La infancia del escritor Andrés Neuman arrancó como esos cuentos que se leen antes de dormir porque siempre acababan bien: ‘Érase una vez un niño que…’. Los puntos suspensivos, en sus sueños infantiles, no simbolizaban el futuro sino esferas perfectamente redondas como los balones que no podía sacarse de la cabeza: soñaba con convertirse en un delantero goleador. Sin embargo, a medida que creció se dio cuenta de que la primera parte de su historia no tendría un desenlace de cuento infantil, y el sueño de marcar goles se desvaneció entre las patadas de la vida y los misteriosos puntos suspensivos de la literatura.

“La infancia es un lugar donde todos cantamos las mismas canciones y memorizamos los mismos anuncios de televisión”, escribió en la novela Una vez Argentina. La suya transcurrió en su Argentina natal hasta que, en 1991, la inestabilidad política empujó a su familia a emigrar a Granada, al sur de España, con la esperanza de emprender una nueva vida. Con 14 años, Andrés Neuman dejó atrás familia, amigos, colegio. Y también un idioma, las palabras que hasta entonces le habían definido. Su infancia se quedó en la otra orilla del mundo; pero una pasión viajó con él como recuerdo de la patria perdida: el fútbol.

No había heredado la afición de su padre. Su progenitor siempre fue un hincha tibio, a pesar de que el fútbol lo había salvado del servicio militar. A finales de los 60, años de revolución militar, su padre era un estudiante universitario que esperaba que sus pies planos fuesen útiles por una vez; pero fue su apellido, junto a una mentira, lo que le libró de empuñar un fusil. Cuando le llegó su turno en el reconocimiento físico, el militar repasó sus datos personales y le preguntó si conocía al Tanque Neuman. Sin valorar las consecuencias, su padre aseguró que era hermano del mítico delantero de Chacarita. “Acérquese más, la puta madre”, le contestó el militar. “¿O acaso usted y yo no vamos a poder conversar en confianza?”.

En realidad, su padre no hinchaba a Chacarita; era de Racing por influencia paterna. En contra de la tradición familiar, Andrés Neuman se hizo de Boca Juniors asumiendo todas las consecuencias: “El club que me tocó querer fue el de una década nefasta”, confesó. “El de la depresión post-Maradona. El de la interminable sequía de los siete años: la mitad de la vida que pasaría en Buenos Aires”. Pronto aprendió que abrazar unos colores significaba precisamente eso, fidelidad. Y lo más importante: entendió la victoria que escondía la derrota: “No lamento en absoluto haberme educado en ese Boca”, aseguró, “sus fracasos fueron otra escuela”.

Su primera camiseta no fue la de Boca Juniors, sino la de la selección argentina. Corrían los años 80. Como cualquier niño, Andrés esperaba que tuviese el ’10’ de Maradona en la espalda; pero el dorsal se había agotado en todas las tiendas y su padre tuvo que conformarse con comprarle un insulso ‘9’. Con aquella camiseta, el pequeño Andrés quedó inmortalizado en una fotografía en el salón de su casa. Habían pasado varios años desde que Argentina ganase su Mundial con cierta polémica; pero los adjetivos con que los militares habían definido al pueblo argentino -derecho y humano- seguían asentados en el discurso popular. “Quizás por zurdo y extraterrestre”, reflexionó Neuman, “el joven Maradona no fue convocado”.

 

Su primera camiseta no fue la de Boca, sino la de la selección argentina. Como cualquier niño, Andrés esperaba que tuviese el ’10’ de Maradona en la espalda

 

De aquel Mundial, le quedaba un recuerdo imborrable: su padre, como hiciera Borges, se había negado a festejar el título a pesar de que en todos los rincones de la ciudad se desbordó la locura. Andrés Neuman descubrió esa cualidad del fútbol: lo llenaba todo de ruido y furia, como el patio durante los recreos. Pero había más: “El fútbol me salvó de muchas cosas”, escribió. “De ser el niño raro, más o menos aspirante a poeta, al que los compañeros martirizaban en el patio”. Sacar centros medidos a las cabezas de esos compañeros le ayudó a marcarle un gol a la virilidad que reinaba en los recreos. A reivindicar su sitio, su yo.

Con once años, su jugador favorito era el Chino Tapia. En el Mundial de México, apenas disfrutó de unos minutos antes de lesionarse; pero Andrés Neuman devoraba las crónicas de los partidos en el periódico que compraba su abuela Dorita. Los titulares exaltaban la mano de dios, los regates del mesías, la reconquista de las Malvinas. “Maradona sonreía desde el Estadio Azteca alzando la copa dorada como un brindis solar”, recordó. Entre aquellas crónicas, se topó con una foto de un anciano, llamado Borges, que había fallecido en Ginebra. “Según averiguaría más tarde, en cierta ocasión la prensa le había solicitado su opinión acerca de Maradona”, escribió. “Su respuesta había sido: Disculpen mi ignorancia”. Cuando después preguntaron a Maradona acerca del famoso escritor, se tomó cumplida venganza preguntado en qué equipo jugaba ese tal Borges.

Literatura y fútbol también pugnaron en la vida de Andrés Neuman. Como cualquier otro pibe, siempre soñó con jugar en la delantera de Boca; un sueño que, sin embargo, compartió con otra secreta vocación: convertirse en poeta. Pronto quedó claro que lo suyo no era marcar goles sino contar historias. A su hermano pequeño Diego le contagió su pasión por el fútbol contándole una muy hermosa: el balón estaba relleno de pepitas de oro, y por eso lo codiciaban todos los futbolistas.

Una vez en España, el fútbol le ayudó a integrarse en su nuevo colegio. “Me enseñó que, si uno corre, es mejor hacerlo para adelante”, explicó. “Que no conviene pelear solo. Que a la belleza siempre le dan patadas. Y que nuestros rivales se parecen demasiado a nosotros”. Justo antes de abandonar Argentina, le regaló la camiseta de Boca Juniors a su hermano pequeño para que recordase sus raíces, por muy lejos de su tierra que le trasplantase la vida.