Los tiempos no cambian tanto como nos parece a los contemporáneos de cada generación, olvidadizos del pasado que nos forjó tal como somos. Hace exactamente un siglo, el fútbol sirvió de remedio nacional, terapia de nuevo cuño para aliviar cuitas políticas. El estreno internacional de la selección española en los Juegos Olímpicos de Amberes de 1920 se produjo en un ambiente político interno de alta conflictividad. Pese a su neutralidad en la Gran Guerra, España no pudo escapar a la tremenda convulsión legada por la conflagración y aquel amplio repertorio de secuelas que transformaron la identidad del Viejo Continente. Por reflejo de la Revolución rusa, se impuso por fin la jornada de ocho horas, ganada a base de huelgas
y movilizaciones sociales por millones de miembros de las clases desheredadas. A los dirigentes no les quedó otra que transigir con la reivindicación popular, pese al bumerán del pistolerismo y la persecución de líderes sindicales. La monarquía borbónica, encarnada entonces en Alfonso XIII, se enrocó en el poder para deslizarse progresivamente hacia la dictadura, que llegaría tres años después con Primo de Rivera. Había nacido un nuevo mundo, sin duda, y el fútbol se había convertido en un espectáculo seguido por masas que, ahora sí, podían disfrutar de la existencia entre cines, cabarets, teatros, terrazas y el equipo de sus amores.

Bajo este caldo de cultivo, España preparó los Juegos Olímpicos de Amberes, que cubrían cinco largos meses de duración y sirvieron para recuperar cierta apariencia de normalidad en la devastada Europa de posguerra. Quedaban excluidos los países derrotados en un nuevo mapa cambiante que dejaba atrás tres imperios: el alemán, el austrohúngaro y el otomano, sometidos bajo duras condiciones de rendición firmadas en Versalles. En Amberes tampoco participó Rusia, sumida en una guerra civil. Para los anales de posteridad, la gran triunfadora del evento fue Finlandia, cuyo equipo de atletismo copó quince victorias, capitaneado por el revolucionario Paavo Nurmi, el corredor sin rivales que solo atendía a su propio reloj para marcar tiempos de paso. Por vez primera en unos Juegos, se produjo el juramento olímpico de los participantes y fue elevada la característica bandera de los anillos. En la sede belga entraron y salieron 2.626 deportistas, de las que apenas 67 eran féminas. Incluidas, eso sí, las nadadoras estadounidenses. Verlas en bañador ya no era considerado ‘obsceno’, tal como había sucedido en tiempos de preguerra.

‘PROBABLES’ CONTRA ‘POSIBLES’

Ya hemos fijado en cuatro pinceladas las bambalinas del escenario. Y ahora, el fútbol desde la perspectiva española. El 21 de mayo de aquel 1920, la asamblea de la Real Federación Española de Fútbol decidió enviar a un seleccionado para competir en Amberes. A tal efecto, designó un comité técnico formado por Paco Bru como entrenador y los exfutbolistas y árbitros José Berraondo y Julián Ruete. Gente de fútbol, un corto equipo de responsables que completaba el masajista Manuel Lemmel. Los designados se toman el trabajo a pecho. Ya saben, no existen ligas, ni los medios de comunicación han alcanzado carácter masivo. Para seguir jugadores, dados los precarios desplazamientos de la época, tienen que esperar a los Campeonatos de España o fiarse de sus contactos personales en cada porción del territorio. Aunque esté en boga el llamado ‘amateurismo marrón’ o cobrar bajo mano, los futbolistas aún son oficialmente aficionados que no perciben remuneración oficial por su talento con el balón. Los salarios reconocidos no llegarían hasta 1926.

Manos a la obra, el comité pasa a la acción. Apenas diez días más tarde, han compuesto ya una relación de 25 integrantes y se disponen a conjuntar el equipo con una gira por diversas ciudades norteñas. No es de extrañar que apuesten por ese territorio vista la procedencia del grueso del conjunto. Pesa la fortaleza del fútbol vasco, con aportaciones gallegas y dos núcleos procedentes de Madrid y Cataluña. El repaso a los elegidos para la gloria indica cómo han cambiado las tornas en un siglo. Equipos que ya no existen y otros que vivieron entonces sus años de esplendor.

