Hug López Solà trabaja en una agencia de viajes y gran parte de su tiempo libre lo dedica a ir los domingos con los amigos a ver al equipo de fútbol de su barrio, o en este caso también se admite pueblo, como es conocido en Sant Andreu, cuyo sentimiento de pertenencia difiere de lo políticamente establecido. Otra de las aficiones de este socio es conocer mundo. “Me gusta mucho viajar, siempre he ido a países más bien pobres y he visto cómo me ha tratado la gente, con toda esa gratitud, bondad e interés. Me dije que tenía que devolver de alguna manera todo lo que me habían dado y que debía hacerlo en mi propia casa, porque también hay pobreza aquí”, cuenta Hug.

Con ese objetivo, decidió empezar como voluntario en Barcelonactua, una fundación privada que hace de ONG a través de diversas iniciativas. Una de esas actividades es dar clases de castellano a refugiados, donde Hug se postuló como profesor de lengua. Al llegar le comentaron que en la asociación había muchos chicos africanos a los que les gusta jugar a fútbol. Eso le llamó la atención, y se le ocurrió preguntarles a sus alumnos en clase cuántos estarían dispuestos a volver a vestirse de corto. Todos levantaron la mano. Ya tenía la idea.

Aboubacar Sidiki Kake, uno de los alumnos de Hug, disparando a portería.

El club

Parte importante de esta historia la tiene la UE Sant Andreu. Un equipo que actualmente milita en el Grupo V de Tercera, que el año pasado estuvo a punto de subir a Segunda B -donde cayó ante el Castellón-, que este año llegó a disputar la Copa del Rey contra el Atlético de Madrid, y que, sin embargo, destaca principalmente por sus acciones sociales. El equipo catalán, desde el partido en el Wanda -el cual fue su momento de más exposición mediática-, escogió el logo de Open Arms como patrocinador. De forma altruista, y a pesar de tener mejores ofertas económicas, optaron por un patrocinio solidario. “Es un gesto que vale mucho. Se hubieran podido lucrar con cualquier otro sponsor, pero decidieron apoyarnos. Muestra los valores del club”, explicó Óscar Camps, director y fundador de Proactiva Open Arms, una ONG que trabaja en salvar vidas en el mar.

A raíz de las iniciativas sociales del club, Hug contactó con el Sant Andreu. Su propuesta: que sus alumnos refugiados pudieran jugar a fútbol sobre el césped del Narcís Sala. “Nos pareció fantástico, porque nosotros ya estamos colaborando con Open Arms, y nos gustó mucho la idea. De momento, ofrecemos todo lo que nos piden y podemos dar“, comenta Josep Hormigó Santacreu, responsable del área social del club.

Además, el Sant Andreu quiso dar un paso más, añade Hormigó: “Tienen entradas para todos los partidos de casa. Se les ve muy ilusionados de estar aquí en nuestro campo. En el club es indiscutible tratar de ayudar en estos casos”. El pasado domingo 10 de febrero, varios de estos chicos estuvieron en el campo, y parece que les dieron suerte al equipo: el conjunto cuatribarrado ganó a un rival complicado como el Terrassa (1-0).

Hug y sus alumnos viendo el Sant Andreu-Terrassa.

El partido

Desde hace una semana, los miércoles a las 12h, Hug se reúne con los jugadores en la puerta del parking del Narcís Sala. Allí el club se preocupa por cederles todo lo necesario para la práctica del fútbol: pelotas, camisetas, pantalones, además de, obviamente, un vestuario. Curiosamente, el del árbitro.

Aunque es una iniciativa pensada para personas que han huido de su país por situaciones complicadas, “no está cerrada solo a refugiados, no les pido el carnet de refugiados para poder jugar”, comparte el socio solidario. De hecho, estas últimas semanas se han unido tres chicos estadounidenses que están haciendo un Erasmus, y al solicitar un voluntariado a la Universidad de Barcelona, les pusieron en contacto con Hug. “Es muy divertido, porque cada uno habla idiomas distintos. Mientras juegas tienes que comunicarte, con gestos, gritos, miradas…”, confiesa uno de los estudiantes.

“La mayoría vienen de Senegal, Camerún, Guinea, Sierra Leona, Gambia, hoy incluso ha venido uno de Sri Lanka”, informa Hug. Ninguno de ellos vive en Sant Andreu, así que con la ayuda de los servicios sociales se desplazan hasta el campo, ya que vienen de diversas partes de Barcelona y sus alrededores. Quién les iba a decir hace unos años a estos chicos que vienen de distintas partes del mundo, que se iban a reunir en un modesto campo de fútbol de la Ciudad Condal. Es la magia del fútbol.

Uno que tiene bastante magia con el balón en sus pies es David, de Senegal, que asegura haber jugado en el Dakar de la primera división de su país. Al salir al césped empieza a deslumbrar con sus toques de balón a Manuel Camino, presidente de la UE Sant Andreu. Incluso mantiene la pelota en equilibrio sobre su espalda, como hizo en su día Ronaldinho en el Camp Nou. Demuestra tanta calidad que Camino llama insistentemente al entrenador del primer equipo, Mikel Azparren, que se encuentra en el despacho trabajando, y acaba interrumpiendo sus labores para bajar al campo a verlo. “Llevo unos pocos meses aquí en Barcelona y España es un gran país de fútbol. Me gustaría volver a jugar, y no me importa la división”, se sincera el centrocampista senegalés. Entre los alumnos de Hug, también los hay menos profesionales, como el caso de Aboubacar Sidiki Kake, guineano de 21 años que explica lo siguiente: “Para mí el fútbol es pasión. Vengo aquí para disfrutar, conocer gente e integrarme. Quiero acabar mis clases de catalán también, y aprender fontanería para tener un buen trabajo”. El marroquí Yassine Aittarraste, ambicioso y directo, no titubea al decir que “mi sueño ahora es jugar en el Sant Andreu” mientras sonríe.

Antonio Valle, socio del Sant Andreu.

El partido transcurre con un fair play que rige en ausencia del árbitro, y aunque es un amistoso, hay una cierta competitividad sana. De espectador está Antonio Valle, un viejo socio del club que estaba de paseo y, al ver movimiento dentro del Narcís Sala, no dudó en sentarse en la grada.“El 5 es bastante bueno, habría que ficharlo”, aconseja.

De momento intentan publicitarse a través de carteles por los barrios de Barcelona. El proyecto acaba de empezar, y no está nada cerrado.“ Por ahora venimos una mañana por semana. Cuantos más vengan, mejor lo pasaremos. También queremos que vengan chicas, pero aún no se han animado”, explica Hug.

A veces con pequeños y nada costosos gestos como el simple hecho de abrir las puertas a un recinto, puedes dar mucho. “Todo el mundo sabe darle patadas a la pelota y, seas de donde seas, en el fútbol hay las mismas normas que todos entienden, por eso tiene esa faceta integradora y especial”, le comenta el presidente del Sant Andreu a Hug. Y es que la dicha de que este deporte es algo más que 22 jugadores detrás de un balón probablemente se explique a través de historias como esta, personas de distintas partes del mundo, escapando de conflictos de todo tipo, pero con una solución en común, el balón. El fútbol siempre será un buen refugio.

Foto de equipo con los jugadores y los responsables del club.