Este reportaje está extraído del #Panenka69, un monográfico sobre fútbol y cine que sigue disponible aquí.


 

Darryl Francis Zanuck y Fritz Lang tomaban unas copas en un elegante bar de Los Ángeles. Zanuck, productor de la 20th Century Fox, discutía con el famoso director nacido en Viena sobre un film que quería rodar en Puerto Rico. Lang se había convertido en un viejo cascarrabias. Había llegado a Hollywood en 1934, escapando del nazismo y precedido por la fama ganada con sus obras alemanas, pero poco a poco el desánimo pudo con él cuando vio que en Estados Unidos le pedían éxitos en las taquillas, no obras de arte como su famosa Metrópolis. Era 1949, la gente quería sonreír después de la Segunda Guerra Mundial y Lang necesitaba dinero. Así que aceptó la propuesta de rodar ese film, aunque consiguió que se rodara en las Filipinas, y no en Puerto Rico. Lamar Trotti, ayudante de producción y guionista, se sumó a la petición de Lang: si se trataba de contar una historia de las Filipinas, tocaba rodar en las Filipinas y no en Puerto Rico para ahorrar, como pretendía Zanuck. La película, basada en la historia real de Iliff Richardon, un marine de los Estados Unidos que después de ver como su buque era hundido por los japoneses acabó luchando en las selvas filipinas junto a guerrilleros locales, recibió el título de American Guerrilla in the Philippines. Zanuck y Lang pactaron que el protagonista del film fuera Tyrone Power, quien estaba de moda después de interpretar al Zorro. Y cuando tocó completar el reparto, Power propuso que se enrolara Juan Torena, uno de los amigos con los que cerraba bares californianos.

A Torena, un hombre que había sido delantero del Barça, le tocó interpretar el papel de líder guerrillero filipino. Según la crítica del The New York Times, su interpretación fue “sólida” en un film que el propio Lang definió como “uno de los peores que he rodado”. No obstante, fue un éxito de taquilla. Se rodó en Luzón, en las Filipinas, aunque los actores pasaron unos días en Manila. Torena lo aprovechó para quedar con viejas amistades y llevar a Power a los mejores casinos y locales nocturnos. Hacía más de 25 años que no pisaba esa ciudad, que había abandonado con otro nombre y sin destino cuando era un bebé. Ahora regresaba convertido en artista de cine. Un giro sorprendente en la vida de un hombre peculiar que tuvo la capacidad de jugar al fútbol y actuar sin perder ni un ápice de su elegancia innata.

TRAS LOS PASOS DE ALCÁNTARA

Juan Torena en verdad no se llamaba Juan Torena. Había nacido en Manila en marzo de 1898, durante los últimos meses de dominio español de las Filipinas. Su nombre real era Juan de Garchitorena y pertenecía a una acaudalada familia de origen vasco que se llenaba los bolsillos gracias a la explotación de minas de una de las últimas propiedades coloniales de un Imperio español cada vez más pequeño. José, su padre, había conocido las épocas doradas de antaño, invirtiendo en siderurgias vascas y comprando tierras y participaciones en empresas internacionales. Hasta 1898. Cuando nació el niño, España estaba perdiendo la ofensiva contra los guerrilleros locales, que contaban con el apoyo de los Estados Unidos. El gobierno de Washington prestaba su ayuda a los filipinos para poder después controlar su economía. A finales de ese año, con el pequeño Juan en la cuna, se consumó la derrota española. Aunque quedaban asediados los últimos soldados españoles -los famosos últimos de las Filipinas-, la familia Garchitorena se subió a un barco rumbo a Barcelona con la seguridad que dan los contactos y el dinero. Los Garchitorena abrieron una galería artística y compraron negocios en varios sectores. Poco a poco, se adaptaron a la nueva ciudad, volvieron a empezar.

