La vida de Axel Torres ha topado en tantas ocasiones con el fútbol que al final lo extraordinario sería que no le hubiese dejado marca, ni que fuera una pequeña cicatriz. Hay asuntos que se repiten con frecuencia en la biografía de una persona, y que, a base de insistir, acaban despejando un hueco por el que asoma un interrogante melancólico: ¿cómo fue la primera vez? Pasa con los besos, con los viajes o con los partidos. Cada vez que se repiten de nuevo, es inevitable preguntarse por los primeros, por esos recuerdos originales, limpios como la risa de un bebé, que el paso del tiempo aún no había podido deformar. Axel tuvo la valentía de salir a encontrarlos. Empujado por el extraño deseo de recuperar lo irrecuperable, y huyendo del ruido y el juego de apariencias de nuestro día a día contemporáneo, partió hacia Islandia, una isla aislada en la que “todo aún estaba por hacer”. Buscando las esencias, ya fueran del fútbol, del periodismo o del propio ser humano, fue como encontró la inspiración para escribir ‘El Faro de Dalatangi’ (Editorial Contra). En la aventura le acompañaron Víctor Cervantes, que fue quién le convenció del destino y que además firma uno de los capítulos del libro, y el fotógrafo Edu Ferrer.

¿Está uno más cómodo escribiendo que hablándole a la cámara?

Axel Torres: Sí, sin duda. La radio siempre ha sido mi medio más natural, pero escribir permite ordenar las ideas, volver atrás, tener espacio y tiempo para ver si lo que has dicho lo podrías precisar mejor… Es el formato que me da más libertad y que me permite expresar mejor aquello que quiero comunicar, y sí, si pudiese vivir solo de escribir, seguramente lo preferiría.

Víctor Cervantes: Yo no tengo tanta experiencia como Axel en los medios, pero lo que sí que me pasa, humildemente, es que escribir me aporta una sensación de satisfacción que hasta ahora no he experimentado nunca ni en la radio ni en la tele, donde dependes más del directo.

¿Hay menos autocensura, tal vez?

AT: A ver, aquí se da una situación particular, y es que el libro lo escojo yo. Obviamente, si escribiera para el ABC, por ejemplo, no podría decir cualquier cosa, y todo sería muy diferente. Pero esto es un producto independiente. Lo de que no exista autocensura tiene más que ver con lo que he hecho en sí, y no tanto con el formato.

Desde fuera se tiende a ver al experto en fútbol internacional como a un tipo que dedica muchas horas a seguir partidos y jugadores. Que tiene poco hueco para el resto. ¿Puede uno leer sobre fútbol tanto como le gustaría, por ejemplo?

AT: Tiempo siempre te falta. Pero no solo para leer sobre fútbol, sino para hacer muchas otras cosas. Este perfil de especialista en fútbol internacional es muy perverso, puesto que te exige tener una respuesta para todo, y para poder contestar a todo tendrías que estar muy preparado, y por lo tanto tendrías que ver mil partidos… Ya escribí una vez sobre este tema en Panenka. Creo que es una figura que se tendría que revisar porque es irreal. Y te lo digo desde el conocimiento que me ha dado el haberla ocupado durante muchos años. Todo sería mucho más sano y mucho más honesto si asumiéramos que no existe tal figura, es decir, si no pretendiéramos estar capacitados para poder opinar sobre cualquier tema. Si el Celta juega contra el Genk, pues muy bien, te pondrás a ver partidos del Genk durante la semana para poder analizarlo, pero no estarás pendiente de todo porque entonces es imposible. No hay tiempo material. Y si lo intentas, en efecto, acabas no haciendo nada más en la vida. A mi me ahoga un poco esta figura, de hecho me gustaría alejarme de ella en algún momento.

¿Pero lo hacéis igualmente? ¿Intentáis llegar a todo lo que escupe el fútbol? 

AT: Yo antes lo hacía, pero ahora ya no. Ahora lo hago de otra forma y como puedo, teniendo en cuenta además que mi trabajo a día de hoy es diferente al que tenía al principio de mi carrera. Para ser el súper-especialista en fútbol internacional que exige el universo, tienes que tener 20 años, vivir en casa de tu padres, que tu familia te lo haga todo, y además no tener ni pareja ni más aficiones. Si no se da ese contexto, directamente, no se puede. Puede que aprendas los trucos para camuflarlo, aunque sabrás que en realidad no lo estarás haciendo bien. Claro, ¿cuando sentía yo que lo hacía bien? Pues cuando era más joven, y solo hacía esto.

VC: En mi opinión, cuando trabajas mucho con fútbol acabas muy viciado. Acabas tan inmerso en la vorágine que pierdes parte de aquella manera de saborearlo que tenías al principio. Trabajar en este gremio, formar parte de él, te lleva a perder un poco la inocencia con la que antes seguías el deporte. Y en Islandia lo que intentamos fue recuperarla.

