Me reí, con la misma risa de cada vez que, de niños, escuchábamos la palabra polla. Pero al cabo de unos días empecé a pensar en que quien estaba al otro lado de aquel eres un yonki, Gurpegui, eres un yonki de una parte del Camp Nou y de tantos otros estadios debía ser una persona con sentimientos como cualquiera, con más sentimientos que aquellos que le insultaban porque supongo que ver arder y llorar a los jugadores nos acerca e incluso nos iguala a ellos; ya que nosotros no podemos ser tan felices como ellos que ellos sean tan infelices como nosotros. Hoy Carlos Gurpegui (Andosilla, Navarra; 1980), el 22º jugador en la clasificación de jugadores con más partidos con el Athletic (393), y uno de sus grandes referentes en las dos últimas décadas, se considera un superviviente de todo aquello y mira hacia atrás con orgullo y con una sonrisa; sobre todo al revivir y rememorar aquella tarde de hace justo cinco años en la que colgó las botas, bajo una atronadora ovación de su afición y entre aplausos y abrazos tras dejar al equipo en Europa League.

Enamorado del Athletic, cuenta que “es como que te falta algo”, y admite que en cierto modo un futbolista es, a los 40 años, como un abuelo que mira más hacia atrás que hacia adelante. Pero solo en cierto modo.“Ya van cinco años, aunque lo cierto es que pasan más rápido cuando juegas. Cuando eres futbolista todo va a toda leche. Echo de menos muchas cosas del día a día, pero de la competición no echo en falta nada en absoluto. He competido todo lo que tenía que competir, y ahora hago deporte sin exigencia. Incluso he corrido una maratón. Tranquilo, para disfrutar, sin tener que correrla en menos de x tiempo y sin mirar el reloj”, asiente, feliz; y sin mirar el reloj habla durante más de una hora sobre una carrera única, tan única como el sentimiento que le ha unido al Athletic.

¿Qué recuerdas de Andosilla?

Balón, balón y balón, e infancia. Recuerdo salir del cole e ir directos a jugar en la calle, y pasarnos todo el recreo jugando al fútbol también. Lo de llegar a profesionales lo veíamos muy lejos, pero nos divertíamos mucho. Todo era diversión. He tenido la suerte de conocer y de vivir el mundo del fútbol de élite, pero la infancia en Andosilla no la cambio por nada. Quizás al revés se podría decir lo mismo, pero nacer en un pueblo pequeño te da cosas que la ciudad no te da. Mi madre tenía una pescadería y enfrente había una carnicería, y con el hijo de la carnicera y mi hermano, que llegó a jugar en Osasuna Promesas, nos pasábamos horas jugando en aquella calle. La portería era una puerta de madera de la pescadería. No teníamos ni consolas ni móvil. Vivíamos en la calle. En verano salíamos a las 9:00 y no regresábamos a casa hasta la hora de cenar. Solo para comer. Hoy veo carteles de prohibido jugar en plazas y me duele. Es lo más sano y lo más bonito que hay en el mundo. Solo necesitas un balón y dos amigos, o ni eso: con algo que ruede y dos personas, sean o no sean amigos, basta. Esos carteles y las plazas vacías de niños son como una puñalada a la infancia.

¿Cómo llegó el Athletic a ti?

Yo comencé en el equipo del pueblo, el River Ega, y con 16 años me fichó el Izarra. Entonces era un club convenido del Athletic y de vez en cuando subíamos a Bilbao a entrenar, pero yo era un desastre absoluto. Veía imposible que me ficharan. No me enteraba de nada. Pero de repente llegó la posibilidad. Por cercanía siempre había visto a Osasuna y había estado varias veces en El Sadar, pero cuando llegó la llamada del Athletic Club porque les había quedado un hueco en el centro del campo del juvenil con la marcha de Mikel Alonso no tuve dudas. Cuando empiezas a ver fútbol ya eres consciente de que el Athletic es diferente, porque te llama la atención que sean todos de la tierra, de casa, y ver cómo compiten contra el mundo, y cuando llegué a Lezama conecté del todo con la esencia y el espíritu del Athletic. Su filosofía me entró en las venas. Llegué con la ilusión de un niño, y aún recuerdo que mi padre me decía ‘tú entrenas bien, y si al año te tienes que volver aquí todo eso que habrás aprendido’, y aquí estoy todavía, 23 años después, hoy dando una mano en el tema de la metodología en los entrenamientos específicos de los juveniles, y lo vivo como un sueño.

 

“Los carteles de prohibido jugar y las plazas vacías de niños son como una puñalada a la infancia”

 

En tiempos de Superliga todavía cobra más valor la filosofía del Athletic.

