Regatea, avanza y un empujón en la mitad del campo frena su carrera. Un empujón torpe, malo, que no corresponde con una falta estratégica, ni lógica. El mediocampista, quien fue y sigue siendo víctima de la violencia de los grupos rebeldes en Sierra Leona, se levanta y quiere ejecutar rápido el tipo libre. El infractor, quien fue niño soldado en ese mismo país, se arrodilla, le toca los pies y le pide perdón. Ambos se miran y el mundo se detiene en ese momento. Quien está supervisando y enseñando a jugar al fútbol, grita que sigan, que no fue una falta grave para pedir perdón. Pero ellos, los africanos, dueños de su tierra y de lo que día a día les arrestaban “los blancos”, le explicaron que no le estaba pidiendo perdón por esa infracción, sino por lo que ese niño provocó en la familia del otro niño.

El escritor español Chema Caballero se enamoró de África en 1992. Fue a hacer una misión religiosa y se quedó. Su cultura y su injusticia, lo bueno y lo malo, sus historias y sus habitantes, hicieron que Sierra Leona pasará a ser su hogar. Y desde ese lugar explica por qué hay tantas desigualdades en un suelo tan rico y en el que todo empezó.

“Seguramente Adán y Eva eran negros, si se tiene en cuenta que biológicamente salimos de ahí”, afirma Caballero, quien lideró un proyecto para dar una oportunidad a aquellos niños soldados que habían dejado las milicias.

“Cuando llegas a África te pasan muchas cosas, pero yo me quedo y me quedaré siempre con lo bueno”, relata mientras su rostro se transforma, al mismo tiempo que con su mano derecha hace la forma de una pistola y la pone sobre su frente: “Yo ni bien llegue me apuntaron con un arma y lo más curioso es que no fueron los grupos rebeldes, sino que fue la propia policía, quien en teoría estaba allí para protegerme”.

 

El fútbol fue el puente entre el problema y la reinserción. Entre lo que hicieron y lo que hacen, entre el pasado sangriento y el futuro próspero

 

En su calma al contar las historias crueles que le tocó vivir en Sierra Leona, su voz se transforma y su frente se frunce al hablar de la injusticia en el continente: “Hay cientos de personas que ganan mucho dinero con la falta de justicia y eso es un negocio, porque al fin y al cabo solo importa África y no los africanos”.

Parece que Caballero entiende poco de negocios y mucho de fútbol, ya que a partir de ese deporte creó un proyecto exitoso que salvó a muchos niños: “Son pequeños cuando ingresan en los grupos armados, tendrán siete u ocho años. El jefe, quien los apadrina, les obliga a matar a su padre primero, como señal de entrega y orgullo hacia su líder, y para que, en caso que se arrepientan, no tengan un sitio al que volver. Generan un ciclo del que es muy difícil salir”.

A partir de esa ausencia, Caballero creó un lugar para reinsertar en la sociedad a estos niños que no tuvieron infancia, haciéndoles contar su experiencia, a partir de lo cual “la persona puede empezar a avanzar”.

El fútbol penetra en la forma de construcción social. “Al principio, cuando empezamos a entrenar, un niño víctima le pegó una patada a un ex niño soldado de su propio equipo, terminando a golpes, pero luego comprendieron que eran colegas y dejaron de hacerlo”, relata Caballero. El siguiente paso fueron los festejos, cuando al convertir un gol todo el equipo se abrazaba, y la reconciliación estaba a flor de piel. “Lo más importante es que generamos áreas de entendimiento y diálogo. Cuando, por ejemplo, iban al colegio, tenían temas de conversación, describían tal o cual jugada, y ahí está el proceso final de su reinserción”.

Hace algunos años, Chema Caballero volvió a vivir a Madrid, pero una parte de su cabeza, de sus sueños y de sus contactos de WhatsApp siguen estando en Sierra Leona. Los niños, ya adultos, siguen escribiéndole y mantiene un diálogo constante con ellos.

Pero la problemática sigue. Cuando arrancó el proyecto “los niños africanos estaban de moda” y había presupuesto para trabajar con ellos. Para salvarlos. Es más, se habían creado más de 15 equipos llamados Real Madrid en muchas ciudades distintas de Sierra Leona. El fútbol fue el puente entre el problema y la reinserción. Entre lo que hicieron y lo que hacen, entre el pasado sangriento y el futuro próspero. Pero la injusticia sigue haciendo lo suyo, dándole dinero a unos pocos que tienen fortunas y rompiendo el puente, ya que muchos niños prefieren morir en la batalla, peleando, que morir en sus casas de hambre.

África sigue siendo el territorio del mundo en el que se vulneran con más frecuencia los derechos humanos. Si bien hay ayudas y planes sociales, la justicia juega a las escondidas y el fútbol intenta construir puentes que a menudo no llegan a ningún lado. La brecha de la desigualdad social cada vez es más amplia en todo el mundo y se agudiza en Sierra Leona y en los países que conforman ese continente.

“La búsqueda de justicia es la gran incógnita que tenemos, la realidad es que vivimos en un sistema capitalista que mata, y hasta que no seamos capaces de cambiar este esquema no seremos capaces de crear una justicia equitativa, porque no hay nada más injusto que el capitalismo”, sintetiza Chema Caballero.

El partido que dio inicio al texto, se sigue jugando. El resultado lo seguirán marcando los años y la historia. Esperemos que haya menos tiro libres rápidos y más perdón, y una sociedad presente, ya sea jugando dentro del rectángulo llamado cancha o desde la grada mirando y haciéndose cargo de la realidad.