Detesto a muy pocas personas, pero a las que detesto, las detesto profundamente, hasta el hueso, como si hubieran intentado matarme con un destornillador; por ejemplo, el niño que alguna vez fui y que alguna vez dijo que ya tenía ganas de que se acabaran las vacaciones. Volver al curro es también volver a las alarmas del móvil, las cartas del banco, las galletas integrales, la esterilla del gimnasio y los atascos en hora punta. Una tragedia en ochenta y seis actos. La libertad dura un suspiro. Un alma caritativa nos explicó que cuando eres adulto el tiempo pasa más rápido, pero en el fondo podría haber sido más explícita: ya no volverás a oler nunca más tres meses seguidos de vacaciones. Me gusta la rutina, por supuesto, pero sobre todo cuando consiste en salir de la cama, ir a la playa, comerme un Cornetto y otra vez a la cama. Diarios de un vividor. Enterrado ese paraíso, no queda otra que agarrarse con las uñas a las pocas alegrías que ofrece el inicio de curso. Entre ellas, el retorno de tu equipo. Lo peor del verano es que siempre se acaba y lo mejor del fútbol es que siempre regresa. Hay algo reparador en ese nuevo amanecer, en volver a poner el contador a cero. Como si tú también fueras alguien diferente, más depurado. Después del parón, los jugadores buenos te parecen sublimes y los jugadores malos, aceptables. Ya habrá tiempo de que la realidad triture nuestros sueños, ahora deja que contemple a ese lateral calvo que hemos fichado gratis del Genk y al que le veo cositas de Maicon. El fútbol es un antídoto infalible contra el fastidio. Yo llevo toda la vida recurriendo a él, ya sea para llevar mejor una separación, una pelea con un amigo o un problema de salud. O el primer día en la oficina. No hay muleta más eficaz. Recemos para que no se rompa.
SUSCRÍBETE A LA REVISTA PANENKA
Fotografía de portada de Getty Images.


