“Es curioso esto de la idolatría. Nunca lo había visto. Nunca. Ni siquiera sabía cómo tocaba el balón o cómo hacía para, entrando desde atrás, marcar todos los goles de su equipo, la Juventus de Turín. Pero, incluso así, sin verlo ni una sola vez, este tipo ya era mi ídolo. Un ídolo quizá imaginario, pero mi ídolo al fin y al cabo”. Este fragmento habla sobre Michel Platini. Lo escribió Pep Guardiola en La meva gent, el meu futbol, una de esas biografías que publicaba cada año el diario Sport coincidiendo con las fechas de Sant Jordi, y que muchos jóvenes barcelonistas continúan viendo, entre polvo en sus estanterías, como reliquias de tiempos pasados. Porque, aunque hoy nos parezca una absurdidad que un veinteañero se ponga a narrar sus vivencias como si la vida ya le hubiera dado como para escribir un libro, para aquellos mocosos que éramos, que soñábamos con recibir un pase suyo, festejar un gol de la victoria con ellos, era una manera de acercarnos un poco más a los ídolos del equipo de nuestras vidas.

Pero lo que me lleva a recordar esas líneas de Pep Guardiola sobre Michel Platini no son ni los Samuel Eto’o ni los Ronaldinho ni los Puyol y compañía que contaron su historia en aquellas publicaciones. La excusa que me trae hasta aquí es que hoy David Trezeguet cumple años. Y él, como muchos otros mitos, es uno de los tantísimos ídolos remotos, lejanos, a los que venerábamos de pequeños. Esos referentes a los que no veíamos jugar durante el fin de semana. Aquellos que la prensa ponía en portada anunciando a bombo y platillo su fichaje por un grande de aquí, aunque al final soliera acabar en papel mojado, y nos ilusionaba ver vestidos con nuestras camisetas. Los mismos que aparecían en las portadas de los videojuegos, y con los que queríamos marcar goles imposibles en la consola. Y los que se colaban en nuestros televisores en los brillantes anuncios de las marcas que los patrocinaban; spots, por cierto, cuya vuelta inmediata desde aquí reclamo.

La cosa es que recuerdo como si fuera ayer el día cuando Edgar Davids confirmó su cesión al Barcelona. “Davids, ok”, en la portada, con una imagen de sus gafas. Las gafas. Enloquecí. Uno de mis mayores ídolos venía a defender los colores que amaba. Y la cuestión es que seguramente, hasta esa fecha, nunca había visto ni un partido suyo. Pero qué importaba eso. Era el tipo con cara de mala leche, con unas gafas molonas, que salía en la portada del FIFA 2003 y uno de los mayores reclamos publicitarios de Nike. Cómo no iba a ser nuestro ídolo aquel tipo que en una publicidad de la marca de la diosa griega de la victoria se ponía las gafas para ver proyectados los rayos láser que esquivaría para rescatar el balón, divino tesoro, de los malos.

 

La mejor victoria de las carreras de Trezeguet, Davids, Nedved o cualquier otro ídolo imaginario, probablemente sea ser un ídolo imaginario a cientos de kilómetros de distancia

 

A un amigo mío le pasaba algo similar con Pavel Nedved. Si yo no había visto ningún partido suyo, él aún menos. Pero cuando en las maratones de Play variábamos un poco y nos íbamos a ver qué tal se nos daba jugar con las selecciones internacionales, su preferencia era la República Checa. Por Nedved, claro. Y esta mañana, mientras le daba vueltas a la idea de escribir sobre esto, le he preguntado que por qué Nedved. No ha habido respuesta. Y probablemente sea mejor que no la haya.

De haberla, nos llevaríamos un chasco. Si alguien le dijera a mi yo pequeño -y al vuestro, quizá-, al mismo que deseaba filtrarle algún día un pase a don David Trezeguet entre el central y el lateral para vérselas ante el portero, que hubo cuatro de las diez temporadas que pasó en la Juve en las que ni alcanzó la decena de goles en liga, se le caería el mundo. O si a aquel niño ilusionado con el fichaje del tipo de las gafas le contaran que después de aquel movimiento su carrera se iría a la deriva, más de lo mismo, le pillaría un depresión de caballo. Y mejor no le cuenten al yo pequeño de mi colega, al fan número uno de Nedved, que, tras tocar el cielo en 2003 llevándose un Balón de Oro y poniendo patas arriba el continente un año después con su selección, lo único que ganó fue una liga en la Serie B. Porque entonces ya lo matan.

Y si a alguien se le ocurre regresar al pasado para destrozar la infancia de esos pobres indefensos, por favor, cuéntenles toda la verdad. Después de sacar toda la maldad y narrarles sus desgracias, las mil y una derrotas de sus carreras; díganles también que aquellos hombres de carne y hueso, reales, a los que ellos veían como superhéroes desde la lejanía, eran de lo mejorcito que dio el fútbol a finales del pasado siglo y principios de este. Que la mejor victoria de las carreras de David Trezeguet, Edgar Davids, Pavel Nedved o cualquier otro ídolo imaginario, sea probablemente eso, ser un ídolo imaginario a cientos de kilómetros de distancia. De Turín a Barcelona, una eternidad. Entonces, lo de ganar o perder, por suerte, a esos mocosos ya les quedará en un segundo plano.

 


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Fotografía de Imago.