David, Clara, Cristian, María, y un largo etcétera de nombres que representan muchas más niñas y niños, van a poder volver a jugar en Barcelona con un balón sin miedo al castigo que conlleva saltarse las reglas, o quizás aún peor, a la recriminación de algún vecino que aún no se ha enamorado del fútbol. Este hecho implica algo más que la vuelta a las calles de la más querida de este deporte.

Se acabó el casting de objetos que intentaron sustituir de forma práctica a la insustituible. Se contaminaran menos las calles, ya que no harán falta trozos de papel de aluminio del bocadillo de la merienda para que el artista del grupo los junte creando una forma esférica que se pueda patear y que resista más de un par de pisotones. También se librará el perdedor del piedra papel y tijeras que le toque encontrar el pequeño tetrábrik de zumo o batido, con aspecto resistente, que se esconde dentro de la siempre poco apetecible de conocer papelera.

Vuelven los regateadores con reflejos, esos a los que el mejor científico calculando trayectorias les tiene envidia, porque son capaces de prever hacia donde irá el balón a pesar de la infinidad de obstáculos e irregularidades que contiene el peculiar terreno de juego que es la calle. A saber jugar le llaman suerte, y por eso sus rivales gritarán con impotencia: “¡Qué suerte tiene, se lleva todos los rebotes!”.

 

En una sociedad con una clara tendencia al sedentarismo y la adicción a las pantallas, se confía en el balón como solución

 

La medida del ayuntamiento implica el retiro de las señales con el contundente ‘Prohibido jugar a pelota’ que se desprende del dibujo informativo, las cuales algunos hasta ahora seguramente ya utilizaban como poste para jugar a fútbol de forma ilegal. Es por eso que indirectamente, también se va a fomentar la imaginación arquitectónica de los pequeños, para de forma improvisada ‘crear’ pequeños estadios urbanos, con sus dos siempre imprescindibles porterías. Aunque algún padre pueda estar en desacuerdo, las mochilas como poste están admitidas.

La vuelta del balón a las calles, también implica aprendizaje gratuito para las jugadoras y los jugadores, en especial en la faceta de saber pedir perdón cuando toca. Porque sí, a todos nos ha pasado que jugando, de forma completamente involuntaria, la pelota ha cogido un dirección maligna y ha ido a parar de forma brusca a la pobre señora que está sentada en el banco tomando el sol con sus amigas. Y entonces es cuando al valiente del partido le tocará ir a pedir perdón a la par que recoger el balón, siempre que se acobarde el último en patearlo. De está forma, también se cumplen uno de los objetivos del ayuntamiento, tal y como apuntaba Janet Sanz, la teniente alcalde de Urbanismo, que comentaba en Betevé que se busca incentivar más “el juego respetuoso y la convivencia urbana.”

Que el fútbol vuelva a las calles en mejores condiciones con un balón puede tener muchas caras, algunas más positivas, otras más negativas, y todas con sus buenas razones. Pero puede que sea un buen momento para darle protagonismo a los grandes beneficiados de todo esto, los niños y niñas. En una sociedad con una clara tendencia al sedentarismo y la adicción al ocio de las pantallitas, esta medida apuesta porque a través de algo tan simple como un balón, los más pequeños hagan amigos y se diviertan compartiendo la ilusión por jugar.