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Porque se puede luchar por ser mejor que el vecino sin necesidad de odiarlo.


 

Europa siempre se dedicó a pelearse consigo misma. Son siglos de conflictos armados, ideológicos y sociales en un continente que, para ser tan pequeño, da muchísima guerra. En un determinado momento, hartos de batallar en nuestro propio territorio, los europeos exportamos esa mentalidad bélica al resto del mundo, algo que no habla nada bien de algunos de nuestros valores. Pero el fútbol, en cierto sentido, nos salvó de nosotros mismos. Qué hubiera sido de la historia del continente si el juego se hubiese inventado siglos antes es algo que nunca vamos a poder saber, pero tenemos claro que, desde que se transformó en una parte fundamental de nuestras vidas, el balón actuó como contrapeso a esa tendencia casi crónica de vivir con un hacha en la mano. De los campos de batalla a los terrenos de juego; hemos aprendido a convivir y a solucionar nuestras diferencias con un trozo de cuero en el césped. De hecho, el fútbol ha hecho más que cualquier otro proyecto comunitario por la fraternidad de los europeos. Es difícil pelear contra lo que amas, y cuando futbolistas y entrenadores empezaron a cruzar fronteras para compartir conocimientos y experiencias, dejaron de ser parte del ellos para ser definitivamente parte del nosotros. Aunque no fue fácil llegar hasta ese punto. Nada fácil. Fue necesaria la capacidad de soñar y de creer de un puñado de personas que, contra las sensibilidades de su propia época, se empeñaron en hacer de Europa un espacio de unión y no una trinchera perpetua. El fútbol fue, probablemente, la más exitosa de las herramientas que se utilizaron para ese fin.

Y no existe una historia que represente mejor ese proceso que la de la Eurocopa.

De acuerdo, la Euro no tiene el glamur de las competiciones europeas de clubes, pero porque estas se mueven en otro registro, más local y cercano. Las rivalidades entre equipos de un mismo país se han traspuesto a una sana competición continental, pero siempre a partir del punto de vista local. Del barrio. De la calle. Del club de toda la vida. Los Mundiales, por su parte, son una celebración colectiva del mundo, una fiesta de colores y sonidos que nos encandila. Nos enseñan que el planeta es enorme y muy distinto a lo que nos muestra nuestra cotidianidad. Ahí las divisiones tienen menos sentido todavía, porque las rivalidades geográficas ascienden a otra dimensión y se transforman, casi siempre, en rivalidades futbolísticas.

Pero en la Eurocopa hay algo más profundo. Hay un continente que se mira a los ojos y decide estrecharse la mano. Cuando el balón echa a rodar, las naciones representan a muchos más aficionados que en cualquier otro escenario. El proyecto de la Unión Europea fue la gran conquista del siglo xx. Tras esa unión económica, llegó también una especie de comunión política, y con ella, varias iniciativas que han hecho mucho por juntar a los europeos bajo un mismo paraguas, como la moneda única, los viajes para jóvenes del Interrail o los programas Erasmus, sin olvidar la posibilidad de cruzar casi todo el continente sin tener que parar en cada aduana. Todo ello es la demostración de un avance extraordinario que, sin embargo, siempre vino por detrás de lo que el fútbol ya había sido capaz de lograr. En cierta manera, el europeo estaba preparado para el proyecto político común porque este deporte ya le había demostrado que somos mejores cuando remamos juntos. La lucha de los que nunca dejaron de creer en el sueño se convirtió con los años en la lucha de pequeñas naciones que querían hacerse un nombre entre los grandes. De futbolistas desconocidos que se convertían en referentes de todo un país. Gracias al fútbol, la integración racial, social y cultural en Europa es un hecho. Al contrario de los Mundiales, aquí los equipos por los que nadie da un duro sí pueden salir ganadores. Solo tienen que creérselo hasta el final. Y no son pocos los que lo han logrado.

En el viaje que pretende ser este libro, esos soñadores comandan el barco. El fútbol es el hilo conductor, pero, en realidad, cuando hablamos de la Eurocopa y de su historia, hablamos de Europa y de nosotros mismos. De nuestros anhelos y expectativas, de nuestras vidas en común. Es gracias a este torneo, de hecho, que muchos aprendimos a situar en el mapa a esos países y a sus gentes, a través de sus equipos y sus hinchadas. A conocer sus problemas y su pasado. El relato es igual para todos, del mismo modo que la Eurocopa es una reivindicación de lo que somos y de lo que queremos ser. La idea de Henri Delaunay de crear este campeonato nos enseñó que es posible querer ser mejor que nuestro vecino sin la necesidad de odiarlo. De hecho, gracias al sueño de ese parisino, muchos han aprendido a amar a Europa como a un todo. En un mundo en el que, cada vez más, se promueve el conflicto para atraparnos de nuevo en la ignorancia y el desprecio, no hay mejor ejercicio que volver a mirar a las entrañas emocionales de este torneo y observar cómo, desde su difícil parto, siempre supo ser un faro de esperanza y de unidad.

Esta es una historia de las Eurocopas, pero también es una historia de Europa, de sus ídolos y de sus héroes anónimos. De sus potencias y de sus cenicientas. Es la historia de quienes nunca han dejado de soñar.

 


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