 

Nacido en Manila en el seno de una acaudalada familia, emigró a Barcelona cuando era un bebé. Allí se divertiría con el fútbol… y las fiestas

 

Y así fue como Juan de Garchitorena se crió en Barcelona. Y Barcelona, en aquellos años, era un sitio genial si eras un joven alocado. En la ciudad se mezclaban espectáculos musicales, nuevos deportes, empresarios extranjeros y revolucionarios armados. La noche cada vez tenía más horas y las faldas de las bailarinas eran cada vez más cortas. También el fútbol se abría paso como nueva religión pagana, consiguiendo que se interesaran por el balón tanto los estudiantes de familias burguesas como los obreros que trabajaban a las órdenes de empresarios ingleses. En los años 10, el Barça ya se había convertido en una entidad de gran peso social y por eso José de Garchitorena, el padre, se involucró en el club buscando encontrar su sitio en la nueva urbe. Y llegó a ser vicepresidente. Fue así como Juan de Garchitorena empezó a jugar al fútbol, intentando seguir los pasos de su primo hermano Paulino Alcántara, otro chico nacido en las Filipinas, hijo de un militar español y gran ídolo del Barcelona en esa época. Garchitorena tenía un hermano jugando también en el Barça, aunque este no debutó en el primer equipo. Él sí lo hizo, en 1916, en un amistoso contra el Sabadell. Contra el mismo equipo debutaría en partido oficial, en el Campeonato de Cataluña, marcando un gol. Poco a poco empezó a circular por la ciudad que el Barça contaba con un jugador muy elegante que salía al terreno de juego peinado como si entrara a una pista de baile. Se decía que Garchitorena, en un partido contra el Espanyol, no quiso meter un gol, pues era preciso saltar para rematar de cabeza. Y como había barro y se podía manchar, dejó pasar el balón. Todos veían el buen pie de ese delantero que jugaba por la derecha, su capacidad de aguantar las cargas en un deporte físico y su buena lectura del juego. Pero también veían que jugaba por diversión, no por vocación, ya que le gustaba más salir de fiesta que salir ovacionado.

Garchitorena no conectó con una afición cada vez más visceral, en un fútbol en el que la rivalidad entre Barça y Espanyol se inflamaba por momentos. Tanto, que muchos derbis acababan a trompazos. Tanto, que después de perder el Campeonato de Cataluña, una derrota clara en un duelo clave contra el Barça, los blanquiazules se sacaron un as de la manga: denunciar a Garchitorena por incumplir las normas de la Federación Catalana, que no permitían jugar a nadie que no fuera español. Y es que, a pesar de haber nacido en las Filipinas cuando estas aún eran de soberanía española, la familia de Garchitorena declaró, a su llegada a Barcelona, ser argentina. Pese a no tener ningún pariente allí ni haber vivido en Buenos Aires. No se sabe con certeza la razón por la que lo hicieron, aunque Manuel Torres, el entrañable conserje del estadio del Barça, dio una pista: el delantero le había contado que su padre había invertido mucho dinero en negocios argentinos.

Aunque José trató de defender la honestidad de su hijo, la Federación dio la razón al Espanyol y el Barça perdió en los despachos el título de campeón catalán de 1916. Un trofeo muy importante, pues no había nacido aún la liga española. Fue un caso que provocó debates pasionales en las tertulias de la Ciudad Condal, acabando con la carrera de un jugador que su propia hinchada ya observaba con recelo. Tampoco ayudó que fuera uno de los titulares en un amistoso jugado en Bilbao contra el Athletic, en el que los locales marcaron nueve goles. Juan de Garchitorena, convertido en el centro de las iras, acabó en el equipo reserva, jugando con su hermano José. Y en un giro de guion final, los expertos contratados por la Federación para dilucidar el caso acabaron por dictaminar que la verdadera nacionalidad de Garchitorena no era ni española ni argentina: era estadounidense. Así lo aclaraba el catedrático Trias de Bes en La Vanguardia: “Garchitorena es un ciudadano estadounidense de Filipinas, nacido allí de padre filipino. Ninguna vinculación con Argentina”. Cabe recordar, de nuevo, que el país norteamericano ayudó a los independentistas filipinos para luego colonizar sus islas, motivo por el cual los Garchitorena pasaron a ser, durante unos meses, residentes en una posesión insular de los Estados Unidos. Descubierto el engaño, Juan fue apartado de la disciplina azulgrana. En 1921, y con la misión de controlar y gestionar las propiedades de los suyos, volvió a las Filipinas. Nunca más volvería a jugar a fútbol.

