Este texto está extraído del #Panenka107, publicado en mayo de 2021, un número sobre el fenómeno Haaland que se consigue aquí.

 


La última vez que Mino Raiola hizo de las suyas, se dejaba ver por España vendiendo a Haaland al mejor postor. Exagerado, sin miedo a nada y voraz como pocos: así era el superagente más particular.


‘Pero es muy simpático’. Todo el que defina a Mino Raiola concluirá así su descripción. Tal vez también hable de sus pocos escrúpulos, de su conducta siempre al filo de la provocación, de la ausencia total de mesura en sus demandas en favor de los jugadores que representa y de él mismo. Pero, luego, a menos que las negociaciones en cuestión no hayan prosperado, dirán que es un tipo muy simpático. Lo dirán, sobre todo, los periodistas. O al menos esos reporteros a los que concede entrevistas para que cuenten las cosas como a él le interesa. Salen deslumbrados de su encuentro, seducidos por una fuerza que, desde fuera, resulta imposible de explicar. “Siempre he estado del lado de Raiola”, nos dijo un compañero después de haberlo entrevistado, hace un par de años. Y contaba que se lo había llevado a dar una vuelta por Montecarlo en un descapotable de lujo, como si hubiese pasado el día en el País de los Juguetes de Pinocho. No es el único, se pueden contar por decenas este tipo de reacciones, siempre tocadas por el carisma personal de Raiola.

UN LUCHADOR DE SUMO

Así es Mino Raiola. Sobre todo, tiene una gran capacidad para gestionar su relación con la prensa y dominar la comunicación. Siempre aparece de manera ruidosa y excesiva. Una actitud, en apariencia, desmesurada, hasta que te das cuenta de que esa es su forma de marcar, no solo la agenda, sino también el ritmo y el tono. Nada de diplomacia, nada de renuncias: la negociación de cada fichaje y de cada renovación de contrato es como un combate de sumo del que Raiola suele salir vencedor. Porque ese cuadrilátero es su elemento natural. Y el arte de la ‘comunicación a pleno pulmón’, más propia de una subasta en una lonja, es un pilar de su estrategia, junto a ese trabajo ‘diplomático’ con los medios. En ese último frente, el italoholandés sabe cómo seducir, y es atrevido cuando siente que puede permitírselo. Del mismo modo, sabe cuándo es mejor evitar choques innecesarios, como hizo el mes pasado con Report, el programa de investigación más temido de Italia, que emite la cadena pública RAI. Raiola declinó ser entrevistado para un episodio sobre el poder de los agentes en el fútbol italiano. Su silencio es particularmente ruidoso, tanto por la habitual elocuencia que lo acompaña como por el momento actual que atraviesa, en plena ofensiva política y comunicativa. Pero ¿quién es realmente Mino Raiola?

NADA DE PIZZA

Cuando alguien quiere referirse a él con desprecio, lo define como un ‘pizzero’. El primero que usó públicamente esa denominación para referirse al agente (o al menos así se recuerda) fue el actual entrenador del Bolonia, Sinisa Mihajlovic. Fue en unas declaraciones de 2005 que aún se encuentran fácilmente con una búsqueda en la red. En aquella época, Mihajlovic todavía estaba en activo como futbolista. Unos días antes, durante un Juventus-Inter, Mihajlovic había tenido un rifirrafe y se había intercambiado apelativos poco cariñosos con Zlatan Ibrahimovic, ya entonces cliente de Mino Raiola. Al comentar los hechos, el representante del sueco aseguró que Mihajlovic le había dedicado a Zlatan insultos en serbocroata, lo que provocó la respuesta airada del serbio: “No puedo quedarme callado ante las acusaciones gratuitas del señor Mino Raiola. Con él ni siquiera se puede hablar de fútbol: solo sé que es un buen pizzero. Con mucho gusto lo invitaría a mi casa, en la que tengo un buen horno, para que me enseñe a hacer pizzas”. Eran otros tiempos. Se desconoce qué relación tienen hoy Mihajlovic y Raiola, pero la que mantiene el hoy técnico con Ibrahimovic es excelente. El pasado febrero, por ejemplo, ambos compartieron escenario en el Festival de Sanremo, el evento musical más importante del año en Italia, y del que Ibrahimovic fue el invitado especial durante toda la semana que duró el certamen. Incluso cantaron juntos, como dos viejos amigos.

