No llega al metro setenta, apenas tiene 20 años y es ligero como una pluma. Es reservado, prudente, sin la personalidad voraz que ya insinúan los jóvenes jugadores de las grandes urbes del norte, Ámsterdam y Rotterdam. Y, además, viste la camiseta de un modesto, el Sittardia, un recién llegado que no debería durar demasiado en la Eredivisie. Pero poco importan esos condicionantes externos cuando el chico controla el balón en su propia área y empieza a encarar a jugadores del Veendam, su oponente esa tarde. Como si aquello fuera uno de esos entrenamientos maratonianos de su niñez, en los que daba miles de toques hasta que su padre volvía de la mina, para Willy Dullens solo existe la pelota. Y traza una acción legendaria, de esas que cada día más y más gente prometerá haber visto con sus propios ojos. Uno, otro, y así hasta siete. Siete oponentes que deja atrás antes de pisar territorio rival y culminar una jugada de otro planeta. El estadio enloquece. Literalmente, pues cuentan que el mundo se puso del revés: los aficionados intentaron saltar al campo y al árbitro, lejos de preocuparle tal abandono del orden y la cordura, le dio por aplaudir. Pocos volverían a disfrutar de un tanto tan maravilloso. Un regalo de un hijo de Limburgo, del carbón, del trabajo y los rigores de la posguerra; pero también de un representante de los años de la esperanza, del desarrollo, de la libertad y, al final del camino, de la gran obra holandesa del siglo XX: un nuevo fútbol. En 1966, a Dullens, que había debutado al máximo nivel con solo 14 años, le llegó la llamada de la selección. También fue escogido Futbolista del Año en los Países Bajos. Poco importó que ni siquiera jugara en un club de la Eredivisie, porque a Dullens se le juzgaba como a un solista, un verso libre, como al mejor regateador de su generación. Mejor que Cruyff, hasta mejor que Keizer -insinúan-, sus dos compañeros en un ataque que hacía intuir que algo grande estaba a punto de ocurrir. Pocas palabras, nada de alcohol, menos tabaco, driblando también a la noche, llevaba una existencia de asceta, entregado a preservar su condición física. Restricciones en casa y libertad sobre el campo: la contradicción de Dullens. Debutó con la camiseta naranja en una victoria por 3-1 ante la vecina Bélgica. Y como aquel árbitro que no tuvo más remedio que aplaudirle porque muy probablemente había visto el mejor gol de su vida, también los futbolistas belgas lo ovacionaron tras su actuación en aquel encuentro.

Si nunca has escuchado la leyenda del prodigioso Willy Dullens es porque una lesión de ligamentos lo retiró del fútbol cuando tenía 22 años. Había desoído los consejos de los técnicos, que le pedían que fuera algo más conservador, y recortó e hizo quiebros hasta que lo cazaron en un partido intrascendente contra el Vitesse. Forzó para no dejar de jugar, pero su fútbol ya se había ido. Y así cayó, libre, fiel a su mejor amigo, el regate. Y sin él, Holanda siguió su viaje a la perfección, y nunca lo echó de menos porque nunca lo necesitó. Sin embargo, Michels y Cruyff parecieron homenajearlo cuando, al refundar el juego, unieron arte, disciplina y libertad.