis. Vamos a trabajarla un poco. Pongamos que allá por los 70, en un barrio de Buenos Aires, creció un chico cuya primera palabra fue ‘gol’. Está predestinado, debían decir los suyos, alegres de que hubiera adoptado una pasión desde tan chico.

A decir verdad, el chaval iba en serio con la pelota. Hasta disponía a los indios y a los vaqueros en el suelo de su habitación formando en un terreno de juego imaginario, como si para dirimir sus diferencias, el general Custer y Toro Sentado se encomendaran a la pizarra. El 7º de Caballería, sobrado de recursos, plantea un ambicioso 4-3-3, tendrá más la pelota y, aunque está algo nervioso, es favoritísimo en las quinielas; los indios, convencidos de que ese río y esa colina son tan suyos como sus manos, sus pies y sus cabezas, se van a dedicar a tender emboscadas y a exprimir sus virtudes, que no son pocas. Y a creer, que para eso ellos sí saben en lo que creen. Si hasta el mismísimo Caballo Loco se arremanga, que aquí pringan todos. Y los lakota, los cheyenes y los arapahoes trabajan y pelean juntos, que hoy nos la jugamos, del primero al último.

Si confiamos en el destino y en las vidas que transcurren como círculos que se cierran, aquel derbi de Little Big Horn lo debieron ganar los indios, digo yo, aunque fuera 1-0 y sufriendo. Es lo que hay, y así lo entendían; pero no lo aceptaban y por eso ganaron. Por mucho que, al final, terminaran perdiendo. Porque esto va de perder. Porque lo natural, lo ingenioso, lo generoso y lo que vale la pena hace décadas que vive encerrado en una reserva. Y sin embargo…

Y sin embargo, el niño que jugaba más rápido con la cabeza que con los pies creció al fuego de la disciplina. Será el jefe. Y en la ficción del fútbol, con él intuimos que el mal del mundo es que hay muchos que mandan, pero pocos que lideran como lo hace Diego Pablo cuando carga el enemigo. Y qué manera de creer la de los suyos cuando lo ven dirigir. A pecho descubierto, pero siempre con un plan.

 


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