Eduardo Galeano descubría en El fútbol a sol y sombra que el inventor de la chilena fue un tal Ramón Unzaga. Bilbaíno de nacimiento y chileno de adopción, cuentan que se sacó de la manga esta suerte en un encuentro en El Morro de Talcahuano allá por 1914. Se ve que al principio se le llamaba ‘chorera’ por ser el gentilicio de los habitantes de aquel lugar, pero los peruanos rebautizaron el gesto como ‘chalaca’ por el mismo motivo; porque la primera vez que vieron ante sí la acrobacia fue en el Puerto de El Callao. Una nomenclatura que tampoco cuajó. Y en 1927, en un viaje europeo de Colo-Colo, gracias a David Arellano, los periodistas españoles apostaron por la ‘chilena’, debido a que era chileno; no hay más.

La cosa es que este término solo se utiliza en países de habla hispana. En los demás, ni idea de lo que es una chilena. No saben qué significa chalaca. Y la misma historia con la chorera. Para confusión nuestra, rizando el rizo, cuando un inglés, un francés, un italiano o un portugués, por ejemplo, hablan de una bicicleta -cada uno en su idioma, claro está-, nunca se referirán a lo que hacía Robinho una y otra y otra y otra vez, sino a aquello que Galeano describió de la siguiente manera: “con el cuerpo en el aire, de espaldas al suelo, las piernas disparaban la pelota hacia atrás, en un repentino vaivén de hojas de tijera”. Imposible desgranar el gesto técnico con mayor detalle.

Dejando de lado el debate del nombre que recibe este recurso tan estético como complejo, en Brasil abrieron hace mucho tiempo otra discusión acerca de quién fue el primero que se atrevió a hacerlo. Ahí, en el país del futebol, están convencidos de que tal honor recae en uno de los suyos. Obvian lo ocurrido en Talcahuano y también en El Callao y en las aventuras de Colo-Colo por el viejo continente. Por fechas no cuadra, pero para ellos no hubo nadie antes de Leônidas da Silva, el primer ídolo del fútbol profesional brasileño. Mestizo, de padre blanco y madre negra, el nombre de rey espartano no le quedaba grande. Todo lo contrario. De hecho, fue el gran dominador del fútbol de su país en la década de los años 30 y los 40; y de él destacaba el dramaturgo Nelson Rodrigues que “era un jugador rigurosamente brasileño”. “Tenía la fantasía, la infantilidad, la improvisación y la sensualidad de nuestros típicos cracks, apuntaba también; mientras nos damos cuenta de que, por mucho que corra el tiempo, al final, los mejores y más vistosos futbolistas brasileños nunca saldrán de esas cuatro paredes. Probablemente, para nuestra suerte, porque lo lleven en la sangre; seguramente, desde luego, porque no quieran hacerlo.

 

“Los goles de Leônidas te hacen tener la sensación de estar soñando”

 

Regresando a Leônidas, comenzó a hacerse un hueco en el fútbol profesional en 1931, cuando aterrizó en el Bonsucesso. Ahí, dicen, fue donde un 24 de abril de 1932 se sacó de la chistera por primera vez un remate de chilena para batir al guardameta de Carioca. Se fue a Uruguay después, para jugar un solo año en Peñarol, antes de volver a casa. Y en el 34 marchó a las filas de Vasco de Gama, coincidiendo con el Mundial de Italia, donde se estrenó como goleador mundialista contra España, pese a caer eliminada la ‘Seleçao’ en primera ronda por 1-3. De ahí a Botafogo y, un año después, en 1936, para asentarse por fin en un equipo, firmó por Flamengo.

Fue entonces, con su llegada al ‘Mengao’, cuando explotó su fútbol. El Mundial de Francia’38 se convirtió en su trampolín definitivo para alcanzar un reconocimiento internacional. Tres goles en el debut frente a Polonia (6-5), el último de ellos inolvidable por haberlo anotado descalzo después de que el barro del césped Estrasburgo le engullera su botín. Otro tanto en cuartos, contra Checoslovaquia (1-1); este marca de la casa, de chilena, para dejar encandilado al público y a la prensa. “Los goles de Leônidas te hacen tener la sensación de estar soñando”, rezaba un texto de Raymond Thourmagem en Paris Match. Y en el partido de desempate (2-1), volvería a anotar para eliminar a los checoslovacos y enfrentarse a Italia, la vigente campeona, aunque sin Leônidas, que cayó lesionado y no estuvo sobre el terreno de juego en la derrota (1-2) que les enviaba a la lucha por el tercer puesto contra Suecia. Regresó Leônidas al césped y regresó la victoria para Brasil. Dos goles suyos, además de una asistencia, fueron decisivos para que los sudamericanos se llevaran el encuentro por 4-2, y la final de consolación. Al volver a su país, tras anotar siete veces en cuatro partidos, Leônidas ya era, con todos los honores, un ídolo en su pueblo.

Aquel verano del 38 le llevó a otra dimensión; hasta tal punto que uno de los tantos sobrenombres que recibió, el ‘Diamante Negro’, llegó incluso a convertirse en el nombre de una marca de chocolate para rendirle tributo por sus tantos goles en Francia. Sería la última vez que el fútbol internacional pudiera disfrutar de su fútbol, pues la Segunda Guerra Mundial le privó de agrandar su leyenda en más Copas del Mundo y solo el fútbol brasileño tuvo el placer de ver el resto de sus días reventando redes. Continuó marcando goles para Flamengo hasta inicios de la década de los 40, cuando marchó a Sao Paulo, club donde permanecería hasta 1950, en el momento en que acercándose a las 40 primaveras decidió colgar las botas. “Rápido como un galgo, ágil como un gato”, así veía el historiador Jerry Weinstein al hombre que “parecía estar hecho de goma y no de carne y hueso”, al primer hombre, Leônidas, que descubrió las chilenas en Brasil; al menos en Brasil.