Cuando se presume de tener un estilo, cuando por fin nos diferenciamos del resto de países en cuanto a las formas elegidas para tratar de vencer, es cuando mayor coherencia hay que mostrar. La distancia entre lo que se expresa y lo que se decide debe ser mínima, inapreciable.

Respeto enormemente la labor de todos y cada uno de los entrenadores, entre otras cosas porque únicamente los que nos dedicamos a esta labor sabemos de la dificultad que entraña la tarea. No hablaré jamás desde la decepción o alegría del resultado. Se puede ganar de casi cualquier manera. Prefiero centrarme en los procesos, en lo construido para merecer la victoria.

España ha sufrido una gran degradación en las formas. La compatibilidad encontrada antaño entre los protagonistas del juego se ha ido difuminando en pos de esa memez vinculada a disponer de más recursos. La variabilidad de recursos no puede estrangular la esencia. La versatilidad procedimental emerge cuando todos juegan a lo mismo, cuando se organizan los conceptos de tal forma que todos los jugadores sientan ese placer relacionado con fluir con y para los demás. Si se nos llena la boca diciendo que nuestro signo distintivo es el juego de posición, Isco no puede estar en la playa mientras su selección juega una Eurocopa, Thiago no puede verla desde el banquillo y De Gea no puede pasarse los partidos pateando la pelota en busca de un solitario Morata.

Si pregonamos al viento la majestuosidad de nuestra obra, con cada pase atrás ambos centrales deben separarse al unísono, no sólo Piqué. Las dudas de los laterales respecto a si acercarse a los iniciadores de la jugada o agrandarle los espacios a los interiores, las alturas de los centrocampistas, o las intervenciones de los extremos desde la quietud al movimiento decisivo daban síntomas de haber perdido definitivamente lo que éramos.

Italia sorprendentemente construía su juego mediante la implementación de un mayor número de conceptos guardiolistas que los que ponían los nuestros sobre el rectángulo de juego.

Al ser eliminados, como es costumbre, todo lo escrito dejaba como idea angular la necesidad de cambiar de rumbo, de modificar la piedra filosofal. Bajo mi modesto punto de vista, la necesidad precisamente tiene que ver con la ausencia de fundamentación de la idea originaria. La carestía de recursos construidos, la desaparición de algunos de los mejores futbolistas para la interpretación de este tipo de partituras y las infructuosas decisiones, consistentes en dejar al equipo de su maravillosa condición, cada vez que se presenta un revés, han dado al traste con el modelo ganador.

Lo que hay que cambiar

Cambiar no es reemplazar, sino más bien tiene que ver con profundizar hacia la médula del fútbol que se quiere construir. Buscar aquellos elementos sustanciales de una propuesta nos dirige inevitablemente hacia los jugadores y sus capacidades de relación. No se pueden mezclar futbolistas de pausa con atacantes que se agigantan únicamente con espacios amplios. Los que se pasan la pelota deben dominar el mismo lenguaje comunicativo, ese que procede de la inteligente definición y simultaneidad de la triada pase, desmarque y fijación. El fútbol bien jugado depende de la complementariedad habida entre quienes lo juegan y de la creación de contextos estructurales y funcionales de quienes lideran los proyectos.

Italia construyó su juego mediante la implementación de un mayor número de conceptos guardiolistas que los que usó España

Mi máximo respeto a cualquier entrenador, la mayor de mis admiraciones hacia quienes han ganado tanto durante sus brillantes trayectorias.Muchos de nosotros jamás llegaremos a saborear ni el diez por ciento de esas mieles. Sencillamente expreso lo que me pareció el juego de la selección española y, ante todo, declaro que no me parece que haya que cambiar nada de lo que nos hizo importantes competidores. Espero, por simple coherencia, que los encargados de capitanear a la selección en los próximos años sepan custodiar aquello que mejor sabemos hacer. Que los Thiago, Dennis Suárez, Isco o Busquets se hagan trascendentes porque sepan descifrar lo que les revelan Piqué o Javi Martínez desde el inicio de las jugadas, que Bernat, Alba, Mario y Carvajal lleguen a tiempo a los espacios de reunión, que los extremos comprendan cuando deben ser picas o puñales, y que Morata se mueva menos en anchura y mucho más en profundidad sobre espacios aparentemente cortos.

Tenemos jugadores para construir la mejor selección. Es cuestión de elegirles, juntarles, ayudarles a ser lo que son y esperar a que las cosas caigan por su propio peso.