Sí, el fútbol es un espectáculo. Es necesario, ahora más que nunca, aferrarse a esa idea. De hecho, este texto -solo apto para románticos- da por sentada tal concepción. Porque el fútbol, como todo espectáculo, necesita de público: el que da sentido a todo. No lo digo yo, lo dice la RAE. Espectáculo: diversión pública celebrada en un teatro, en un circo o en cualquier otro edificio o lugar donde se congrega la gente para presenciarla”. Puestos a rematar el argumento, ¿por qué no ilustrarlo con una frase de uno de los gurús del gremio? “Tenemos que preguntarnos si merece la pena jugar al fútbol sin espectadores. Hacemos nuestro trabajo para la gente, pero si ellos no pueden venir, ¿qué sentido tiene?”, apuntó Pep Guardiola el pasado mes de marzo.

Dicho esto, ¿se imaginan, qué se yo, un concierto de Coldplay con la pista vacía, un monólogo de Ricky Gervais sin aplausos ni insultos o un chiste de Eugenio sin su posterior risa colectiva? El resultado sería una exhibición incompleta, descarnada, igual que un cuerpo al que le han amputado algún miembro. Porque, ¿qué es el público sino una parte orgánica, casi biológica, del espectáculo? Ojo, que algunos se ven capaces de disfrutar sin él, sosteniendo la idea de que el espectador y su consiguiente feedback no son indispensables; ‘qué más da, sigue siendo un partido de fútbol. Un cuero y 22 muchachos tratando de meter gol’. Pero, ¿acaso las emociones del músico, actor o futbolista no se mimetizan con las de las personas presentes, y viceversa? ¿Qué hay del dominio popular?

Me viene como anillo al dedo una de las muchas frases célebres de Oscar Wilde: “es al espectador, y no a la vida, a quien refleja realmente el arte”. En cierto modo y en consonancia con la idea del dramaturgo, el público del estadio puede sustituir al futbolista como nuevo autor de aquello que está contemplando, siendo este quien conduzca al equipo a través de su impulso. Digamos que, tanto los entrenadores como los jugadores, de pronto pueden ser relegados a un marco prácticamente dependiente, subordinado. Ese estado, esa influencia colectiva, hoy se ve totalmente excluida por la pandemia. Así lo simplificaba el jugador del París Saint Germain, Ander Herrera: “es un buen momento para recordar que el fútbol sin aficionados no es nada”.

 

“Puedo tener el mejor piano de Europa, pero sin un auditorio que sienta conmigo lo que hago, perderé todo el gusto por la ejecución”

 

Si bien es cierto que el fútbol, a diferencia de otros sectores definitivamente deslomados como el teatro, la música o el cine, no ha caído de la programación universal, no deja de ser palpable el envoltorio triste y taciturno al que se ha visto encauzado por la crisis sanitaria. Estamos asistiendo a un escenario totalmente inédito: los futbolistas se ven obligados a entretenerse más a sí mismos que a sus propios espectadores, aquellos que ahora los observan desde la lejanía. El aficionado actual no puede hacer mucho más que animar, despotricar, reír o llorar desde el sofá de su salón. Hoy más que nunca, la televisión actúa como público fake, como un mediador insuficiente para una afición que es real y virtual al mismo tiempo. No está in situ, aunque sigue estando. En la ‘nube’, por así decirlo. Se ha acostumbrado a la nulidad de su aliento, así como el jugador a la ausencia de sus estímulos externos.

Lamentablemente para el futbolista, esa ‘nube’ no es un sucedáneo de nada. Ni siquiera puede acercarse a la ansiada normalidad, pues los paradigmas han cambiado de tal manera que lo han convertido en un gestor de emociones, teniendo que encontrar la motivación en la esencia de su juego. Sin recibir ningún tipo de input extra. Visto así, tampoco es un mal examen para él, aunque pesa demasiado la desaparición de la cubierta social que custodiaba el terreno de juego. Ahí va otra frase oportunísima, esta de Wolfgang A. Mozart: “puedo tener el mejor piano de Europa, pero sin un auditorio que sienta conmigo lo que hago, perderé todo el gusto por la ejecución“. No sé si los jugadores han perdido el gusto por su práctica, pero no dudo que la emplean con menos motivación, aquella que provenía del ánimo de los suyos o de la provocación de los otros.

“El fútbol sin público no es fútbol. El confinamiento ha creado un deporte distinto”, decía Gennaro Gattuso en agosto. Más que convertirse en un deporte distinto, yo diría, sencillamente, que ha dejado de ser. De todas maneras, la frase del entrenador del Nápoles me sirve como compendio final a este ejercicio de nostalgia, a este análisis existencialista del fútbol a través de la figura del espectador. Porque el Covid no solo se ha llevado al público del estadio, también ha puesto al descubierto la condición empresarial del fútbol, un negocio que hoy lo sustentan las televisiones y los sponsors. Pero es que, en un futuro no muy lejano, lo hará la Superliga europea. Esa espantosa ilusión de la que unos pocos quieren sacar partido aniquilando la clase media futbolística. Es cierto que el público está destinado a la absoluta irrelevancia, si es que no lo está ya, pero algunos se olvidan de que, esencialmente, sigue teniendo el poder. Porque cuando el público vuelva, se producirá una vorágine de felicidad en las gradas y los niños volverán a estar cerca de sus ídolos.

Cuando el público vuelva, volveremos a escuchar un gran gol al unísono.

Cuando el público vuelva, habrá terminado la pantomima del aficionado pixelado y el fútbol volverá a ser dueño de sus propios defectos.

Cuando el público vuelva, volverá con él su color, su sonido y su olor. También el bocadillo, la bufanda y el transistor.

Cuando el público vuelva, su combustión hará renacer al futbolista.

Cuando el público vuelva, volverá también el espectáculo.

Cuando el público vuelva, el fútbol volverá a ser.

 


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Fotografía de Getty Images.