“‘Llora, llora. Emociónate’, me dijo una compañera. Y lloré. Lloré de felicidad”, recuerda, radiante, Mar Vergés (Palafrugell, Girona; 1995) al volver al que será siempre uno de los momentos más felices de toda su vida.

525 tardes después de verse desterrada del verde, de aquello que más ama, por una grave lesión en la rodilla derecha; la polivalente centrocampista ampurdanesa, una de las capitanas del primer equipo del Girona, volvió a vestirse de corto este sábado, este ya inolvidable 5 de setiembre del 2020, con motivo del amistoso de pretemporada entre el Figueres y el cuadro rojiblanco, que este curso debutará en Primera Nacional, en la tercera máxima categoría del fútbol español.

Con el ’21’ en la espalda, y ante la emocionada mirada de familiares, amigos y de “mis niñas del infantil del Girona”, Vergés saltó al terreno de juego a falta de un cuarto de hora por el final. “Me había imaginado ese momento durante un año y medio. Había fantaseado e incluso soñado con él. ‘¿Cómo será? ¿Qué pasará? ¿Qué haré si marco un gol?’ Me había imaginado tantas veces ese preciso momento que cuando llegó no sabía ni qué tenía que hacer ni cómo tenía que sentirme. Pero es que fue muchísimo mejor que lo que había soñado”, prosigue la futbolista catalana.

“Salí nerviosa. Por la mañana teníamos partido con las niñas, que hacía seis meses que no podían jugar por el coronavirus, y creo que sentíamos los mismos nervios. ‘Mar, hoy es tu día. Hoy es tu día’, me decían. En el momento de salir creo que incluso tropecé varias veces con la pelota, de los nervios y la emoción. Y de repente, a falta de dos minutos, me vi en la frontal del área, justo delante de la portería. Y tenía que entrar. Ese chut tenía que entrar. Y entró. Y salté. Y grité. Y saqué todo lo que he sufrido, todo lo que he vivido, en estos últimos meses. Y nos abrazamos todas. No se si podíamos hacerlo o no, pero nos abrazamos todas”, relata Vergés; atropellada por la emoción de revivir unos instantes repletos de sentimientos irreprimibles.

Al regresar atrás, Vergés afirma que “ha habido momentos duros en los que me preguntaba si valía la pena seguir. Pero el amor por el fútbol ha podido más. ‘No puedes acabar así. Haz lo que sea, lo que sea, pero no lo dejes así. No puedes dejarlo así’, me repetía. Y ha valido la pena. Ese momento del sábado ya vale por todo este año y medio, en el que he aprendido a valorarlo todo mucho más, a disfrutar de cada entrenamiento, de cada día, aunque llueva y haga frío. A veces me pregunto por qué empecé y por qué sigo jugando al fútbol; y es porque me sigue apasionando como el primer día, porque siento los mismos nervios, las mismas cosquillas en la barriga y la misma ilusión que el día que pedí en casa que me apuntaran a jugar a fútbol. El sábado por fin pude volver a hacer lo que más me gusta, lo que más me apasiona, y pude volver a disfrutarlo, y fue como volver a comenzar. Como si volviera a calzarme las botas por primera vez”.

Aquella primera vez queda ya un poco lejos, pero sigue viva en la memoria de Vergés, que compagina su pasión por el fútbol con su trabajo como tutora de primaria en una escuela de la ciudad de Girona. “Antes era aún más complicado para las niñas. Yo siempre quise jugar al fútbol porque me encanta desde pequeña, pero recuerdo que también probé el tenis, el baloncesto y la natación porque no había equipos de fútbol exclusivamente femeninos y, básicamente, porque los clubes te rechazaban porque no querían niñas. Mis padres no sabían adonde llevarme para que pudiera jugar. Al final empecé a jugar en un equipo de niños, y recuerdo enfadarme cuando jugábamos fuera de casa porque muchas veces no tenía un vestuario para cambiarme. Recuerdo que alguna vez tuve que cambiarme en el vestuario de los árbitros. Y que no podías saber ni qué equipos jugaban en la primera división femenina porque no encontrabas la información en ningún sitio. En el patio, era la única niña de mi clase que jugaba al fútbol. El fútbol no estaba pensado para los dos géneros. Hemos avanzado muchísimo, y hemos dado muchísimos pasos hacia delante, pero todavía tenemos que trabajar muchísimo más. Ya no es extraño ver una niña jugando al fútbol, pero los niños siguen rechazándolas en el patio”, insiste en remarcar Vergés, que creció idolatrando a futbolistas como Javier Saviola o Bojan Krkic. 

Y concluye: “También me encantaba Marigol. L’Estartit jugaba entonces en la Superliga, en la máxima categoría, y siempre me fijaba en ella y me decía: ‘yo quiero ser como ella’. Iba a verlas cada dos domingos, pero si no ibas al campo no existían porque los partidos no se retransmitían. Ahora las niñas tienen referentes femeninos, y esto, que antes no pasaba, es muy importante. Es clave. Se fijan en las del Barça. Pero también en nosotras. Nos vienen a ver cada fin de semana. Y nos piden fotos y autógrafos con la misma ilusión con la que se dirigen a los jugadores del primer equipo masculino. Y si hubiera camisetas nuestras se las comprarían. Somos referentes, un ejemplo para ellas. Y es un orgullo. Aquí, en Girona, aún no nos podemos ganar la vida con el fútbol, pero luchamos para que las generaciones que suben puedan hacerlo. Para que puedan ser jugadoras profesionales. Nuestro gran objetivo es seguir luchando. Por nosotras. Y por ellas”.

 


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Fotografías de Núria de la Cruz