Afirma Mónica Crespo en Por mí, por ti, por todos que el fútbol femenino es como los torreznos: antes solo se comían en los bares de barrio hasta que un empresario iluminado vislumbró un nicho de mercado sin explotar; desde entonces, varios estadios de Primera abrieron de par en par sus puertas a los equipos femeninos y el foco mediático deslumbró a las futbolistas. Sin embargo, los que habían probado su verdadero sabor no lo olvidan con sucedáneos: “El fútbol que juegan las mujeres tiene ese sabor rancio a gradas de hormigón, a polideportivos de barrio y a los cánticos de niñas en las gradas improvisando canciones de autobús de EGB”, escribe Mónica Crespo.

Mi hermana también se llama Mónica, y jugaba al fútbol mejor que la mayoría de los chicos cuando cursábamos EGB. Mi hermana usaba el punterón con precisión de francotirador. Te hacía caños. Metía codos. Remataba de cabeza. Pero, sobre todo, leía el juego con pasmosa claridad: no necesitaba la fuerza física para bailarnos como a conos. Corrían los años 90, y algunas chicas reclamaban su sitio en el campo. En el deporte escolar, el equipo de mi hermana se proclamó campeón de Burgos de fútbol sala. Ella marcaba cuatro, cinco, seis goles por partido. Desde el medio campo, de falta, rematando de primeras dentro del área pequeña. Aquel equipo paseó el escudo de nuestro humilde pueblo por toda la región: quedaron terceras de Castilla y León. Y formaron el primer equipo femenino del Alcázar, el club de Medina de Pomar. Mi hermana jugó con la selección de Burgos y fue convocada con la selección de Castilla y León. Llegó incluso a cobrar alguna dieta, algo que pocos de nosotros conseguimos; pero, un día, dijo que no quería ir más con la selección: no vivía el fútbol igual sin sus compañeras, sus amigas.

Mediados los años 90, Miguel Longares publicó No puedo vivir sin ti, novela protagonizada por otra Mónica: la hincha más rojiblanca de Aluche, y de todo Madrid. Mónica no se quita la camiseta de su héroe, Titán, con el dorsal 9 a la espalda. Esa camiseta simboliza su identidad: los que sobreviven acostumbrados a perder, luchan por la victoria con más ahínco y no hincan la rodilla en cualquier bache. Los días que juega su Atleti, Mónica merodea por los aledaños del Vicente Calderón. Trabaja de fregona, el sueldo no le alcanza para las entradas. Y es huérfana: la Cenicienta rojiblanca de Aluche. “¿Qué no daría Mónica por romper definitivamente con su pasado de privaciones, prohibirse volver a casa de su hermana donde no encontraba el paraíso sino la maldición del trabajo y plantar la tienda de campaña con carácter estable en aquel territorio edénico, junto a la portería del fondo sur?”.

Esta Cenicienta de barrio tiene vetada la entrada al castillo. La pobreza le ha enseñado a conformarse con bajar por Las Acacias, mezclarse con el gentío que abarrota Pirámides, husmear entre los puestos de pipas y ver cómo todos, menos ella, entran al estadio. Como Mónica Crespo que, en 1994, al fin pisó por primera vez el graderío del santuario colchonero: “La experiencia me ha hecho creer que una no abraza por completo la fe atlética hasta que no experimenta en su propia carne lo que duelen algunas derrotas”, escribe en Por mí, por ti, por todos. “Para mí, la derrota más dolorosa ha sido perder el Vicente Calderón”. Mónica Crespo es ‘india’ desde que tiene uso de razón. Y también tiene como ídolo a un 9: “En el Atleti faltaban héroes y Fernando tenía todo para convertirse en nuestro Capitán Trueno”. Como la Mónica de Miguel Longares, es una hincha de corazón: tiene un asiento del Vicente Calderón presidiendo el salón de su casa y sus coordenadas, tatuadas en el brazo. “Las cosas que amas no pueden, ni deben, caer en el olvido”.

Sin embargo, un domingo, Mónica Crespo decidió cambiar el lujoso estadio donde había crecido por otro en Vicálvaro, sin gradas y de hierba artificial, donde jugaba el recién creado Atlético Féminas. Enseguida supo que allí era dónde quería y debía estar: “Cuando juega mi equipo somos ellas y yo”. Y pronto aprendió la primera lección: el fútbol femenino era como los torreznos. “El futfem no se jugaba hasta ahora en modernos estadios con luces de led y gradas repletas de patrocinadores, igual que ese pincho porcino no se tomaba en los restaurantes más chics”. El eco de aquella frase tan tópica —“Esto ni es fútbol ni es femenino”— continuaba retumbando desde el primer partido de fútbol femenino jugado un lejano 1914 por las Spanish Girls’ Club. Mónica descubrió que la rancia “extrañeza que suponía para el género masculino que a una chica le gustara el fútbol más allá del uniforme y las piernas de los futbolistas” seguía muy viva a principios del siglo XXI.

Tres Mónicas, dos estadios y un destino compartido. Las tres se convirtieron, sin saberlo, en la resistencia: hicieron del fútbol “una herramienta de igualdad” porque “en esto de la vida jugamos todos con el mismo reglamento”. Las tres pusieron su granito de arena para que el fútbol femenino siguiese creciendo y llegase hasta dónde ha llegado. Unas porque nunca colgaron las botas ante los gritos de cuatro energúmenos —“¡Las mujeres a la cocina!” o lindezas similares— que querían embarrar el partido. Otras porque no se quitaron la bufanda a pesar de los comentarios despectivos —“¡Qué sabrá esta de fútbol!”— de su vecino de localidad. Y todas y cada una de ellas porque defendieron su pasión frente a cualquiera. Porque como dice Mónica Crespo: “A las mujeres nos gusta el fútbol y lo entendemos, lo jugamos y lo vivimos”.

Y al que no le guste, que se pida una ración de torreznos.