Hay derrotas que nunca se olvidan. Da igual el tiempo que pase, no importan los tantísimos triunfos que puedan venir después y tampoco preocupa la posibilidad de otras dolorosas derrotas, porque hay cicatrices prácticamente imborrables. Por cómo se dieron, por no entrar en los planes de nadie o, simplemente, por no alcanzar el éxito, la cuestión es que ahí quedan impasibles en el recuerdo de todos. Y en Brasil, si alguna derrota cumple todos estos síntomas, es la de aquella fatídica tarde del 16 de julio de 1950 en el Maracaná.

El gol de Alcides Ghiggia que daba la vuelta al marcador y coronaba a Uruguay como campeona del Mundo por segunda vez en su historia fue el detonante para que la Brasil futbolística se replanteara toda su existencia. El pueblo entero cayó en una profunda depresión. A los futbolistas que saltaron al césped les persiguió una deuda nacional hasta el fin de sus días y al portero, Moacir Barbosa, le condenaron al ostracismo y a la humillación eternos cargándole las culpas de lo sucedido. Tal fue el luto que se instaló en Brasil que hasta el color de la camiseta pasó a ser un problema para ellos.

Con tal de borrar cualquier símbolo que evocara a aquella aciaga fecha en la que equipo nacional, frente a su gente, no pudo salir por primera vez campeón del Mundo, desde la Confederación Brasileña de Deportes -predecesora de la actual Confederación Brasileña de Fútbol, fundada en 1979- y con la colaboración del diario Correio da Manhá, se presentó un sorteo en 1953 para dejar atrás el blanco de su camiseta. Unos colores que habían vestido desde sus primeros días como selección en 1914, a excepción del periodo entre 1916 y 1919, cuando un uniforme a rayas amarillas y verdes vistió a los internacionales brasileños.

 

Para el diario que orquestó el concurso, el uniforme blanco sufría de “falta de simbolismo moral y psicológico”

 

Se criticaba del blanco que no representaba al país, que no mostraba una identidad nacional suficiente para ser el color de Brasil sobre el césped. Para el diario que orquestó el concurso, el uniforme blanco sufría de “falta de simbolismo moral y psicológico”, para muchos aficionados el problema era que el blanco se había tornado un color gafado en su nación. Por ello, quisieron hacer borrón y cuenta nueva cambiando la paleta cromática de la Scratch. Y la única premisa que se remarcó en el concurso para elegir nueva vestimenta era clara, el uniforme debía contar con los cuatro colores que lucen en la bandera brasileña: verde, amarillo, azul y blanco.

Más de 300 candidatos presentaron sus diseños a la Confederación Brasileña de Deportes para vestir a la selección brasileña con sus nuevos colores. Y de entre todas las propuestas triunfó la de un joven diseñador de un diario local de la ciudad de Pelotas, en la región de Río Grande del Sur. A sus 18 años, Aldyr García Schlee, el ganador del certamen, creaba imágenes en las páginas de deportes del periódico donde trabajaba, por lo que al ver que había un concurso en el que se competía por diseñar la nueva vestimenta de la selección nacional se presentó por mera diversión. “Me quedé escandalizado porque ellos querían usar los cuatro colores de la bandera. Hasta tres colores, todo bien, pero con cuatro se puso realmente difícil, porque los cuatro colores de la bandera juntos no combinan”, recordaba el propio Aldyr.

Ante la dificultad de crear una equipación estéticamente atractiva entremezclando colores como el verde o el azul -difícil lo tenía-, el diseñador dibujó más de un centenar de opciones antes de dar con el clavo. La camiseta debía ser completamente amarilla. Nada de rayas, ni verticales ni horizontales. Y el único color que se colaría en ella sería el verde para cubrir el cuello y las mangas. Los otros dos colores de la bandera ocuparían las dos piezas restantes del uniforme. El azul para los pantalones y las medias de color blanco. La verdeamarelha ya era una realidad.

 

La camiseta debía ser completamente amarilla. Nada de rayas, ni verticales ni horizontales. Y el único color que se colaría en ella sería el verde para cubrir el cuello y las mangas

 

Tras celebrarse el concurso, el mismo Maracaná que cuatro años atrás había visto a su selección caer ante Uruguay en el partido decisivo para llevarse la Copa del Mundo, fue el escenario donde un 14 de marzo de 1954 la selección brasileña presentó su nuevo uniforme en un partido frente a Chile que se saldó con victoria local por 1-0. Después lo estrenaría en competición oficial en el Mundial de Suiza’54, y aunque el torneo de la selección de Brasil no diera muchas alegrías a sus paisanos -eliminados en cuartos de final-, pronto llegarían los primeros éxitos con los nuevos colores. Sumaron su primera estrella en el ’58 con el descubrimiento de Pelé, repitieron título en Chile’62 gracias a las exhibiciones de Garrincha y enamoraron al mundo balompédico en 1970 con aquella alineación plagada de ‘dieces’ en México.

El pasado jueves 15 de noviembre, a falta de una semana para cumplir los 84 años, la llama de Aldyr García Schlee se apagó para siempre después de seis largos años de lucha contra el cáncer. El destino, a veces caprichoso y otras bondadoso, quiso que aquel joven diseñador, que más tarde también sería escritor, profesor y periodista, tuviera un último homenaje. Brasil y Uruguay disputaban un partido amistoso en el Emirates Stadium al día siguiente de su muerte y antes de que el balón echara a rodar, ambas selecciones formaron en línea a orillas del círculo central para guardar un minuto de silencio en su memoria.

Un final de película para un brasileño que diseñó los nuevos colores que vestirían a la Scratch después de que unos uruguayos le arrebataran su primer Mundial en su casa; mientras él, natural de Yaguarón, ciudad fronteriza con Uruguay, siempre había sido aficionado de la selección charrúa. El fútbol nunca dejará de sorprendernos.