Hoy hace 77 años, las tropas de Adolf Hitler se lanzaron contra la Unión Soviética. Lo que ocurrió después de aquel 22 de junio de 1941 -tal y como había insinuado lo que llevaba sucediendo antes- forma parte del peor conflicto de la historia. La URSS pagaría el precio más caro por librar a la humanidad del yugo nazi: 20 millones de muertos. El eco de aquella gesta llega hasta nuestros días, a pesar de que cada vez quedan menos testigos directos de ella y de que el país que la protagonizó ya no existe.

Hoy es fiesta en Rusia. Se celebra el día de la Memoria y el Dolor, una fecha muy diferente a la del 9 de Mayo, día de la Victoria. Si esta última supone una exaltación militarista y patriótica de la derrota del enemigo, la del 22 de junio encierra un recuerdo al familiar desaparecido, al soldado muerto, a la trabajadora violada, al niño deportado: en suma, a todas y cada una de esos 20 millones de víctimas.

Hoy proseguirá el Mundial de fútbol. Gran ocasión para abrir Rusia al mundo, o quizá -y son dos cosas muy diferentes- para vender una imagen eficiente y amable de un gobierno lleno de manchas: ocupa el puesto 135 sobre 180 países por la gravedad de su corrupción (Transparencia Internacional) y el 148 en el ranking mundial por su escasa libertad de prensa (Reporteros sin fronteras). Una ocasión, también, para amortiguar el conflicto abierto en el este de Ucrania, a escasa hora y media en coche desde Rostov, sede mundialista: en lo que tardas en ver un partido cambias las columnas de limusinas de la FIFA por las columnas de los tanques. Tan lejos, tan cerca.

 

El Mundial supone un gran ocasión para abrir Rusia al mundo, o quizá para vender una imagen eficiente y amable de un régimen lleno de manchas. Que son dos cosas muy distintas

 

Hoy se juegan tres partidos del Mundial, sí. ¿Fútbol? No solamente. En este día de la Memoria y el Dolor, estos tres partidos encierran algo más que goles, regates y desmarques: suponen una denuncia, un guiño y un aviso.

Brasil y Costa Rica abren la jornada en San Petersburgo. Que la vieja capital zarista sea hoy la nueva capital gasista -en tanto que sede de Gazprom, empresa energética y uno de los principales patrocinadores del Mundial- explica el despilfarro que rodea a esta sede. Una de las favoritas al título saltará a uno de los estadios más caros del mundo, tras obras interminables y unos sobrecostes que ríete tú de Santiago Calatrava. Es, también, uno de los recintos que registró accidentes laborales de trabajadores extranjeros cuando en el comité organizador cundía el pánico ante la posibilidad de incumplir los plazos de las obras. Decenas de norcoreanos malvivieron en sus aledaños, se jugaron la vida en sus andamios y alguno incluso la perdió hace pocos meses (como revelamos aquí). Así que cuando os sentéis delante del televisor, sabed que la función que presenciáis la han ayudado a levantar emigrantes en condiciones de semi-esclavitud.

Esa es la denuncia.

Nigeria e Islandia toman el relevo tras la siesta. Conocemos el nombre del estadio donde se disputará, Volgogrado Arena, pero no el de la ciudad, porque hoy es 22 de junio y -ya lo sabemos- el día de la Memoria y el Dolor. En 2013, el ayuntamiento de la ciudad decretó una medida bastante inusual: la recuperación de la vieja denominación de la ciudad, Stalingrado, en seis festividades cada año. Y -oh, casualidad- hoy es una de ellas. Y -oh, segunda casualidad- coincide con un partido de la Copa del Mundo. Así que siendo rigurosos, Nigeria e Islandia disputarán su encuentro en Stalingrado, en un moderno estadio a los pies del colosal monumento a la Madre Patria. Sus 85 metros de altura conmemoran la ciudad arrasada tras la batalla de 1943 y los más de dos millones de personas que murieron en ella. Ni por población ni por equipo de fútbol está justificada la elección de Volgogrado como sede mundialista: hay 14 ciudades más habitadas en Rusia y su equipo, el Rotor, se debate entre segunda y tercera. De hecho, solo la intervención del gobierno ha evitado en los últimos años la desaparición del modesto club que heredará el vanguardista estadio. Definitivamente, alguien en Moscú vio con buenos ojos llevar el Mundial a Volgogrado. Y quizá fuera el mismo que ordenó quitar ese nombre de la muralla del Kremlin -donde figura una lista de ciudades mártires de la II Guerra Mundial- y ordenó esculpir en su lugar la denominación que hoy es temporalmente oficial: Stalingrado.

Ese es el guiño.

Suiza y Serbia pondrán el colofón a la jornada en Kaliningrado. Y si en Volgogrado has de mirar el calendario para saber cómo se llama la ciudad, en Kaliningrado no tienen dudas: Mikail Kalinin, dirigente de la URSS y amigo de Iosif Stalin, bautiza esta localidad desde que es rusa. Es decir, desde 1945, cuando las tropas del Ejército Rojo ocuparon sus ruinas. Hasta entonces siempre había sido Königsberg, una ciudad prusiana, hanseática y, por lo tanto, de habla y nacionalidad alemanas. Con la derrota del nazismo, y por razones muy discutibles, la URSS expulsó a sus 300.000 habitantes y repobló sus calles con ciudadanos soviéticos. Medio siglo después, y como peaje necesario al apoyo de Moscú a la reunificación alemana, Berlín renunciaría en 1990 a cualquier reclamación sobre una tierra que hoy sigue siendo rusa pero está desconectada de Rusia: constituye un territorio tan grande como la Región de Murcia a medio camino entre Lituania, Polonia y el mar Báltico. En la elección de Kaliningrado como sede mundialista las razones históricas parecen haber gozado de un peso incluso más definitivo que en la de Volgogrado. En Rusia hay 39 ciudades más pobladas, y en toda su historia el FC Baltika Kaliningrado solo ha jugado tres temporadas en primera división. Pero hoy Suiza y Serbia saltarán a su terreno de juego, bajo la mirada de medio planeta.

Y ese es el aviso.

Vladimir Putin no solo ha logrado llevar el Mundial a su país, sino repartirlo entre ciudades cargadas de simbolismo. Unas representan el vigor del capitalismo ruso; otras, el esplendor de la nostalgia soviética. Un fino equilibrio que constituye la mejor descripción política del inquilino del Kremlin desde hace dos décadas. Pasado, presente y fútbol se agitan, sin mezclarse del todo, en esta Copa del Mundo. Y desde luego en ningún día tanto como hoy. Lo único que Putin no ha conseguido es que Alemania jugase en este día de la Memoria y el Dolor. Porque algo me dice que ni el VAR hubiera salvado a los de Joachim Löw.