La frase “puedes salir del barrio pero el barrio no sale de ti” es desde hace tiempo una expresión algo tópica. Ha servido tanto para tratar de explicar comportamientos erráticos como algunos de, por ejemplo, Zlatan Ibrahimovic, como para promocionar películas, caso de la reciente Chavalas. En los últimos tiempos se ha hablado bastante de los barrios. Se ha pronunciado, al menos, una palabra que llevaba tiempo medio sumergida en el mantra de que eso de las clases sociales está trasnochado y aquí somos todos tan parecidos que, en caso de gresca, es precisamente por esa similitud por lo que surgen las peleas. Amores reñidos son los más queridos, valiente sinsentido tóxico dicho sea de paso. Hace años que la pretendida “estética de barrio” ha llegado incluso a los escenarios más exclusivos del negocio artístico, casi siempre identificándolo con lo excesivo, feísta y amenazante que detrás escondía una mirada zoológica. Ojo ahí fuera que hay jefes que visten chándal y a la vez despiden. Convendría, tal y como hizo Antón Reixa en su momento sobre los vascos, preguntarse si existen entonces los barrios detrás de todos esos titulares de prensa, estrenos, estribillos y reclamos publicitarios.

Existen. Vaya si lo han hecho, yendo ya al balón, en nuestro fútbol. Seguro que muchos lectores pueden hacer un ejercicio de memoria sencillo. Recordar en qué tipo de sitios, con qué tipo de personas se han reído más. Servidor no ha acabado de dar todavía con gente especialmente acomodada y que a la vez sea graciosa. Quizá la calle agudiza el ingenio. Ahí está la gambeta de potrero. El humor, qué duda cabe, es un recurso. Si planificar una firme contención a un rival superior es el derecho del débil a defenderse, la chispa es el contraataque. No hace falta estar en la mierda, pero sí al menos tener que pelear un poco. Qué lector, me pregunto también, no habrá pasado por lo siguiente. Ir a jugar un partido de cualquier liga municipal, a cualquier campo de tierra, cualquier sábado de enero cuando solo hay barrenderos en la calle. No tomábamos todavía café ni lo necesitábamos. Una armada Brancaleone en pantalón corto desperdigada en los últimos asientos de autobuses urbanos donde cualquier estupidez podía ser brillante. La fina línea entre el vacile y el pescozón, entre las bromas y cogerse el cesto de las chufas. Un día nuestro portero Kike, al que los profesores llamaban con un nombre que no tenía ni kas ni nada que ver con su temperamento, porque le llamaban con un nombre como si fuera uno de ellos, Enrique, puso un pie a cada lado de esa línea. Kike, que llevaba un pendiente desde primaria y eso le hacía más capitán que un brazalete, se quitó porque no bajábamos. No decíamos replegar ni transicionar ni encimar ni percutir ni bascular. Se fue de la portería en mitad del partido, Kike. Perdimos el balón, nos giramos con la calma y los dedos cruzados, porque era verdad que tendíamos a defender menos que el perro de Djalminha. Nos marcaron a puerta vacía. La solidaridad se aprende a veces recibiendo un gol.

 

Una cosa teníamos. No nos creíamos mejor de lo que éramos. Puede que hasta nos diera reparo hacer chistes. No éramos el Nottingham Miedo, el Estrella Coja, el Aston Birra, el Steaua del Grifo ni el Maccabi de Levantar

 

Una cosa teníamos. No nos creíamos mejor de lo que éramos. Puede que hasta nos diera reparo hacer chistes. No éramos el Nottingham Miedo, el Estrella Coja, el Aston Birra, el Steaua del Grifo ni el Maccabi de Levantar. Nos llamábamos Los Chicos, que servía tanto para bar de desayunos como para grupo de punk mesetero, laísta y de pantalones ceñidos. Los Chicos tiene algo de retrato, no éramos niños. Ni mucho menos ningunos tíos. Pavos nos venía grande. Impensable que algún día nos llamaría de usted alguien con la edad que teníamos entonces nosotros. Tiene también algo de noble, chico. Si te refieres a un desconocido como a “un chico” no es para insultarle o porque haya hecho nada malo. Puede que al revés, en las noticias, cuando ha habido algún desastre, siempre sale alguien diciendo que ha venido “un chico” a intentar ayudar. No se es chico durante mucho tiempo. Hay que aprovecharlo bien.

Eso que contaba Foster Wallace de los dos peces que se cruzan y uno pregunta al otro cómo está el agua y este sigue nadando un rato y tarda en responder que qué agua, eso veíamos que le pasaba a algunos chicos mayores que nosotros. Preguntabas la hora y te la daban mal, porque tú querías saber qué hora era hacía un minuto, no cuando ellos reaccionaban. Conocimos otra acepción del verbo quedar, una que de reflexivo solo tenía la conjugación. Estaba el quedar con una chica, el quedársela de portero y el estar quedado. La primera era aún una rareza; las dos últimas, circunstancias a evitar. Quedarse es especialmente grave a esa edad porque tienes muchas cosas a las que prestar atención, es esa edad en la que te preguntas cómo se puede conducir cambiando de canción, esa edad en la que no hubieras creído a alguien que te hubiera dicho que ese era el último equipo que alinearía juntos a Juanjo, Lemos, Charli, Aarón, Salva, Isra, Javo, Kike. Si no llegas al césped, lo normal es que a la tierra acabe comiéndosela el asfalto. Nos llamábamos Los Chicos y sospecho, aunque no nos lo dijimos, que ninguno nos explicábamos cómo era tan difícil marcar en esas porterías tan grandes. Todo acababa de empezar.