Tiempo atrás, Luis Javier Prieto realizó para Cuadernos de Fútbol de CIHEFE una excelente investigación sobre las peculiaridades de aquella gira. No fue fácil conseguir que los designados renunciaran a sus trabajos o estudios para integrarse en la comitiva. Aun así, disputaron una serie de encuentros alineados en dos bandos con nombres que hoy suenan casi románticos: los ‘Probables’ contra los ‘Posibles’. Su estreno llegaría el 11 de julio en Vigo y siguieron por la franja norte hasta el 8 de agosto, broche de la gira. Cuando no sumaban los preceptivos 22 en liza, se las apañaban para completar con futbolistas nativos de cada localidad. Cierta improvisación, sí, pero prevalecían las ideas claras. Esa tournée sirvió para que lo mejor de cada casa conociera y se conjuntara con el vecino.

LOS 21 DE PACO BRU

Al final, tras múltiples peripecias, quedaron fijados nombres y apellidos de los 22 que partirían hacia Bélgica. El repaso empieza con la Real Sociedad, el equipo de mayor contribución con sus cinco futbolistas (Arrate, Artola, Carrasco, Eizaguirre y Silverio), acompañados por un cuarteto del poderoso Athletic Club (Acedo, Belauste, Rafael Moreno ‘Pichichi’ y Sabino). El cupo vasco se completa con Pagaza y Vallana, procedentes del Arenas de Getxo, y otro par del Real Unión de Irún (Eguiazábal y Patricio). En total, 13 integrantes de clubs con sede en Euskadi, más de la mitad de la formación, quizá por aquello de darle ensamblaje y carácter al conjunto. Nos detenemos ahora en Galicia. De ahí saldrá otro quinteto: Otero, Gil y Ramón González, del Real Vigo Sporting, más Vázquez, del Racing de Ferrol, y Ramón Encinas, salido del Fortuna de Vigo. De la fusión de Sporting, Fortuna y algún que otro club vigués nacerá, apenas tres años después, el actual Celta. Al final, gajes de los tiempos, a Encinas no le dieron permiso en su trabajo y ni siquiera dio tiempo a buscarle sustituto. Total, 21 y basta.

El póquer restante hasta completar la primera convocatoria de la selección española saldrá del FC Barcelona con Sancho, Samitier, Sesúmaga y Zamora. Hoy llamaríamos a la elección dinámica de bloques, decisión a la postre acertada vista la medalla de plata conseguida en el evento, el mayor logro del fútbol español durante cuatro largas décadas, hasta la Eurocopa de 1964. Antes de viajar a los Juegos, realicemos un vuelo rasante, tan rápido como superficial, entre algunos de los protagonistas. Para empezar, el seleccionador Paco Bru, tal vez una de las personalidades más atractivas y a la par desconocidas de nuestros olvidados ancestros. Pese a su corta estatura y con un frondoso bigote que perdió en la madurez, Bru había sido defensa del FC Barcelona en sus primeros años. Devoto de la educación física, acérrimo partidario del gimnasio, practicó un montón de deportes e incluso llegó a ser forzudo en un circo. Un personaje digno de las hipérboles que dibujan a los avanzados de su época.

Sería injusto adjudicar a Paco Bru un mérito trascendental en aquel seleccionado. Quizá fue cuestión de azar o tal vez lo consensuaron entre los tres responsables, pero subrayemos el importante detalle: ningún futbolista superaba los 27 años de edad. No llegaban ni de lejos a la treintena e incluso algunos eran barbilampiños con escasa experiencia, no ya futbolística, sino vital. Por ejemplo, Samitier cumplía 18 años y el baluarte de la portería, Ricardo Zamora, se quedaba en los 21, muy lejos aún de que lo apodaran ‘El Divino’, mote adecuado para un guardameta que sería legendario y prolongaría su carrera hasta, prácticamente, la guerra civil del 36. En la selección, al igual que en el Barça, el gran ‘Sami’ era aún un meritorio que jugaba como medio por la izquierda, siguiendo el esquema de 2-3-5 propio de la época. Nada de golear, ni de ser la referencia de ataque como conseguiría en la década de los 20. En Les Corts le tapaban el camino ofensivo glorias del calibre de Vinyals, Paulino Alcántara, Vicente Martínez o Gracia. En esa selección española de estreno, las plazas ofensivas estaban reservadas en exclusiva para los vascos.

