Jarro de agua fría. Decepción. Incredulidad. Estos no son más que algunos de los vocablos o expresiones que las futbolistas del Arsenal sintieron cuando los tres pitidos finales anunciaron el final del encuentro en el Meadow Park. El Chelsea, uno de sus perseguidores, desataba una tormenta de goles perfectamente conducida por la corriente australiana de Sam Kerr. Una derrota doblemente dolorosa puesto que, más allá de salir goleadas en el derbi londinense, era el detonante para hacer volar por los aires la primera plaza de la clasificación.

La liga se ponía, así pues, más cuesta arriba. “Contra el City es imposible pinchar”, debió pensar Van de Donk, la ‘7’ holandesa que milita en el Arsenal. De sus botas han salido una gran cantidad de goles y asistencias en lo que va de temporada. Muchas de ellas a su compatriota Miedema, con la que también coincide en la selección. Daniëlle es así. Una futbolista difícil de arrugar que a sus veintiocho años goza de la calidad y la experiencia necesarias para convertirse en un referente tanto de su equipo como de la Oranje.

Porque la centrocampista holandesa, como muchas otras futbolistas, no lo tuvo fácil para llegar a la élite. Durante los primeros años de su infancia, vio durante horas como los chicos jugaban con el esférico en el parque que había enfrente de la piscina a la que iba para practicar natación. Aparcaba la bicicleta junto a la de sus padres y se quedaba un rato observando como los jóvenes celebraban goles en un intento de llegar a ser tan buenos como sus ídolos.

“Iba en bicicleta a natación y veía como jugaban. Siempre le preguntaba a mis padres si podía quedarme a jugar pero no me dejaban”, reveló Van de Donk en una entrevista a The Sun. “Me decían que primero debía sacarme la insignia de piscina”, aseguró.

Sus padres debieron pensar que el hecho de conseguir la insignia haría que la actual futbolista del Arsenal perdiese la pasión por la pelota. Pero nada más lejos de la realidad. Al conseguir aquel curso de natación, la joven pelotera continuó insistiendo hasta que sus padres accedieron a que entrenase en el Valkenswaard de Eindhoven, club de su ciudad natal. Por aquel entonces, Van de Donk tan solo tenía cuatro años y todo su afán era el de acabar las clases para salir a la calle a jugar a la pelota. Sin embargo, encontrar a más chicas que quisieran acompañarla no fue fácil para ella. “Tan solo había una chica en mi calle que jugase al fútbol. Creo, sinceramente, que no le gustaba… Se ponía de portera y eso, a mí, me ayudó”, desveló.

 

“Hubo ocasiones en las que los rivales no podían entender que estuviesen jugando contra una niña. Era como si les ofendiese que yo estuviese ahí”

 

Arrancaba, por aquel entonces, su formación en el balompié. Inmersa en un mundo de hombres, Daniëlle también confesó que, en muchas ocasiones, fue motivo de burlas por parte de los rivales. “Antes del partido veían que había una chica y se reían de mí”, aseguró la internacional holandesa. “Pero cuando jugaban contra mí y veían mi nivel, terminaban estrechándome la mano”, sentencia. Sin embargo, ese gesto de deportividad quedaba, muchas veces, en papel mojado. “Hubo ocasiones en las que los rivales no podían entender que estuviesen jugando contra una niña. Era como si les ofendiese que yo estuviese ahí”. No obstante, la centrocampista siempre se mostró agradecida por jugar con sus compañeros. “Hicieron de mí la jugadora que soy. Me encantó jugar con ellos”, confesó Daniëlle.

Pero llegó el punto de cambiar de equipo. El equipo de su localidad se le quedó pequeño y la holandesa dio el salto a las categorías inferiores del Willem II, club en el que comenzó a crecer hasta llegar al primer equipo con tan solo 16 años. Durante esos tres años, la centrocampista jugó más de 40 partidos. Un registro que le permitió dar el salto a la selección holandesa y fichar por el VVV-Venlo, club con el que quedaría subcampeón de copa.

Sus buenas actuaciones al frente del club holandés hicieron que el PSV pusiese los ojos en la joven y se lanzasen a por su fichaje. Y allí, vestida de rojiblanca, Daniëlle explotó. En poco más de 50 partidos marcó 30 goles llegando desde la segunda línea. Siendo, pues, una de las centrocampistas más efectivas del país. Y, como no podía ser de otra manera, la holandesa vio que su querido país de los tulipanes se le quedaba pequeño. Y voló a otros lares, tal y como harían y han hecho en estos últimos años compañeras de su selección.

Tras un pequeño periplo en el Goteborg, la neerlandesa fichó por el Arsenal en lo que sería un fichaje de leyenda. En su primer año, llevó al Arsenal a levantar una liga que no conseguían desde que las ‘Gunners’ hiciesen historia un lustro atrás. Y es que, el club del cañón, había levantado hasta siete campeonatos domésticos de manera consecutiva. Un reinado que comenzaría en 2003 y se alargaría hasta el cambio de década. En cualquier caso, los próximos años de Van de Donk también fueron prósperos. En 2016, ganarían la FA Cup tras derrotar al Chelsea en Wembley en un auténtico partidazo.

Sin embargo, uno de los momentos álgidos de su carrera llegaría en 2017. Holanda había conseguido construir un equipo internacional a la altura de los grandes. Claro que, cuando llegó la Eurocopa, pocos esperaban aquel huracán. Fueron superando rondas y rondas hasta alzarse con el título de campeonas de Europa, siendo este uno de los momentos más significativos en la carrera de Daniëlle. Aquel título, además, hizo que la centrocampista – junto al resto de la selección – fuese nombrada Caballero de la Orden de Oranje-Nissau.

Van de Donk se consagraba, aún más, como una de las referencias del fútbol holandés y mundial. Su juego; brújula, arquitecta y puñal; era – y es – el de una centrocampista con muchísima llegada que suele partir desde los carriles. Con esas internadas, y con la colaboración de compatriotas como Miedema o Roord, en un intento de emular a la ‘Naranja Mecánica’, logró que el Arsenal ganase la última competición doméstica, la reconvertida FA Women’s Super League.

Y, como no puede ser de otra manera, en Londres son conscientes de la validez, la calidad y el entusiasmo que levanta la futbolista de los Países Bajos cuando se calza las botas y salta al césped. Por ello, a pesar de su juventud, los directivos ‘gunners’ sorprendieron a propios y extraños con una renovación inusual en este deporte. No había un tiempo fijado. No era ese clásico contrato de dos, tres o cuatro años. Daniëlle Van de Donk firmaba un contrato indefinido con el Arsenal. Una firma que vinculaba a la número siete con la entidad de Meadow Park hasta que decida colgar las botas o cambiar de aires en un futuro.

Y, esta temporada, el Arsenal vuelve a tener la liga entre ceja y ceja. Una competición que se jugará a caballo entre Londres y Manchester. Mientras que en la capital Arsenal y Chelsea buscarán la corona, desde Manchester llega el City con la intención de campeonar en Inglaterra. Es por eso que los aficionados ‘gunners’, cuando abren el periódico a primera hora de la mañana de un lunes lluvioso, esperan que Daniëlle y compañía hayan hecho gala de una nueva lección de fútbol. Porque todos ellos, al igual que la neerlandesa que comenzó de bien pequeña en natación, llevan el cañón en el pecho.