Sube, baja, vuelve a subir, vuelve a bajar. Ficha jugadores, haz debutar a tus jóvenes talentos, véndelos, vuelve a fichar jugadores, vuelve a sacar a los chavales, vuelve a venderlos. Cambia de entrenador, ahora trae a otro, luego a otro. Baja, sube. Remodela tu estadio, rebautiza tu estadio y vuélvelo a bautizar. Juega en Primera, juega en Europa, juega en Segunda, gana la Copa. Baja, sube, vuelve a subir. Compite contra tu vecino, sufre contra tu vecino, date una alegría ganando a tu vecino, vive con la paciencia de tener que soportar cómo ese mismo vecino levanta un título europeo. Y luego otro. Luego otro. Y otro. Otro. Otro más. Qué coraje. Gasta más, ingresa menos, entra en los juzgados, sal de los juzgados, echa al presidente, cambia de presidente. La historia del Betis en el siglo XXI es un ir y venir constante, un estar y no estar y un ser y no ser. Un juego algo diabólico en el que no por mucho caminar se evitaba caer siempre en la casilla de salida. Una trayectoria redundante y pesada que se ha basado, para más crueldad, en sensaciones contradictorias, pues cada buen momento futbolístico ha tenido su reverso oscuro lejos del césped; con esa dulzura algo amarga de saberse grande entre pequeños, en los años en Segunda, y ese punto de sal con un final ácido al regresar a Primera, sacando a pasear el orgullo en los derbis, sí, pero sabiendo que al mirar de reojo a lo que ocurría en la orilla sevillista los jueves por la tarde, la frustración podía incluso crecer. Llegó a ser tan complicada la situación, la prueba de fe a la que fue sometido todo el beticismo, que el club se acabaría llevando de su periplo por los infiernos algo más duradero que el placebo de los éxitos pasajeros: un aprendizaje. Sufrió, se adaptó y, ya alejado de la queja fácil, optó por competir, contra sí mismo, contra todo, contra un Sevilla que vivía feliz a una distancia sideral. Y eso le hizo mejor. Y al fin parecía que el semáforo en la capital andaluza podía pasar del rojo al verde. Permiso para avanzar. Lo vimos llegar, hace ya unos meses; primero era una figura vaga en el horizonte, una intuición. Luego la pudimos identificar: el Betis volvía. Y lo traía su gente, que nunca se había ido.

Protesta, grita, haz que te escuchen. Recupera tu esencia. Vende más, vende bien. Compra mejor. Encuentra a tu técnico, una manera de jugar. Gana, pierde, empata, convence. Da que hablar. Recupera tu orgullo, todo aquello por lo que te habían reconocido. Vuelve a Europa. Quizá en algún momento de la última década, el verde a este lado de Sevilla significó una preocupante falta de maduración, pero ya hace tiempo que este color vuelve a tener el más bello de sus significados: la esperanza. Y lo mejor de todo es cómo ha ocurrido. Porque la mutación del Betis es un retorno a la esencia del juego mismo. Contraviniendo las fórmulas que hoy dominan el fútbol, va de dentro hacia fuera, el césped es el centro de su universo. Primero, el balompié; luego, todo encaja naturalmente. Gana, pierde y empata, pero este Betis nos recuerda así una vieja lección: si queréis que un club funcione, empezad dándoles un balón a los que saben qué hay que hacer con él.