 

Axel Torres: “Para ser el súper-especialista en fútbol internacional que exige el universo, tienes que tener 20 años, vivir en casa de tu padres, que tu familia te lo haga todo, y además no tener ni pareja ni más aficiones”

 

Hablemos del viaje. ¿Cuando os subisteis al avión ya pensabais en serio que la aventura quedaría recogida en un libro?

AT: Lógicamente, cuando sales para ahí, te marchas para ver un poco con qué te encuentras. El libro acaba siendo producto del viaje. No lo puedes imaginar antes. Las cosas que nos pasaron en la isla, de hecho, nos ayudaron bastante. Tuvimos mucha suerte porque conocimos a personas por pura casualidad que han acabado siendo importantísimas en el libro. [Hace una pausa] El instante en el que me convenzo de que tenemos que ir a tope con esto es cuando Islandia gana contra Inglaterra en la Eurocopa. Ya había pasado un año de nuestro viaje. Y a partir de ahí, digo: ‘Oye, aceleremos el proceso, pongámonos a definirlo’.

VC: Yo al principio quería que un proyecto como este saliera sí o sí. Pero después, a medida que fui conociendo a Axel como persona, vi que más allá de esa faceta de analista que es más conocida por el gran público tenía una sensibilidad que podía ser muy interesante que descubriera la gente. Y mi objetivo siempre ha sido este: a través de ‘El Faro de Dalatangi’, explotar al máximo el Axel que no está tan relacionado con el trabajo puramente futbolístico.

Vuestra relación es uno de los ejes sobre los que gira la historia. ¿Cómo os conocisteis? ¿Qué imagen tenéis el uno del otro?

AT: Nos conocimos en la televisión, cuando Víctor entró como becario. Y sí, su manera de ser también tiene algunos rasgos particulares que se parecen a los míos. De hecho, si no llego a detectar en Víctor y en su propuesta de irnos a Islandia ese punto de rareza que compartimos, no creo que me hubiera marchado con él.

VC: ¿Puedo contar lo del espejo?

AT: [Risas] Sí, sí. Adelante.

VC: Es que el otro día encontré una fórmula para responder esta pregunta que a mí al menos me sirve bastante para explicar nuestra relación. Cuando yo conocí a Axel pensé en los espejos del Tibidabo, esos que deforman la imagen que se proyecta en ellos. ¿Por qué? Pues porque noté que tenía una personalidad que exageraba cosas que a mí me gustaban mucho, hasta el punto que las trataba con una brillantez que me dejaba totalmente admirado. Y también todo lo contrario. Axel tenía o tiene unos defectos que chocan con los míos, y que se amplían de tal forma que provoca que a veces discutamos mucho.

AT: A todo el mundo le hace gracia esto de los espejos del Tibidabo. Aunque también puede ser que nadie lo comprenda muy bien, claro.

VC: [Risas] ¿Pero se me ha entendido, no? Lo que quiero decir es que tenemos una manera de asimilar nuestras características personales que, llevada al extremo, hace que esta relación que sale en el libro se enriquezca.

Encontré a un lector que decía que Islandia, más que como un destino, en el relato se presenta como una necesidad. ¿Es correcta la apreciación? ¿Importaba más el cuándo que el dónde?

AT: Más o menos. Aunque creo que tenía que ser Islandia. Islandia o algún sitio parecido a Islandia. No podía ser Bielorussia, ¿entiendes? [Risas]. El hecho de que fuera una isla, una isla poco poblada, una isla poco poblada y al mismo tiempo relativamente grande, con mucho espacio, la convertía en el destino idóneo. Al final lo que estábamos buscando era un sitio aislado, un sitio al que no se pudiera llegar ni en tren, ni en coche, ni andando. Y bien, supongo que sí que hay más zonas con este perfil en el mundo, las Islas Feroe, por ejemplo, o la isla Sur de Nueva Zelanda… No tenía que ser Islandia, pero tenía que ser un lugar que respondiera a este concepto.

Tal vez lo que quería decir es que si este libro se hubiera escrito hace cinco años, el resultado hubiera sido muy distinto. 

AT: Sí, sí. Entiendo la reflexión. Pero lo cierto es que yo esta sensación de querer escapar siempre la he tenido. En uno de los capítulos de mi primer libro, ’11 ciudades’, que además fue uno de los que más éxito tuvo, hablé sobre Medvode, un pueblecito de Eslovenia, y un poco ya vine a exponer esto. Es decir, Medvode, que es una mierda de pueblo, que no tiene nada de especial, en realidad a mí me parecía la metáfora perfecta de un sitio en el que perderse y esconderse del mundo. Con lo que esto ya me pasaba hace 5 años. La idea de querer huir no es una cosa que aparezca de un día para otro. En mi caso, es algo que siempre ha estado allí.