 

El apodo de ‘La Furia’ nace ante Suecia, en una repesca de tintes míticos

 

Y entre los hijos de aquella tierra, gente legendaria y marcada por la tragedia. Para empezar, Félix Sesúmaga, el delantero que marcaría cuatro goles en los Juegos para acabar como máximo goleador del equipo. En la biografía del vizcaíno destaca sobremanera el haber logrado la Copa con tres clubes distintos. Empezó en el Arenas de Getxo, metiéndole un ‘hat-trick‘ al finalista Barcelona. Rápidamente, los azulgrana le fichan -cuesta creer que a coste cero- y repite éxito a la temporada siguiente, justo antes de enrolarse en la aventura iniciática de la selección. Más tarde, en salto constante, Sesúmaga se convertiría en jugador-entrenador del desaparecido Sama de Langreo y, finalmente, recalaría en el Athletic Club, donde también ganaría el Campeonato de España. Apenas tres años después dejaría el fútbol a causa de una tuberculosis, enfermedad que le causaría la muerte con solo 26 años.

De la tuberculosis letal de Sesúmaga al tifus que también se llevó a otro mito de primera hora. Rafael Moreno Aranzadi, ‘Pichichi’, el interior izquierdo que comenzó en el Athletic Club allá por 1911, consiguiendo cuatro títulos coperos gracias a marcar diez goles en la competición. La leyenda que aún hoy sigue presente en San Mamés, catedral donde firmó el primer gol en su inauguración. Sus escasos 154 centímetros de estatura le valieron el ya inmortal apodo, acuñado por su propio hermano Raimundo.

‘A MÍ EL PELOTÓN’

Vayamos a la competición olímpica, en la que participan 14 equipos. España debuta el 28 de agosto ante Dinamarca, a la que vence por 1-0 con gol de Patricio Arabolaza, que forja así su lugar en la historia. El primer once oficial de la selección española estuvo formado por Zamora; Otero, Arrate; Belauste, Eguiazábal, Samitier; Pagaza, Patricio, Sesúmaga, ‘Pichichi’ y Acedo. Viste zamarra roja con el escudo de un león amarillo sobre el pecho, homenaje al símbolo belga y también al ducado de Bramante, que formaba parte de la heráldica real española. El pantalón, blanco, aunque también lo luzca azul en algunos lances. Días después, ya en cuartos de final, España cae ante la anfitriona, Bélgica, por un inapelable 3-1, con el ariete local Robert Copée convertido en primera bestia negra al firmar los tres goles de su equipo, a la postre campeón del torneo.

Tras este jarro de agua fría, llega la repesca, de tintes míticos, ante Suecia. Los nórdicos no solo se avanzan en el marcador, sino que son superiores sobre el campo. Entonces, dice la leyenda ampliamente conocida, el capitán Belauste lanza un grito a Sabino cuando iba a lanzar una falta: “A mí, Sabino, el pelotón, que los arrollo”. Fiel a su premonición, Belauste la clavó en la red rival. Empate que desharía Acedo unos minutos después con el gol del triunfo por 2-1. De las crónicas que recogieron el prodigio nace el concepto de ‘furia española’. Si pasado un siglo nos dedicamos a las hipótesis y conjeturas, la ‘furia’ como estilo de juego desciende del directo fútbol inglés que acostumbraban a practicar los conjuntos del norte por influencia de los pioneros. El Barcelona, en cambio y por contraste, prefería alinearse con el estilo escocés, basado en el pase y la combinación.

El peculiar torneo de Amberes provoca que, a partir de Suecia, todo sea ‘consolación’ y España vaya superando trabas. La próxima fue Italia, por 2-0 y la anécdota de la expulsión de Zamora que dejó a Silverio bajo palos sus buenos 15 minutos. El último encuentro, ante los Países Bajos, tenía que determinar el bronce, pero tres días antes se convirtió en plata por la desesperación de Checoslovaquia, equipo que se retiró de la competición tras perder la final del torneo ante los anfitriones. Protestaron por un arbitraje sesgado que barrió en favor de los belgas y renunciaron así a la segunda plaza. Con dos tantos de Sesúmaga y uno de ‘Pichichi’, España despachó a los neerlandeses por 3-1, consumando un éxito inesperado, nada menos que todo un segundo puesto en unos Juegos Olímpicos.

De regreso a España, la selección ya era famosa y se encontró con un apoteósico recibimiento. La prensa, y cómo no, los poderes políticos del momento, convirtieron el logro en una gesta singular, orgullo de la nación. De entrada, parada propagandística en San Sebastián para celebrar un amistoso de exhibición presidido por Alfonso XIII, que quería felicitarles personalmente y, de paso, apuntarse el tanto y la foto, como corresponde a cualquier régimen y gobierno. A partir de ahí, el fútbol se erigió en deporte nacional de preferencia popular. Había dejado atrás 20 primeros años de siglo XX como carpeta de asentamiento ya cerrada e iniciaba otra, la del desarrollo exponencial camino de cautivar multitudes.

 


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