“En el año 2000 fui herido por una bala lanzada por el ejército israelí. Antes de perder la pierna, jugaba al fútbol en el colegio y en la calle, pero tras la lesión no puede seguir haciéndolo”. Esta, en particular, es la historia de Zareef. Pero podría ser la de cualquiera de los casi un millón y medio de palestinos refugiados en la Franja de Gaza; un territorio bloqueado militarmente por Israel y Egipto que, desde la ONU, predijeron inhabitable este año por la situación infrahumana en la que se encuentran sus habitantes. Movilidad limitada, violencia, dificultad para acceder a agua potable, ataques a escuelas, pobreza, escasez de trabajo; condiciones crueles, brutales, indecentes, en las que vivir.

Desde la Agencia de Naciones Unidas para los Refugiados de Palestina en Oriente Próximo (UNRWA), explican las razones por las cuales Gaza ha llegado hasta este contexto insostenible: “La economía de Gaza se ha derrumbado bajo el peso del bloqueo, el conflicto y el aislamiento político. Tiene la tasa de desempleo más alta del mundo con diferencia. Más del 50% vive en la pobreza. El sistema de salud pública está colapsado. Las necesidades de los refugiados siguen aumentando: desde el año 2000, el porcentaje de personas que necesitan nuestra ayuda alimentaria se ha multiplicado por más de diez”.

Así vive Zareef, de 35 años. Un joven palestino refugiado en la aldea de Al Kofakha que soñó desde pequeño con jugar al fútbol, su gran pasión. Y aunque su deseo se vio truncado a los 15 años, cuando tras un ataque israelí le tuvieron que amputar la pierna, se convenció de que aquello no le tumbaría. “Decidí seguir adelante y desafiar mi discapacidad”, asegura. La mejor forma de hacerlo: ayudar a todos aquellos a quienes, como él, la violencia militar les mutiló las piernas.

“Empecé a formar equipos de autoayuda para personas con discapacidad. Y fundé asociaciones como el Centro Deportivo Al Salam”, apunta Zareef acerca del lugar en el que él, y tantos otros palestinos, vuelven a recuperar la sonrisa con un balón de por medio, con la sensación de poder volver a disfrutar de aquello que tanto amaban cuando eran niños.

Pese a ello, pese a que centros como el creado por Zareef les permitan reencontrarse con ellos mismos, con sus sueños, siguen existiendo muchas trabas por las que no pueden desarrollar su pasión al completo. “Teníamos que haber participado en una competición internacional en Malasia, pero el bloqueo impuesto por Israel impidió que pudiéramos participar. Eso, y la falta de recursos deportivos son los mayores problemas a los que nos enfrentamos. En este deporte necesitas muletas y en cada partido se rompen muchas”, explica, antes de reivindicar que “practicar deporte es un derecho y una puerta hacia la integración social”.

 

Más de siete décadas después, el pueblo palestino sigue unido y anhelando la libertad, para que gente como Zareef haga realidad sus sueños

 

“Las personas con discapacidad por amputación son cada vez más y muchas personas en Gaza tienen ganas de seguir haciendo deporte”, advierte Zareef sobre un pueblo olvidado que cuenta con cinco millones de personas en total. Y, como apuntan en la UNRWA, “tras más de 70 años como refugiados, siguen esperando una solución justa y definitiva a su situación, en condiciones humanitarias críticas”.

Y es por este motivo por el que el 29 de noviembre se conmemora el Día Internacional de Solidaridad con el Pueblo Palestino. Una fecha marcada a fuego por una gente que, en 1947, vio cómo la Asamblea General de las Naciones Unidas aprobaba el ‘Plan de partición’, donde se concertaba la creación de dos Estados, uno árabe y el otro judío, en Palestina. Hasta el momento, solo uno de ellos ha visto la luz: Israel. Y más de siete décadas después, el pueblo palestino sigue unido y anhelando la libertad, para que gente como Zareef haga realidad sus sueños.

 


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Fotografías cedidas por UNRWA.