VC: En la presentación del libro, Didac, uno de los editores, mencionó un concepto que yo creo que describe esto que está explicando Axel. Puso el ejemplo del romanticismo en el siglo XIX, de aquellos tipos que se imaginaban un viaje a los Mares del Sur o las tierras de la Polinesia para escapar de sus problemas. Pues creo que esto, llevado a una escala más pequeña y cotidiana, se ajusta a lo que pretendíamos. Islandia, por supuesto, tiene unos condicionantes naturales que la hacían perfecta para lo que buscábamos, pero el reto, sobre todo, era plantear un escenario idealizado al que poder huir.

¿Qué diferencia hay entre el fútbol islandés y las otras culturas futbolísticas europeas?

AT: Es un fútbol bastante puro, bastante limpio. Mira, respecto a la manera que tienen los islandeses de jugar, todos los futbolistas españoles que conocimos en la isla nos decían lo mismo: ‘Buf, aquí todo es por arriba, no se juega nada’. Y eso tiene que ver con la influencia británica que han recibido. Islandia es el típico país nórdico que ha consumido mucho fútbol inglés, y eso se nota en su estilo, que todavía se parece al que tenían los ingleses en sus inicios. Pero bueno, esto tampoco es lo que más me interesaba. A mí lo que me llamó la atención desde el primer momento es que, probablemente al ser un país que está tan lejos y tan aislado de los circuitos de la mercadotecnia occidental, su fútbol es mucho más inocente que el nuestro. Incluso te diría que mucho más infantil. Todavía no se ha alejado de la esencia puesto que, en mi opinión, todavía no ha recorrido demasiado camino. El fútbol en Islandia no se ha hecho mayor. Y es muy bonito que no se haya hecho mayor, porque significa que no ha tenido tiempo de corromperse.

Pero da la sensación que la última Euro le ha demostrado a Islandia que el progreso es posible. Ahora quieren seguir mejorado. ¿No pone eso en riesgo la pureza y el carácter amateur de su fútbol?

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AT: Hombre, puede ser que el país, pensando en que la selección siga progresando, intente mejorar en cuanto a infraestructuras y a métodos de entrenamiento. Pero yo no veo a los clubes islandeses dando un salto al ultraprofesionalismo, ¿eh? No creo que de repente la liga islandesa cambie por completo. Es que no hay gente, no hay mercado. Es decir, las propias reglas que han convertido al fútbol a nivel global en un fenómeno poco amateur, como la mercadotecnia, nos demuestran que Islandia es un rincón muy poco atractivo y, por suerte, muy poco explotable. Al final, ¿cuánta gente se hará del Hafnarfjordur? No potenciarás la liga islandesa para que sus equipos se conviertan en marcas mundiales, porque ni siquiera en la propia isla hay una masa social considerable. Lo que sí que pienso es que cada vez interesará más que se amplíe el grupo de jugadores exportables, porque para que el Anderlecht venga y fiche a un islandés, este antes tendrá que haber demostrado que posee cualidades. Y para esto sí que tienes que hacer un trabajo de formación importante.

VC: Si te fijas, en las categorías inferiores de la selección de Islandia todos los jugadores, o casi todos, ya están en filiales de conjuntos de Bélgica, de Holanda o de Inglaterra. Lo mismo pasa con el primer equipo nacional: la gran mayoría tiene experiencia en el extranjero. En Islandia tienen asumido que lo mejor para sus futbolistas es que se marchen. Aunque, volviendo a tu pregunta, yo sí que tengo un poco más de miedo. Es un sentimiento ambivalente. Porque por una parte les deseo lo mejor futbolísticamente, pero al mismo tiempo…

AT: Pero al mismo tiempo no quieres que sean de todos. ¡Quieres que solo sean tuyos!

V: [Risas] ¡Exacto! Tengo ese sentimiento egoísta de que no me gustaría que ahora, por moda, todo el mundo empezase a admirar al fútbol islandés.

AT: Es como el típico grupo de música indie que no quieres que se haga famoso.

VC: Eso es. Para mí Islandia es el típico grupo que tú conociste antes que nadie y que luego, cuando ya está en la cumbre, recuerdas con algo de rabia que eras uno de los pocos que estaban allí desde el principio, cuando en sus conciertos apenas habían una decena de personas en el público. Y claro, cuando ya van al Primavera y ves a toda la marabunta delante del escenario, piensas: ‘hostia, sí, muy guay, pero no es lo mismo’.

AT: Pero yo quiero que ganen el Mundial, hombre. Sería muy divertido. Y si eso hace cambiar la imagen que tiene el mundo de ellos, da igual, ya buscaremos otra cosa. Ya nos iremos a las Islas Feroe [Risas].

