Hablar de Berna y de la Copa del Mundo de 1954 siempre nos va a evocar al milagro teutón. Al fin y al cabo, el tiempo y el espacio acostumbran a acompañarnos a olvidar, a dejar atrás, todo aquello que no provoca alegrías en nuestro cuerpo. Preferimos recordar las hazañas de una Alemania Federal que logró lo imposible antes que imágenes que nos incomoden y nos entristezcan. Somos más de quedarnos con los goles de Max Morlock y Helmut Rahn en la remontada a la Hungría de los magiares mágicos que con todas las patadas, las expulsiones y las broncas que se vivieron en aquel verano de hace ya más de seis décadas. Pero es que también en Berna, en esa Copa del Mundo de 1954 y, de hecho, hasta en el mismo estadio donde los futboleros tuvieron un motivo más para creer en los milagros, en el ya desaparecido Wankdorfstadion, solo siete días antes de que Alemania Federal se proclamara por primera vez en su historia campeona del mundo, se disputó uno de los partidos más violentos que nunca se hayan presenciado en un Mundial de fútbol.

Aquella tarde del 27 de junio de 1954, Hungría y Brasil se enfrentaban en los cuartos de final de la Copa del Mundo de Suiza’54. Los húngaros, claros favoritos para llevarse ese Mundial, llegaban a la cita después de arrasar en la fase de grupos con un par de goleadas. Brasil, por su parte, convenció con un 5-0 ante México y firmó las tablas contra Yugoslavia. Ambas primeras de sus respectivos grupos, sin los encuadres actuales que cruzan los caminos de líderes y segundos para iniciar las fases eliminatorias, tenían 90 minutos por delante para plantarse entre las cuatro mejores selecciones del planeta. El problema fue que lo que debía ser un espectáculo deportivo se convirtió en una pésima batalla campal donde la deportividad -y la dignidad, de paso- brilló por su ausencia. Al día siguiente, el cronista de The Times fue rotundo al contar lo sucedido: “Nunca he visto en mi vida golpes tan crueles”.

Por un lado Czibor, Kocsis, Bozsik y compañía. Por el otro, Didí, Nílton y Djalma Santos, entre otros. El silbato, desgraciadamente muy necesario en aquel duelo, a boca del colegiado inglés Arthur Ellis. Y en la grada, baja por culpa de una lesión, un Ferenc Puskás que también gozaría de su dosis de protagonismo en el convite.

 

“Pensaba que iba a ser el mejor partido que vería nunca, pero acabó convirtiéndose en un combate”, recordaba el árbitro Arthur Ellis

 

No habían pasado ni diez minutos de encuentro y, en Hungría, ya nadie parecía acordarse de la ausencia de Puskás. Nándor Hidegkuti, después de unos infaustos intentos de la defensa brasileña por rechazar un balón que no salía de su área, recogió un esférico que buscaba propietario cerca de la meta de Castilho para abrir el marcador a los cuatro minutos de juego. Tres minutos después, el propio Hidegkuti colgó un medido balón al área para que Kocsis, de cabeza, cómo no, firmase el 2-0. Desde entonces, el partido se tornó algo más violento; patadas, entradas a destiempo y rifirrafes se encadenaban sin cesar. Mientras, la mejor Hungría de siempre estaba desquiciando a una Brasil que, antes del ecuador del primer tiempo, vio cómo un penalti le caía del cielo para acortar distancias. Djalma Santos, sin miramientos, chutó a reventar a la derecha del guardameta. Gol. Pero antes de llegar al descanso, una fuerte entrada de Hidegkuti a Didí fue el primero de los detonantes para que aquello se convirtiera en la ‘Batalla de Berna’. Fue entonces cuando Brandaozinho, cual púgil, tomó la justicia por su cuenta y le soltó un guantazo al húngaro en la cara. Primeras tánganas, primeros tumultos, pero cero sanciones -aún no existían las tarjetas y la expulsión de un jugador se comunicaba verbalmente-.

El segundo tiempo cogió pronto los mismos tintes que el primero. Al cuarto de hora, Hungría volvería a tomar distancia. Desde los once metros, tras una decisión muy protestada por el combinado brasileño, con un disparo directo a la escuadra, Mihaly Lantos ponía el 3-1 poco antes de que Julinho volviera a darle emoción al resultado con un derechazo desde el vértice del área imparable para Gyula Grosics. El gol brasileño, precedido de una posible falta, provocó una nueva trifulca sobre el césped. Una más. El capitán Bozsik acudió al colegiado a reclamarle la acción y acabó yéndose antes de hora a los vestuarios después de liarse a puñetazos con Nílton Santos. Y la historia no acabó ahí, desde luego que no. Aún vinieron más patadas, más juego sucio, más expulsiones, más disputas y, por ende, cada vez menos fútbol.

Con el partido ya transformado en algo parecido a una nueva modalidad de Calcio Storico, a poco más de diez minutos del final, una escalofriante entrada del brasileño Humberto a Gyula Lóránt dejó a la ‘verdeamarelha’ con nueve hombres sobre el terreno de juego. Y cuando el choque, por suerte para la integridad física de todos, llegaba a su cauce, Sandor Kocsis rubricó el triunfo de los magiares con un remate picado de cabeza. 4-2, pitido final, Hungría seguía viva. Pero la batalla no acabó ahí.

De camino a los vestuarios, nuevos protagonistas entraron en juego. En medio de una marabunta de gente de uno y otro país, el seleccionador brasileño, Zezé Moreira, le propinó un zapatazo a Gusvtav Sebes, viceministro de Deportes húngaro. Mientras, Pinheiro, centrocampista de la ‘Seleçao’, sufrió una brecha en la cabeza con un botellazo de Ferenc Puskás. En definitiva, ahí todos repartieron y recibió hasta el apuntador; pero la FIFA no tomó cartas en el asunto y no hubo sanciones tras la brutal pelea.

“Pensaba que iba a ser el mejor partido que vería nunca, pero acabó convirtiéndose en un combate. Hoy en día, serían expulsados muchísimos jugadores por eso. Mi única intención era conseguir llevar el encuentro hasta el final”, recordó más tarde el árbitro Arthur Ellis, que intentó parar aquello como pudo, aunque sin suerte. El resto de la historia es de sobras conocido. A Hungría se le escapó una semana después un Mundial que pensaba tener encarrilado y nunca más volvería a gozar de una plantilla como aquella para lograrlo. Brasil, en cambio, por fin alcanzó la gloria cuatro años después, en Suecia, gracias a un chavalín al que llamaban Pelé.