Quedan lejos, por lo tanto, los tiempos en los que empezó a usarse la etiqueta de ‘pizzero’ para referirse a Mino Raiola. Sin embargo, no lo suficientemente lejos como para que desaparezca, con toda su carga despectiva. Porque hay quien insiste en definirlo así para remarcar su origen humilde y, en parte, recordarle su condición de hijo de emigrantes. Dos referencias clasistas que el superagente, lejos de avergonzarse, debería reivindicar. Porque Carmine ‘Mino’ Raiola, nacido en 1967 en Nocera Inferiore (en la provincia de Salerno), ha sido un emigrante desde antes de cumplir un año, cuando sus padres se marcharon a vivir a Haarlem, en los Países Bajos, para buscar unas oportunidades económicas que se les negaban en Italia. En Holanda, la familia Raiola abrió un restaurante en el que el joven Mino trabajó (aunque no de ‘pizzero’, que se sepa) y comenzó a curtir ese carácter emprendedor que llevaría al fútbol, al que jugó durante poco tiempo, hasta los 18 años, y en el que luego pasó a ocupar una posición que en aquellos años comenzaba a crecer: el rol de intermediario.

 

SER UN EMIGRANTE

Mino Raiola tuvo la fortuna de encontrarse fuera de Italia cuando se desarrollaba la profesión de agente de futbolistas. Habla siete idiomas y, ciertamente, el italiano no es la lengua en la que se defiende mejor (otra excusa que usan sus detractores para burlarse de él), pero su condición de emigrante ha sido determinante a la hora de convertirse en el superagente que es ahora. Por, al menos, dos buenas razones. La primera: haber crecido en un país en el que el rol del agente de futbolistas ya estaba desarrollado y consolidado antes de que la sentencia Bosman, de diciembre de 1995, diera a los jugadores la capacidad de gestionar sus carreras. En ese sentido, Países Bajos, como todos los Estados europeos que habían sido imperios coloniales hasta después de la Segunda Guerra Mundial, ya tenía una gran tradición de agentes e intermediarios especializados en peinar los mercados futbolísticos de las excolonias, y que se ofrecían como puente en las cadenas de distribución, así como en las negociaciones de contratos y traspasos. El segundo motivo es que, como cantera de agentes, Italia es un país periférico, casi irrelevante. Los representantes italianos tienen fuerza en Italia, pero en gran parte porque están muy ligados a los clubes. Pocos de ellos son realmente importantes en el extranjero, y ninguno se acerca al estatus de los Jorge Mendes, Jonathan Barnett o Pini Zahavi. O de Mino Raiola, que se ha colocado a su nivel. Nunca lo sabremos del todo, pero aun así resulta difícil pensar que hubiese acabado convertido en lo que es hoy si se hubiera quedado en Italia.

Como italiano en el extranjero, hizo fortuna y, sobre todo, se mantuvo ajeno a los poderes y los condicionantes que hubiera tenido que confrontar en Italia. Poderes y condicionantes a los que demostró no temer cuando se encontró cara a cara con Luciano Moggi, cuando este era el hombre más poderoso del calcio, antes de que en 2006 se viera sobrepasado por el escándalo del Calciopoli. El joven Raiola acusó a Moggi de ser un maleducado, y recibió a cambio una advertencia: nunca haría negocios en Italia. Queda claro, sin embargo, cómo han acabado las cosas.