 

Víctor Cervantes: “Islandia es el típico grupo que tú conociste antes que nadie y que luego, cuando ya se ha hecho famoso, recuerdas con algo de rabia que eras uno de los pocos que estaban allí desde el principio”

 

Demos otro giro. En el libro se habla del odio como concepto que roza el oficio de periodista deportivo.

AT: No solo toca al periodista deportivo. El odio está presente en todas partes. En la sociedad en general. Y sobre todo en las redes sociales: allí es dónde se manifiesta más claramente. Pero ya te digo, no creo que el periodismo deportivo sea diferente en este sentido. Es una rama más del árbol.

¿Y qué responsabilidad tienen los medios en que esto suceda?

AT: Lo que es innegable es que hoy algunos de ellos están apostando muy claramente por la fórmula de enfrentar. Hace 15 años no se llevaban las cosas que ahora se llevan, no invitabas a un programa de fútbol a una persona de un equipo y a otra de otro equipo para que se discutieran. Entonces lo que sí pienso es que se está dando un cierto efecto de imitación. En las redes es muy evidente ese efecto, y al mismo tiempo muy curioso, puesto que parece que todo el mundo dice que estos programas no le gustan, pero la mayoría imita su tono en Internet. Y la tendencia es hacerlo desde una cierta superioridad moral: todos estamos seguros que el otro bando, éticamente, es peor que el nuestro.

¿Y esto el periodista cómo lo sufre?

AT: Te pueden confundir. Si haces un análisis un día diciendo que tal equipo ha jugado mal, entonces pueden pensar que tu también formas parte de esta dinámica de unos contra otros. Esto al final lo que provoca es que tu mensaje, en ocasiones, se perciba mal, distorsionado. Te confunden. Y como te confunden y no te gusta que te confundan, puedes acabar midiendo mucho lo que haces y dices. O sea querer ser más equilibrado de lo que honestamente tendrías que ser.

Entiendo.

AT: ¡Es que al final ser equilibrado con medida puede llevarte a modificar la realidad! Porque igual durante 10 partidos consecutivos el equipo X ha sido un drama. Pero claro, cuando llevas 9 programas seguidos diciendo que el equipo X ha sido un drama, puedes temer que algunos empiecen a pensar que eres anti, que vas en contra del club en cuestión. Y entonces dices: ‘pues igual hoy ya no lo digo’. Aunque tal vez, si quieres ser honesto con tu profesión, tendrías que seguir comentándolo… Todo condiciona, y es feo cuando te das cuenta que eres incapaz de controlarlo, y de que el propio universo mediático te transforma.

VC: Yo no soy tan prosaico con esto del odio. Lo centraría más en una de las conversaciones que tuvimos durante el viaje, y que giraba en torno a la competición que existe dentro del gremio periodístico, en el que parece que siempre tienes que estar sacando el codo. De hecho esto se dice bastante, que uno de los grandes defectos de los periodistas es que nos jodemos entre nosotros mismos… El estrés que genera esta competitividad también tuvo que ver con nuestra decisión de escaparnos a Islandia.

Una frase del libro: “La isla se revelaba como un ecosistema perfecto para que en él habitaran individuos más preocupados por ser que por trascender”. ¿Qué nos pasa a los periodistas con el ego?

AT: No sé si soy el más indicado para opinar, porque al final, con este, ya he escrito tres libros en primera persona, y casi en todos ellos hablo de mí. [Risas] Pero claro, hablo de mí porque esto no es un producto periodístico. Es un producto de expresión, que es diferente. No es lo mismo la literatura que aparecer en un canal hablando sobre fútbol… El periodista sale en los medios. Y los medios son los que lo hacen famoso. Estamos expuestos. Y supongo que cuando alguien ve que el de al lado se está haciendo más popular que él, puede perder el control sobre sus pasiones más perversas. Pero insisto: no creo que el periodismo sea más malo que la sociedad.

VC: Me estoy acordando de otra parte del libro, Axel, cuando describes aquella conversación en la que yo te digo que te envidio, y tú me respondes que me envidias a mí, porque yo te envidio a ti. Por esta pasión que tenemos los más jóvenes de escalar, y que es verdad que la encuentras no solo en el periodismo, sino en la vida en general. Yo, ahora, dos años después de aquellas charlas, aun lo veo más claro. Ya te lo dije el otro día. Conforme me voy haciendo mayor, comprendo más cosas de las que me comentabas entonces.

¿Irse a vivir algún día a un Faro de Dalatangi es una opción real?

AT: Ya dejo entrever cuando cierro el libro que, en cierta forma, sería un poco cobarde marcharse al faro. Si te vas y te encierras en él, renuncias a la vida exterior, no tienes más desengaños amorosos, ni profesionales, ni sociales… Es como decir: ‘ya no juego más porque ya no quiero perder’. No aguantaría demasiado.