George Best portó en 37 ocasiones la camiseta de Irlanda del Norte, pero no pudo despedirse de ella como hubiera querido. Las relaciones entre la indomable estrella y la federación de fútbol de su país siempre estuvieron marcadas por las tensiones y los desencuentros, hasta el punto de que, a finales de los 80, cuando un Best en caída libre quiso organizar en Belfast -su ciudad natal- un partido homenaje a su carrera con el fin de recaudar fondos, los dirigentes se negaron a cederle la equipación oficial de la selección. “Podría dedicar el dinero a construir escuelas y hospitales, pero se lo va a quedar él y ya sabemos en qué se lo va a gastar”, zanjó un periodista afín a la cúpula directiva.

Unos días después, el 8 de agosto de 1988, arropado por los aplausos de 20.000 espectadores, Best saltaba al césped de Windsor Park, y antes de que arrancase un duelo en el que iban a medirse diversas leyendas norirlandesas y europeas (repartidas en dos equipos, Best XI e International XI), levantaba cariñosamente los brazos para agradecer el calor de la grada. Por aquel entonces tenía 42 primaveras, y en su rostro había brotado una barba oscura y asalvajada que acrecentaba su elegancia, ese encanto natural que jamás lograron estropear sus excesos con el alcohol. Best, que hacía cuatro temporadas había abandonado el último club en el que jugó, el Tobermore United, todavía era Best. Por más que hubiese pasado el tiempo y por más que se hubiese visto obligado a regresar al campo con el torso cubierto por una camiseta de belleza como mínimo cuestionable; desvaída, holgada, inquietantemente parecida a uno de esos pijamas con los que los abuelos se van en invierno a la cama. La cerveza Guinness, para colmo, era el patrocinador.

En el partido se cantaron 13 goles, y el público pudo disfrutar con los últimos chispazos de calidad de veteranos ilustres como el propio Best, Paul Breitner, Liam Brady o Johan Neeskens. Aunque al acabarse el encuentro, fue el atacante holandés Johnny Rep el que pudo intercambiarse la camiseta con el homenajeado.

Como confesó en alguna ocasión, Rep nunca tuvo la afición de coleccionar elásticas. Pero con aquella hizo una excepción. Su admiración por el extremo se remontaba a los tiempos en los que alcanzó la gloria con el Manchester United. Y aquel trozo de tela, además, poseía un valor incalculable; quizá acabaría siendo el último que habría lucido Best sobre un terreno de juego. Por eso fue comprensible el cabreo que cogió la noche que, después de volver de un entrenamiento, abrió la bolsa y no la encontró en su interior. Alguien se la había robado. Jamás la recuperaría. “Está claro que no he tenido mucha suerte”. Ni que lo digas, Johnny.