 

Tenía buen pie pero nunca conectó con la afición. Hasta que una polémica federativa acabó con su carrera. En California conoció el lujo y el descontrol

 

DEL CÉSPED A LA GRAN PANTALLA

Garchitorena pasó unos meses en Manila intentando olvidar la mala experiencia sufrida en el Barça. Las cartas de esa época nos hablan de una vida desenfrenada, típica de los herederos de familias pudientes sin rumbo fijo. Conocido en los casinos de la ciudad, malgastaba dinero con suma facilidad. Hasta que decidió volver a Barcelona. En el viaje de regreso, y mientras el barco en el que viajaba hacía escala rumbo al canal de Panamá, pensó que sería una buena idea pasar unos días en California. Un capricho que cambiaría, definitivamente, su vida. En tierras americanas conoció al pintor Moya del Pino y al escultor Moré de la Torre, amigos del rey Alfonso XIII que organizaban una exposición de arte moderno inspirado en Velázquez.

Garchitorena, que hablaba inglés, los conoció en el consulado español acompañados de Jacobo Fitz-James Stuart y Falcó. O sea, el Duque de Alba. Y acabó ejerciendo de intérprete en su intento de vender obras de arte a ricachones locales. Garchitorena se metió de cabeza en un mundo de lujos y descontrol. Todos soñaban con entrar en las opulentas mansiones donde las estrellas del cine vivían al limite. En aquellos años, las fiestas más famosas eran las organizadas por los actores Douglas Fairbanks y Mary Pickford. Y Garchi pasó a formar parte de su círculo. No le faltaba dinero, tenía encanto, era guapo y contaba anécdotas divertidas. Gracias a su don de gentes, le vendió un cuadro a Charles Chaplin. Fueron, justamente, Fairbanks y Pickford los que propusieron a este tarambana que probara suerte como actor. Así nació Juan Torena.

El viejo Garchitorena quedó reducido a cartas con familiares y visitas puntuales a Barcelona, donde admitió, tomando unas copas con antiguos amigos, que el fútbol había desaparecido de su vida y que el sonido predominante de su casa era el de los tacones de cientos de mujeres. Juan Torena nació después de superar un casting al que accedió recomendado por Fairbancks, aunque le propusieron buscar un nombre artístico con mejor sonoridad. El nuevo Juan Torena resultó ser aún más seductor que el viejo Garchitorena, gracias al señuelo irresistible de la pantalla. La revista Variety lo bautizó en su momento como el latin lover de moda y fue relacionado con estrellas de la época como Maureen O’Hara, Myrna Loy o Loretta Young. Muchos artistas, aconsejados por sus representantes, utilizaban la prensa rosa, en plena expansión, para ocupar un sitio dentro del star-system de Hollywood, dejándose fotografiar de madrugada con amantes. Así que muchos de esos romances eran tan artificiales como los films de serie B en los que Torena gozaba de papeles protagonistas, pues se trataba de las versiones en español, destinadas al público hispano, de éxitos que otros actores ya habían rodado antes pensando en el público de Estados Unidos. A finales de los años 20, algunas de esas cintas llegaron a España y el centrocampista del Barça Agustín Sancho se quedó de piedra cuando acudió al cine con su esposa, viendo en la pantalla a su antiguo compañero de equipo. Cuando lo contó en el vestuario, el resto de futbolistas acudieron al cine. Uno de los films más destacados de Torena fue una producción cubana de 1938, Sucedió en la Habana, con la gran estrella Rita Montaner. Mientras España se desangraba en plena Guerra Civil, él bailaba ritmos caribeños.

 

Recomendado por el star-system de Hollywood, se puso un nombre artístico. A finales de los 20, ya era uno de los latin lovers más famosos

 

Torena llegó a gozar de algún papel secundario destacado, aunque nunca fuera de los roles de ‘latino’. Una de las excepciones fue precisamente American Guerrilla in the Philippines, cuando le tocó fingir ser filipino en su tierra natal. Torena acabó sus días al lado de Natalie Moorhead, su alma gemela. Nacida en Pittsburgh en el seno de una familia rica, se había decantado por la interpretación con algunos éxitos en Broadway, antes de cruzar el país hacia Hollywood, donde, como Torena, apareció en roles secundarios de muchos éxitos del celuloide. Casada y divorciada dos veces con actores de cine, vivió hasta los 92 años.

Al parecer, la pareja fue feliz sin hijos, sin deudas gracias a las fortunas familiares y sin obligaciones. Torena falleció en 1983, a los 85 años. Los dos reposan juntos en una tumba en el cementerio de Santa Bárbara. En letras grandes, se puede leer ‘Torena’. Y entre paréntesis, ‘De Garchitorena’. El actor acabó siendo más grande que el deportista.

 


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Fotografía de agencia.