Si de verdad les interesa lo que voy a contarles lo primero que querrán saber es cómo conseguí una entrada para ver la final de Copa en el Benito Villamarín, pero no tengo ganas de contarles nada de eso. Primero porque es una lata, es largo, tedioso y no tiene mucho interés y, segundo, porque mi forma de pillar una entrada, en el galimatías que supone conseguirla, no es demasiado importante para esta historia.

Empezaré por la mañana del sábado, en que dejé mi casa en Barcelona a las siete y media de la mañana con una buena resaca, después de que la noche anterior saliera con mi chica y las cosas se complicaran un poco. Tampoco mucho, lo clásico de ir a cenar, tomar una copa y ponerte a charlar y tontear hasta que te das cuenta de que son casi las dos de la madrugada y al día siguiente tienes que pegarte la paliza de hacerte 1.000 kilómetros para ver un partido de fútbol. Pero, como les iba diciendo, el despertar fue áspero y el viaje en metro hasta Sants, también. El metro iba petado a esas horas, algo extraño, y había, ya ahí, mucha gente con bufandas y camisetas del Barça. Yo no llevaba la del Valencia, porque, en el fondo, soy un tipo que huye de los problemas y llevar una camiseta de mi equipo, en ese contexto, podía meterme en uno de los grandes. En el tren, el panorama no cambiaba. Eso sí, pocos gritos, escasos cánticos y muchas conversaciones. Que si Valverde es un petardo y hay que echarlo, que si lo mejor sería sacar tajada de Rakitic, que si menos mal que tenemos a Messi. Yo, por mi parte, me hacía el despistado, como si aquellas conversaciones trascendentales no fueran conmigo. La verdad es que me interesaban cero, solo quería llegar a Sevilla y ver el partido. Y dormir un poco durante el trayecto, cosa nada fácil con aquellos analistas culés dando la tabarra. Tras cinco horas y medio de viaje, el tren llegó puntual a la estación de Santa Justa y, al poner los pies en tierra, se desató la bestia barcelonista. La salida de la estación fue un continuo “¡Força Barça!” y “¡Ser del Barça és el millor que hi ha!” que me hizo sentir un intruso, como cuando te encuentras en medio de una manifestación que no concuerda con tus ideas y te da miedo que alguien te reconozca y te meta en el mismo paquete que los que gritan.

Entre la llegada del tren y el acceso al estadio hice cosas que no son en absoluto relevantes en este relato. Tampoco les voy a contar qué comí y por dónde paseé antes de meterme en el Villamarín. Este no es un artículo de gastronomía ni escribo para la web de ‘Viajar’, así que daré un salto en mi historia para situarme en las puertas del fondo Norte del estadio del Betis, donde todo el mundo iba vestido con los colores del Valencia. Yo también, pues me había cambiado mi camiseta, que ya olía a barcelonismo, por la del Centenario, esa que me he puesto en ocasiones especiales durante mi aburrida vida en Barcelona. El caso es que ahí estaba yo, inmerso en una marea blanquinegra y haciendo una cola interminable para pasar unos controles policiales en los que vi cómo a un tipo le quitaban el desodorante porque lo consideraban un arma arrojadiza. Me habría gustado ver al madero todo el partido al lado del tipo que se había quedado sin desodorante y que debía de oler como un piso de estudiantes por la mañana. Eso sí que era un arma de destrucción masiva.

Abracé más a los desconocidos que me rodeaban en el estadio que a muchas de las chicas que me han gustado a lo largo de mi vida

 

En el interior del estadio, me di cuenta de que mi localidad estaba a pleno sol. No les he dicho todavía que en Sevilla hacía un calor infernal, de esos que te derriten si caminas por la sombra y que hacía que, en las calles de la ciudad, la gente fuera buscando la sombra. Como los pobres de ‘Milagro en Milán’, pero al revés. El caso es que esperé a que llegara la sombra, que era cuestión de tiempo, y pedí una cerveza que, a precio de oro, vendían en los puestos de comida y bebida. La cerveza no solo no tenía alcohol, sino que era vomitiva. Por fin, 45 minutos antes del comienzo del encuentro, me senté en mi localidad. He de decir que la entrada me costó una pasta y, aunque en teoría era un lugar privilegiado, en primera fila, justo a la entrada del área en que defendió el Valencia en la primera parte, el fútbol se ve bastante mal a ras de campo. Sobre todo porque no tienes sensación real de peligro en el área contraria, algo que, en el fondo, no estuvo tan mal. Yo sufrí en la segunda parte, pero mucho menos de lo que lo hicieron los que tenían una perspectiva más global del juego.

