Su aspecto: barriguilla cervecera, tatuaje carcelario en el antebrazo y jeto de personaje secundario en una de las películas de Guy Ritchie, se asemeja más al de un hooligan que no al de un venerable literato. En realidad, Irvine Welsh es un poco las dos cosas. Desde que en 1993 publicara su primera novela, Transpotting, nadie mejor que él ha descrito los lavabos más infectos del Reino Unido.


 

De pequeño yo no quería ser escritor. Mi sueño era ser futbolista pero siempre supe que no era lo suficientemente bueno. Quería parecerme a George Best o a Peter Marinello. Ser un extremo atrevido, casi irreverente con los rivales; pero era demasiado torpe, lento y desgarbado. El entrenador de mi equipo fue muy sincero conmigo y me dijo: “Nunca serás un extremo habilidoso. Como mucho te convertirás en un central de esos feos y sin clase”, y me endosó la camiseta con el número 4. Me quedé desolado, pero él tenía razón. Como defensa fui más útil al equipo, aunque tampoco mucho más.

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A mí lo que me va es la cultura del fútbol de la vieja escuela, cuando ser seguidor de un club implicaba formar parte de una comunidad. La globalización, el capitalismo, la estructura de grandes imperios del fútbol moderno me deja frío. Odio el mercantilismo que actualmente rodea al fútbol en el Reino Unido. Tendríamos que copiar el modelo alemán, donde aún se respeta al seguidor y a los jugadores jóvenes se les deja progresar y evolucionar tranquilamente. Futbolísticamente hablando, los alemanes deberían aniquilar el Reino Unido. Siempre que un equipo alemán juega contra uno británico, todo mi apoyo es para los primeros.

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Como la mitad de mi familia era de un equipo y la otra mitad del otro, cuando era niño mi amor futbolístico se repartía entre los Hearts y el Hibernian. Ir a ver a los Hibs significaba ir a casa de mi tía Betty, en Burlington Street, a dos pasos del estadio Easter Road. Cuando acabábamos de comer, nos íbamos todos juntos al estadio. Con los Hearts la experiencia era mucho más anodina: pillábamos el bus y nos plantábamos en el Tynecastle Stadium. Supongo que por ello no tardé demasiado en decantarme por los Hibs.

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No somos un equipo ganador, pero guardo muy buenos momentos de mis experiencias relacionadas con los Hibs. He conocido a gente increíble, surgiendo una amistad en la que el fútbol ha acabado siendo algo casi secundario. Aun así, si tuviera que elegir el recuerdo más especial como hincha del Hibernian, me quedaría con el día que le endiñamos un 7-0 al Hearts. No sé si ser seguidor de un equipo como el Hibernian crea cierta conciencia de clase. De lo que sí que estoy seguro es que tiene cierto halo romántico ser de un equipo cuyas grandes victorias las puedes contar con los dedos una mano. Cuando formas parte de la comunidad de un club así, sabes que eres uno de los buenos.

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De joven, me metí en muchas, en infinidad de peleas. Era algo que no podías evitar si seguías a tu equipo cuando jugaba fuera: no habías bajado del tren que ya eras consciente de que los seguidores rivales te estaban esperando para darte la bienvenida. Ante una situación así, permanecías junto a los tuyos para hacer frente a la comitiva enemiga.

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Mi ídolo siempre fue, y sigue siendo, Pat Stanton. Un jugador fuera de serie, con una clase superlativa. También pude disfrutar a George Best jugando para los Hibs. Por aquel entonces ya estaba acabado, pero el muy cabronazo era, de lejos, el mejor futbolista en la liga escocesa.

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No añoro esos días en que en los campos había carniceros camuflados de futbolistas. Siempre he admirado la parte artística del fútbol. Disfruto como un enano viendo jugar a equipos como el FC Barcelona. Por eso desprecio cuando hay animales a los que se les permite derribar impunemente a los jugadores más talentosos.

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No creo que ninguno de los personajes que he creado pudiera llegar a tener un futuro en el mundo del fútbol. Tal vez el psicópata de Frank Begbie. Sería uno de esos centrocampistas defensivos marrulleros y con mirada asesina. Fútbol y literatura no tienen nada en común. Eso no quiere decir que no me gusten los libros sobre fútbol. Uno bueno es The Damned Eleven, de Jim Meirose. Es el mejor, una novela increíble.

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Una vez tuve un sueño muy raro: me fichaban los Hibs para jugar un único partido contra un equipo de alienígenas procedente de un planeta muy lejano. El futuro de la humanidad dependía del resultado. Perdíamos 2-1. Lo siento.

 


Esta entrevista está extraída del interior del #Panenka27, un número que todavía puedes conseguir aquí.