Mirad a vuestro alrededor. Echad un ojo a los periódicos generalistas, a los deportivos. Repasad la actualidad futbolística de la pretemporada. Consumid los Juegos de Río con la misma voracidad con la que devorasteis el Mundial de Brasil, retransmisión tras retransmisión, desde todos los ángulos posibles. Reflexionad sobre la relación que tenéis con vuestro club de fútbol, con vuestra selección: ¿es la misma que tenían vuestros padres o abuelos? Volved a encender la tele. Informaos de los últimos fichajes. Un delantero brasileño ha firmado un contrato con una marca deportiva. Fijaos en el envoltorio de esa hamburguesa: esa cadena de restaurantes de comida rápida de la que no deberías abusar si no quieres que te obliguen a ponerte a dieta patrocina los Juegos Olímpicos. ¿Qué marca de cerveza beberéis cuando suene el himno de la Champions? El fútbol está corrupto. Podrido. Pero sigue facturando millones y millones. Dirigir la FIFA no tiene nada que ver con gobernar un estado –a no ser que éste se llame Vaticano–. Solo son negocios, ya sabes. ¿Cuánto os ha costado la camiseta oficial de vuestro equipo este año? ¿Y el carnet de socio? ¿Cuánto hace que no veis jugar a vuestro club gratis en la tele? Mirad ahí fuera. Hay Mundiales en Europa, en América y en África. El fútbol se juega en Corea del Norte y en Estados Unidos. Mirad otra vez a vuestro alrededor. ¿Qué veis? Que el fútbol es un producto. Un producto de Joao Havelange. Sin él, sin lo que representó su figura, nada hubiera sido lo mismo. Ha muerto el precursor oficial del fútbol moderno.

Havelange ha fallecido a los 100 años, en la Río olímpica, con los atletas compitiendo en un estadio que lleva su nombre y viendo como en menos de dos años cumplía el sueño de ver a su país ser mundialista de nuevo y organizador de unos Juegos. Antes de alcanzar la presidencia de la FIFA en 1974 e iniciar 24 años de mandato en los que daría el pistoletazo de salida a un nuevo fútbol –el fútbol-negocio, profesionalizado y mercantilizado, pero también oscuro y corrupto–, el futuro jerarca brasileño había sido deportista. Compitió como nadador en los Juegos de Berlín de 1936 –esos que la Alemania nazi modernizó para ponerlos al servicio de la propaganda oficial– y regresó a una cita olímpica para competir con el conjunto brasileño de waterpolo en Helsinki 1952, antes de empezar a ocupar cargos federativos en el fútbol de Brasil y pasar a formar parte del Comité Olímpico Internacional (1963). Pasos previos que lo convertirían en un lobby andante, en el ‘emperador’ de un nuevo fútbol. Siempre a medio camino entre la luz resplandeciente de los focos y las sombras del despacho cerrado, vivió con esas dos caras desde su nacimiento: uno de los negocios oscuros cuya explotación se le achaca, la venta de armas, fue una herencia de su padre, un empresario belga que emigró a Brasil.

Con su ascensión al poder de la FIFA en 1974 –el primer no europeo en conseguirlo–, al derrotar al inglés Stanley Rous en la carrera, se produjo un cambio de régimen definitivo y decisivo en torno al balón. Los últimos focos de resistencia de los guardianes de la tradición y el espíritu amateur de los albores del juego quedaban neutralizados. Havelange patrocinaba la llegada de la ultraprofesionalización, de la homologación del fútbol a un mercado global que venía, y abría la puerta a las televisiones y a las multinacionales para que participaran en hacer crecer el pastel que luego se comerían entre todos. Havelange entendía el fútbol como algo supranacional, independiente y necesariamente cínico. Esas dos caras que a él lo acompañarían también las adquiriría su FIFA. Capaz de casarse con la dictadura argentina para cuatro años más tarde volver a Europa y permitir a España mostrar el rostro más amable de su recién estrenada democracia  –que se había tambaleado tras el golpe de estado frustrado del 23-F–, con paloma de la paz incluida. Precisamente Argentina’78, ese torneo que se disputó con la bendición de la FIFA mientras en el país se ejecutaban disidentes, fue una de las primeras y grandes sombras de Havelange, acusado de haber recibido presuntamente sobornos en metálico –e incluso una finca regalada por el dictador– para permitir la disputa de un torneo que fue utilizado por el régimen de Videla como elemento propagandístico.

 

Con su ascensión al poder de la FIFA en 1974 –el primer no europeo en conseguirlo–, al derrotar al inglés Stanley Rous en la carrera, se produjo un cambio de régimen definitivo y decisivo en torno al balón

 

Con Havelange, el Mundial creció en dimensión como torneo, viendo ampliado su abanico de participantes africanos y asiáticos. A más partidos, más negocio. A más países representados, mayor interés. A mayor interés, más publicidad. A más publicidad, más dinero. Una tendencia que se ha mantenido hasta nuestros días: la cantidad de equipos que acuden a los principales torneos de selecciones no ha dejado de crecer, a la vez que lo ha hecho el entusiasmo de un público cada vez más global. Una fórmula dulce para las marcas comerciales más potentes del globo. Un círculo ganador iniciado por alguien que no fue más que un dirigente de su época, de esos que supieron rodearse de las personalidades indicadas en el momento justo –tipos como Horst Dassler, presidente de Adidas–, una figura equiparable a la de Juan Antonio Samaranch, que, paralelamente a Havelange, convirtió al olimpismo en la enorme maquinaria que estos días podemos ver desplegada en la capital carioca. Una estrategia expansiva voraz, imperial y poderosa que se vio con fuerzas de aterrizar en Estados Unidos en 1994 para seguir atacando ingentes mercados que se resistían a convertirse del todo a la religión del fútbol (Corea del Sur y Japón, en 2002) o que por su carácter emergente no deberían escaparse de sus tentáculos (Sudáfrica, en 2010). Además de buscar la expansión del nuevo modelo, también durante su mandato nació el Mundial sub-20, el Mundial femenino, y se aseguró la presencia del fútbol de mujeres en los Juegos Olímpicos mientras se abría la puerta a los profesionales masculinos a una competición, la olímpica, que era todavía territorio amateur.

Pero Havelange no solo puso la semilla que vio crecer la era del marketing. Hasta que abandonó su trono en 1998 para dar paso a su servidor Joseph Blatter, también tuvo tiempo de recoger frutos. Y en la FIFA, esos frutos muchas veces suelen dejarte las manos manchadas y pegajosas. Así pues, las acusaciones de corrupción lo han perseguido hasta el día de su muerte. El ocaso de su era lo han marcado una siglas, ISL, correspondientes a International Sports and Leisure, una empresa encargada de la gestión de derechos deportivos, ligada a la FIFA, al COI y a la IAAF, que quebró en 2001 tras realizar pagos y más pagos desorbitados en forma de ‘comisiones’ y de la que durante los años 90, Havelange, entre otros, recibió cuantiosos sobornos, según se confirmó en 2012. Un escándalo que poco a poco lo ha ido bajando del pedestal honorario de la FIFA a la misma velocidad que su luz vital, tras un último lustro cargado de problemas de salud, también se ha ido apagando.

Se va con un siglo, tras una existencia larga e intensa, marcada por la ambición y el espíritu ganador. Y hoy el fútbol se parece a sus virtudes y a sus defectos. Cuando dentro de unos días volváis al estadio a animar a vuestro equipo, mirad a vuestro alrededor. Porque todo lo que veáis, de una forma u otra, de un modo directo o indirecto, fue un día suyo.