Antes de que empezara lo bueno, hubo una especie de duelo de speakers. Se trataba, o eso parecía, de que las dos aficiones compitiéramos en animación antes del partido, una suerte de prueba de sonido absurda que lo único que nos hacía era gastar energías de forma innecesaria. Hasta intentaron que hiciéramos una ola, que es lo que más odio del fútbol moderno, esa ridícula coreografía de levantar las manos al cielo acompasados para dar la sensación de que nos divertíamos mucho, cuando en realidad lo único que queríamos es que empezara de una vez el maldito partido.

Y empezó, por fin, y fue un tormento. Eso de estar tan cerca de los jugadores hace que les veas la cara de angustia, de dolor, de concentración, en cada jugada, que ellos te vean a ti cómo sufres porque quieres que gane tu equipo. Un ejercicio de sadomasoquismo de los buenos. En fin, tengo que decir que fui solo al partido y que me tocó una localidad en la que estaba rodeado de desconocidos, gente que, como yo, llevaba la camiseta del Valencia, pero eso era lo único que les unía a mí. A mi derecha había un tipo de unos 40 años, con una cara extraña, como si le hubieran dado un susto de pequeño y no se le hubiera pasado 40 años después. A mi izquierda, un tipo de edad parecida, con una piel morena de esas que no sabes distinguir si es porque ha tomado mucho el sol o porque ha bebido mucho alcohol en la vida. Debía de ser lo segundo, porque se pasó parte del encuentro dando sorbos a una cerveza asquerosa, que no tenía ni alcohol ni sabor, como la que me había tomado yo antes y todavía regurgitaba en mi estómago. La verdad es que me dio bastante igual, les di abrazos cuando marcó Gameiro, cuando marcó Rodrigo y cuando acabó el partido, es decir, me abracé más a ellos que a muchas de las chicas que me han gustado a lo largo de mi vida.

En el momento en que el árbitro pitó el final del encuentro, toda la angustia se transformó en alegría. Fue como cuando descorchas una botella de champán y, solo escuchar el ‘zup’ que hace cuando el gas se libera, te dan ganas de saltar de júbilo. Cerca de mí, una chica que parecía sacada de un vídeo porno de Max Hardcore (gafas de muchas dioptrías, brackets) comenzó a llorar sin consuelo. De alegría, claro. La mayoría de la gente se miraba con cara desencajada, del mismo modo que miran los borrachos después de una noche épica sin dormir. Cantamos varios himnos, el del Valencia, el de la Comunitat Valenciana, el de Queen. Y no cantamos más porque en los altavoces empezaron a poner melodías de otro tiempo para que coreáramos ‘Mi gran noche’ o ‘Vivir así es morir de amor’. Y eso sí que no. Habíamos ido a un partido de fútbol y, vale, que habíamos ganado, pero de eso a convertir la fiesta en un karaoke chungo, la verdad es que no.

Después de casi una hora de éxtasis colectivo salí del estadio con la boca seca, en busca de una cerveza decente. La conseguí en el anillo exterior del Villamarín, a un precio indecente. Pero, al menos, tenía alcohol y no sabía a vómito como la última que me había bebido, cuatro horas antes. Con el estómago vacío, me puse a buscar un bar para comer algo y lo encontré, a tres manzanas. Era uno de esos locales regentado por chinos en los que hay más camareros que clientes. Los chinos me dieron de cenar lo que les quedaba, me felicitaron por el triunfo de mi equipo (eso es integración y lo demás son tonterías) y, solo en la barra, con un cansancio superlativo, cogí el móvil y llamé a mi hermana.

Después de felicitarnos por el triunfo (a ella no le gusta el fútbol, pero uno de sus hijos también estaba en Sevilla), me puse melancólico, que es un estado que a veces me sobreviene:

– ¿Sabes en lo que he pensado? Que esta era mi última final de Copa, que, después de haber ido a la del 79 y el 99, tenía que venir a esta para cerrar el círculo de que cada 20 años he de venir a una final de Copa y que la gane el Valencia. Y ha valido la pena, porque sé que no llegaré a la del 2039, estaré demasiado mayor. Y, como no estuve en los actos conmemorativos, me gustaría recordarla como el día en que celebré el centenario del Valencia, como si fuera el tipo que, desde la distancia, vigila que este aniversario salga bien, como el que organiza un evento y está pendiente de todo. Aunque no me corresponda, me gustará recordar este día como aquel en que fui el guardián entre el centenario.