En esta serie de artículos, proponemos un viaje al lector a través de lugares, momentos, casualidades, héroes y villanos que conforman la historia de los Mundiales de fútbol, desde sus primeros días hasta la actualidad.


 

El duelo había acabado en tragedia. Ya se sabe: 2-1 a favor de los uruguayos. Con ello, se hizo el silencio de golpe en el estadio de Maracaná. Rozando el 80′, Ghiggia había anotado un gol histórico. Antes lo habían hecho Friaca, para Brasil, y Schiaffino, para los celestes. Ya no se movería el marcador y la Copa del Mundo era charrúa. El trofeo fue entregado con torpeza por un Jules Rimet que no daba crédito a lo que vieron sus ojos. Brasil estaba hundida en su propia casa.

Tras el duelo, Brasil trató de dormir. El clima de la noche brasileña, arropado por la brisa marina de Río de Janeiro, era muy plácido. En medio de la noche, un hombre extranjero camina por la calle. Una Río de Janeiro más vacía, más oscura. El hombre no conoce la ciudad. No es la suya. Sin rumbo ni conocidos, sigue su instinto. Casi a oscuras, el frescor de la noche confunde al paseante mientras mira, con la cabeza gacha, sus propios zapatos avanzando en la oscuridad. Acompañado por el viento, el hombre se pregunta si el aliento frío en sus mejillas es debido a la cercanía del mar o a la humedad de las lágrimas de Brasil.

Fueron muchas las que se derramaron por los más de 100.000 que lloraron en Maracaná. Un estadio de hormigón, pero creado para la alegría, que se convirtió en tumba de las aspiraciones de toda la nación. Pocos pudieron contemplar esa noche los pasos de ese hombre solitario en la noche de Río, pues pocos estaban fuera de casa tras el desastre. Muy pocos quisieron seguir con su vida inmediatamente, quizá por comprobar si, en algún momento, la pesadilla terminaba y acababan por despertar.

En la otra punta de la ciudad de Río, otra figura solitaria en la noche cruza las calles a paso ligero. Nadie acompaña sus pasos en la noche, pero el nerviosismo no le deja fiarse de las sombras. Una chaqueta alcanza a refugiar su cuerpo del frío, pero no tapa la culpa que lleva consigo. Y aunque Río de Janeiro era su casa desde hace cinco años, esa noche se siente un extraño entre sus calles.

Los pasos de uno y otro confluyen de manera fortuita en un pequeño bar. No era extraño encontrar los neones encendidos en las noches de Río de Janeiro, pero sí lo era en aquella. Muy pocos tragos pendientes y ninguno estaba destinado a la celebración. Quizá, si acaso, alguno para olvidar. A la mañana siguiente, sin embargo, allí se encontrarían la realidad. El dolor. Allí se encontrarían con la derrota. Incluso con las culpas ya repartidas.

 

Obdulio Varela daba tragos cortos a la cerveza mientras se le nublaba la mirada, consciente del dolor que su pundonor, entrega y capacidad futbolística, habían significado para todo un país

 

Pero esa noche aún quedaban horas para enfrentarse a la vida real. En ese bar, el extranjero optó por la comodidad de la barra, buscando la sombra de uno de sus extremos, mientras señalaba al camarero la cerveza que iba a tomar. El segundo hombre, atraído por el anonimato, pareció huir del extranjero y se sentó en la otra punta del local, casi inmerso en las sombras. Ninguno de los dos celebraba, pero los dos bebían.

El camarero era el tercero en discordia. Ojeaba un periódico. Uno de ese mismo día: 16 de julio de 1950. Pero parecían haber pasado cien años. En el titular, Jornal dos Sports animaba a la selección brasileña. Alguna declaración incluso daba por hecho el trofeo. Esos fueron los primeros damnificados. Los que hablaron antes de tiempo. Los que dieron por hecho que, tras la victoria en la Copa América un año antes, el Mundial en casa para Brasil iba a ser un juego de niños.

Todo el país se había engalanado para la ocasión. Maracaná brillaba como nunca para hacer sitio a las más de 100.000 personas que esperaban ver la primera victoria en un Mundial de su combinado nacional. Con las esperanzas por los aires, Brasil se echó a la grada del coloso, pero también a sus calles en cualquier rincón del país, llenando las plazas y los bares. Esos que tras el partido no aguantaron abiertos hasta tan tarde. Solo la fachada de ese bar rebelde seguía luciendo neones en la noche de Río de Janeiro. En las sombras de su interior, los dos extraños empezaron a intercambiar miradas, sin atreverse a decir una sola palabra.

