4 de julio de 1954. La lluvia caía contundente, sin disimulo, sobre el césped del Wankdorfstadion de Berna. A las cinco de la tarde comenzaba la final de la Copa del Mundo y el terreno de juego no presentaba las mejores condiciones para que Hungría, favoritísima, y Alemania, a la que le había caído un 8-3 contra los magiares en la fase de grupos, desarrollaran un juego atractivo durante los últimos 90 minutos de fútbol que se vivirían en el verano del 54 en Suiza. Todos los protagonistas, jodidos por el clima; todos menos uno, Fritz Walter -el porqué viene más tarde-. Y precisamente fue él, el capitán de unos alemanes casi incrédulos ante su hazaña, el encargado de levantar al cielo de la capital helvética la Copa Jules Rimet, la que les proclamaba como el mejor equipo del mundo.

Por todos es conocida su gesta. Hasta se le puso un nombre, el Milagro de Berna, y, de paso, también se filmó una película sobre aquello. La historia, su historia, bien valía estos reconocimientos; pues aquella victoria, tan inesperada como épica, fue un soplo de aire fresco para una Alemania destrozada y hundida tras una Segunda Guerra Mundial de la que el país tardó mucho tiempo en sobreponerse. Ese grapado de futbolistas que representaron a los germanos en junio y julio de 1954 ya nunca más serían meros hombres que pateaban un balón para introducirlo entre tres postes tintados de blanco, serían eternamente héroes; quizá, como dijo el mismo Fritz Walter, por devolverle “el orgullo a los alemanes”. Y si para ganar una guerra, o un Mundial, tienes que ir superando diversas batallas, o partidos, para obrar aquel milagro los teutones debieron luchar contra imposibles. Pero, probablemente, ninguno de los 21 germanos que viajó hasta Suiza sufrió tanto como su capitán para salir campeón del mundo. Para entenderlo, deberíamos viajar 12 años atrás, hasta 1942; antes, hagámoslo hasta 1920, cuando nació, en Kaiserslautern, Friedrich ‘Fritz’ Walter.

Hijo de una pareja alemana propietaria de un restaurante en la misma ciudad -su padre fue anteriormente camionero hasta que un accidente le hizo perder la visión en un ojo-, a Fritz, como a sus hermanos pequeños Ottmar -también campeón en el 54, siendo la primera pareja de hermanos en lograrlo- y Ludwig, pronto le llamó la atención aquel deporte emergente a principios del siglo pasado. Se le dio tan bien que a los ocho años el club de la ciudad, el club de sus amores, ya le había echado el ojo y se lo llevó hacia sus categorías inferiores. A los 17, cumplió el sueño de debutar con el primer equipo. Dos años más tarde, con 19, también lo hacía con la selección alemana, esta vez, con hat-trick incluido ante Rumanía (9-3). Ese chaval apuntaba maneras. Estaba claro. Los que le vieron jugar cuentan que sobre el césped, desde la posición de delantero, tenía características similares a las que desprendió en esa misma época Alfredo Di Stéfano. Se movía por el campo a su antojo, bajaba a combinar con los compañeros, iba sobrado con el control del balón y metía goles como churros. En 1939, ya con la Segunda Guerra Mundial iniciada, el icónico seleccionador alemán Sepp Herberger movió hilos para que los internacionales germanos siguieran apartados del conflicto y montó más de una treintena de partidos amistosos contra selecciones de países aliados a las Potencias del Eje. Pero, tres años después, cuando el conflicto ya había desencadenado miles de muertes y se encontraba en un punto sin retorno, el Ejército alemán interrumpió la ascendente carrera balompédica de Fritz Walter y le llamó a las filas para asignarlo en las fuerzas paracaidistas.

Sabedor del potencial de Walter, el brazo ejecutor de Herberger sobre la cancha, y por el afecto que le tenía, el seleccionador alemán buscó la manera para que aquel chico que deslumbraba desde muy pequeño en Kaiserslautern viviera lo más alejado posible de la guerra. Tal y como cuenta Miguel Ángel Lara en El poder del balón: Episodios futbolísticos que hicieron Historia, “Fritz pasó a formar parte de los Rote Jäger (Cazadores Rojos), el equipo de fútbol creado en el frente por el Mayor Hermann Graf, héroe alemán, Cruz de Caballero de la Cruz de Hierro con Hojas de Roble, Espadas y Diamantes (máxima condecoración militar en el III Reich) tras la batalla de Stalingrado… y un loco del fútbol (jugaba de portero). Desde mediados de 1943, recomendado por Herberger a Graff, Fritz hizo goles para los Rote Jäger”.

 

“Yo te conozco. Hungría 3 – Alemania 5. Budapest, en 1942. Marcaste dos goles”. Fruto de aquel encuentro, la mañana siguiente el nombre de Walter ya no estaba en la lista de los prisioneros que debían tomar rumbo a la escalofriante Siberia

 

Así, protegido por pertenecer al equipo de fútbol militar, Walter pudo salir ileso de la Segunda Guerra Mundial hasta 1945, cuando las tropas del Ejército Rojo, con Berlín como objetivo para derrumbar a los alemanes y acabar con la guerra, capturaron a millares de combatientes germanos. Uno de ellos, Fritz Walter, que se encontraba por entonces en la frontera entre Hungría y Eslovaquia, fue internado en un campo de concentración. Ahí contrajo la malaria y, por ello, los días soleados se tornaban en fuertes dolores de cabeza y fiebre para el capitán de Alemania; la gran explicación a que en días de lluvia, como en Berna, Walter bailara bajo el agua con el balón enganchado a sus pies -razón por la que en tierras germanas, cuando el clima presenta precipitaciones, ‘hace tiempo de Fritz Walter’-.

Al campo de concentración llegaron los soviéticos. La intención, llevarse a los prisioneros a Siberia, a las gulags. Y todos sabían que Siberia era el fin, que ahí ibas pero lo más probable es que nunca volvieras. De camino a las gélidas tierras soviéticas, en el trayecto hacia la nada, el tren en el que viajaba Walter paró en Ucrania. Ahí se encontró con un grupo de soldados húngaros que estaban improvisando una especie de campo de fútbol. Al poco rato se unió a ellos. Uno de los soldados no tardó mucho en reconocerlo y, en el descanso de aquella ‘pachanga’ espontánea, una conversación fue el preludio del primer milagro de Berna. El magiar se acercó a él y dejó entrever que le encantaba su fútbol. “Yo te conozco. Hungría 3 – Alemania 5. Budapest, en 1942. Marcaste dos goles”. Fruto de aquel encuentro, y de su gran actuación contra la Hungría a la que, más de una década después, le arrebataría la posibilidad de ser campeona del mundo, la mañana siguiente a ese partidillo el nombre de Fritz Walter ya no estaba en la lista de los prisioneros que debían tomar rumbo a la escalofriante Siberia. Poco después, cuando al calendario le quedaban pocas hojas que arrancar para iniciar un nuevo año, volvería a casa; regresaría a ‘su’ Kaiserslautern para hacerlo campeón de Alemania en dos ocasiones -1951 y 1953-.

Así, cuando todo estaba perdido, cuando no había vuelta atrás, el maravilloso fútbol que desprendían sus botas fue su salvación. Y si lo del 4 de julio de un ya lejano 1954 quedó para la posteridad como el Milagro de Berna, que pasadas las siete de la tarde Fritz Walter fuera el encargado de levantar el trofeo, no fue nada más que otro milagro en aquella lluviosa tarde de verano en la capital helvética.