 

Parece actuar sin límites, y ese puede ser el principio de su fin

 

¿DELIRIO DE GRANDEZA?

Mucho ha cambiado desde entonces. Empezando por el poder del propio Raiola, que se ha convertido en un superagente atípico. Durante mucho tiempo fue un individualista, a menudo descortés con el resto de tiburones de su negocio, en un ambiente en el que todos son temidos y, por lo tanto, respetados. Pero fue también gracias a ese estilo que Mino Raiola se labró su fama y su poder, elementos que lo han convertido en uno de los agentes más valorados por los jugadores, particularmente deseosos de trabajar con él. El motivo de tanta popularidad es fácilmente comprensible: Mino Raiola apunta siempre a lo más alto. El mayor precio por un traspaso, las comisiones más elevadas por hacer de intermediario (con la sospecha de que, en ocasiones, cruza al terreno de las propiedades de terceros) y el mejor salario para sus jugadores en las renovaciones de los contratos. Todo debe sustentarse sobre valores económicos exagerados, como si esa fuera su marca personal. Y como al final siempre gana, era inevitable que acabara tentado a sentirse omnipotente. Hasta tal punto que ha asumido la misión de cambiar el fútbol mundial (o salvarlo, desde su punto de vista). Así, en 2015, reveló su posible y provocadora candidatura a la presidencia de la FIFA. En aquel momento, el mandamás del fútbol mundial era Joseph Blatter. Que ahora esté a los mandos del máximo organismo un hijo de emigrantes italianos como él, Gianni Infantino, no ha rebajado su hostilidad. De hecho, se ha agudizado. Hasta tal punto que Raiola ha dejado de lado su individualismo para construir una alianza junto a otros superagentes, y enfrentarse así directamente a la FIFA y el FIFPro, el sindicato mundial de jugadores.

Con ese motivo, en junio de 2019, se fundó en Zúrich The Football Forum, una asociación de la que, además de Raiola, que fue nombrado su presidente, forman parte Jorge Mendes, Jonathan Barnett y el dúo que lidera la poderosa agencia alemana Rogon, Roger Wittmann y Christian Rapp. El objetivo es ambicioso: que los agentes y los futbolistas trabajen juntos para convertirse en los principales actores del fútbol mundial, dejando al margen a las instituciones nacionales e internacionales y al sindicato de jugadores. Es difícil ver hasta qué punto será realizable algo así, pero se puede decir con certeza que Mino Raiola está dedicando muchos recursos a este proyecto. Y está movilizando todas las armas posibles, empezando por el que siempre ha sido su cliente más conocido. Cuando en noviembre de 2020 Zlatan Ibrahimovic atacó en Twitter a EA Sports por la utilización de su imagen en el videojuego FIFA, estaba apuntando, en realidad, a la FIFA y al FIFPro. No es casualidad que el primero en hacerse eco fuera Gareth Bale, cliente de Jonathan Barnett. Una suma de fuerzas que remarca el papel napoleónico de Raiola, que ahora parece sentirse sin límites. Y ese podría ser el principio de su fin.

HAALAND Y LA CODICIA

Estas son semanas ajetreadas para Raiola. El deseo de colocar a Erling Haaland lo ha llevado de gira junto al padre del jugador. Ambos ofrecen al delantero del Dortmund a los grandes clubes, como si los derechos económicos del futbolista de 20 años les pertenecieran a ellos y no al Borussia. Y las cifras con las que viajan son indecentes. Siempre lo serían, pero aún lo resultan más en días en los que la crisis derivada de la pandemia ha devastado la economía global. Mientras lo recomendable es la austeridad, circulan rumores que hablan de su petición de un millón de euros a la semana como salario de Haaland. Una desconcertante falta de contacto con la realidad. Avaricia ilimitada, pero presentada como si fuera justa. Quizá esta vez haya apuntado demasiado alto. No se puede estar siempre apostando, sin pensar en la caída.