El extranjero, con su cerveza, pensaba en lo duro que había sido lo vivido hacía pocas horas. Mirar a la grada del gigante de Maracaná era hacerlo a la cara de miles llorando y otros tantos atónitos, mientras la Copa del Mundo iba de mano en mano entre los compañeros celestes, aún en el campo. No eran de palo, finalmente, como les había dicho a sus compañeros al saltar al césped. Ghiggia asestó el golpe definitivo y la grada enmudeció de golpe. Qué sensación. En el campo, sus colegas brasileños, que amaban el fútbol como ellos, yacían derrumbados sobre el campo, preguntándose los porqués de la derrota.

Obdulio Varela, que así se llamaba el tipo, daba tragos cortos a la cerveza mientras se le nublaba la mirada, consciente del dolor que su pundonor, entrega y capacidad futbolística, habían significado para todo un país. Ahora, entregado a la noche, Obdulio no pensaba en la alegría de su gente, y había huido del hotel para vivir junto a las víctimas el dolor que había provocado su victoria.

El otro hombre, casi sin hacerse notar, observaba los tragos de Obdulio mientras daba vueltas a su propio vaso. En su cabeza, lo que daba vueltas era el disparo de Ghiggia, el rival que a falta de diez minutos descompensó el resultado del partido. Su impresión era que, por mucho que se hubiera estirado, el lanzamiento hubiera seguido su camino hasta la portería. Esa que se había dedicado a guardar con tanto empeño y orgullo.

 

Juntos, pero separados, Obdulio y Moacyr podrían haber coincidido esa noche dando tragos en Río de Janeiro. Unidos por el fútbol y por el destino. Por las sombras de una ciudad de luto. Por la barra de un bar dormido

 

Moacyr Barbosa, que así se llamaba el tipo, se lamentaba una y otra vez por no haber sido capaz de tapar esa pelota. Aún no lo sabía, pero el portero brasileño iba a repetir ese partido durante años, en sus sueños, consiguiendo parar el balón y sacar velozmente buscando el talento de Ademir, un seguro para poner el marcador a su favor. Pero la realidad era otra. Y esa realidad sería la cárcel en la Moacyr Barbosa, meta maldito en la mente de los brasileños, iba a tener que vivir a partir de esos 90 minutos.

Tras acabar el trago, los dos abandonaron el lugar. Primero Barbosa, después Varela. Ambos dejaron al camarero con su periódico, ese que contaba la verdad que decidieron creer algunos y que la historia iba a negarles. Esa mentira recurrente que azota a muchos gigantes y les hace creer que se puede llegar a ganar sin jugar.

Juntos, pero separados, Obdulio y Moacyr pudieron vivir de esa manera las horas posteriores a la final que les cambió la vida. Obdulio Varela, eterno capitán uruguayo, siempre reconocería haber sufrido enormemente por la final ante Brasil. Por ese sentimiento creado en Maracaná. Su honor como capitán le llevó a mezclarse con los brasileños en los bares que encontró abiertos durante esa noche, llorando con ellos la tristeza en la que había colaborado.

Moacyr Barbosa, el meta brasileño en esa final, sería señalado de por vida por la crítica de aquellos que quisieron, desde el dolor, a veces, y desde el racismo, otras, negar la evidencia mil veces repetida de que no había portero en el mundo que hubiera podido parar el disparo de Alcides Ghiggia. Realmente no se sabe lo que hizo Barbosa esa noche. Si lloró en casa como algunos o si salió a compartir el llanto, como Obdulio.

Juntos, pero separados, Obdulio y Moacyr podrían haber coincidido esa noche dando tragos en Río de Janeiro. Unidos por el fútbol y por el destino. Por las sombras de una ciudad de luto. Por la barra de un bar dormido. Y lo hacen aquí, en el azar de una noche inventada.

Todo por la misma fortuna a la que apeló ‘El Negro Jefe’, Obdulio Varela, tal y como nos contó Galeano, cuando la prensa, agolpada a las puertas de Maracaná, le preguntó al capitán sobre el porqué de esa histórica victoria. En su boca solo se dieron cita dos palabras: “Fue casualidad”.

 


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