Estos últimos días han sido duros, porque venimos de perder dos finales, pero al leer todo esto de la Superliga todavía es más motivo de orgullo formar parte de un club tan y tan especial. De un club que entiende el fútbol de una manera diferente. No es ni mejor ni es peor, es diferente. Y es la nuestra, y siento que es una maravilla. Tenemos que ser exigentes y ambiciosos, y aceptar que el equipo no ha estado bien en las dos finales, seguir en la línea de los últimos 12 años, en los que se ha llegado a ocho finales, y trabajar muy bien en Lezama para que los jóvenes lleguen preparados al primer equipo, pero estos días es un motivo de orgullo saber que los equipos grandes están pensando solo en el dinero, y que nosotros continuamos aquí con nuestra filosofía como bandera. Lo bonito del fútbol es, por ejemplo, que Huesca, Valladolid o Elche estén peleando por sobrevivir en Primera, que falten cinco jornadas y no se sepa quién va a ganar la liga, quién irá a Europa y quién va a descender. Eso es el fútbol, joder. Lo demás es desvirtuar el deporte, aunque también me parecen un poco hipócritas ciertos discursos de cierta gente. Porque el fútbol hace años que está perdiendo su esencia y que ese encamina más hacia el negocio que hacia el deporte y el aficionado. Esto no es de ahora.

Queriendo ser del mundo, muchos equipos han dejado de ser de su casa.

Aquí sabemos que llevamos mucha gente detrás, y es un orgullo. Es un presión añadida, sí, pero es muy bonito. Muchos miran mucho hacia el mundo y se olvidan de su tierra, pero nosotros no podemos ni queremos alejarnos de nuestra gente. Te arrastran, te empujan a dar un plus, y todo esto hace que ganar un título con el Athletic sea incomparable. Yo tuve la suerte de levantar la penúltima Supercopa en el Camp Nou y, joder, la satisfacción es increíble, y doble por la dificultad que conlleva. Se saborea mucho más. También he perdido cuatro finales de Copa, y el golpe es muy duro, pero si ganas, la satisfacción de ver y hacer feliz a tanta gente, y además a gente que es tu gente, gente de tu tierra, es una pasada.

393 partidos con el Athletic. Casi nada.

Me acuerdo de que el último año le decía a Ernesto [Valverde] que hasta que no cumpliera los 400 no me movería nadie de ahí. No lo logré, pero me siento contento, y me quedo más con todo lo que he pasado y superado para llegar hasta esa cifra que con la cifra en concreto. Suena a tópico, pero es así: ni en mis mejores sueños podía soñar con algo así cuando llegué al Athletic; igual que es cierto que si hubiera podido escoger mi adiós no habría sido tan bonito.

Incluso tus compañeros lloraban. ¿Aún guardas la camiseta?

Está guardada en una pequeña caja con todas las camisetas especiales excepto la del Villarreal-Athletic del debut, con el ’39’, que está colgada en el salón de casa de mis padres. El día de la despedida fue increíble, perfecto. Es uno de los recuerdos más bonitos que me ha dejado el fútbol, junto al día que ganamos la Supercopa. Estaba ahí todo el mundo. Mis padres. Mis hermanos. Mis amigos. Mi mujer. Mis hijas. Toda mi familia. Compañeros, excompañeros. No faltaba nadie. Incluso estaba mi mejor amigo del pueblo, que tenía una enfermedad que se lo llevó al cabo de un año. Tengo fotos con él en el campo de ese día. Fue una alegría muy grande. Por él. Y por todo. Por decir ‘hasta aquí he llegado, he hecho todo lo que he podido, me he entregado en cuerpo y alma, y me voy con la conciencia tranquila, en paz’.

El contador nunca superó los 400 por las lesiones, en parte.

Son lo peor del fútbol. La parte más dura. Yo siempre intentaba recuperarme antes del plazo fijado, y siempre me intentaban frenar diciéndome que era mejor perderme un partido que un mes. Si es que yo ya lo sabía, pero quería estar en el campo cuanto antes. Porque tú sabes que tienes x años en Primera. Pueden ser dos, diez o quince, pero cuando te quitan un año sientes que te están quitando algo que te pertenece y que es muy limitado, que no es infinito, y es difícil convivir con esa realidad, por mucho que te convenzas de que incluso de cosas tan complicadas como pasar por una lesión tienes que intentar sacarle, mínimo, un aspecto positivo.

Han pasado los años, pero ese castigo de dos años por dopaje, por ese positivo en 19-norandrosterona, y los juicios, sentencias, recursos, suspensiones y suspensiones cautelares de suspensiones siguen doliendo.

El proceso fue una auténtica chapuza desde el primer día. Recuerdo que el abogado me decía que era imposible que me cayeran dos años porque estaba todo plagado de irregularidades, pero me los tragué, y aquello me va a perseguir toda la vida. El calvario empezó con 22 años, y al principio me costaba mucho convivir con ello. Fueron momentos muy complicados. Como deportista entiendes que las lesiones son parte de la ecuación, de la lógica del deporte, pero eso era diferente. No entendía nada de lo que estaba pasando. Veía mi nombre por todos sitios, y fue muy duro, tanto a nivel individual como familiar. Mi familia lo ha pasado muy mal. Sufría mucho por ellos, y sentía mucha rabia. Si toda la gente que me llamó tan gratuitamente yonki o drogadicto viera cómo lo ha pasado la gente de mi alrededor creo que se lo pensarían dos veces. Yo no tengo muchos enemigos, pero lo que yo viví y lo que vivimos entonces no me gustaría que le pasara a nadie. La impunidad y la facilidad con la que me decían de todo era increíble. La persecución era una locura. A medida que vas creciendo y madurando y vas ganando serenidad, te alteras mucho menos y ves las cosas diferente, y llegas a acostumbrarte, pero si la solución es que se acostumbre al que insultan mal vamos. Lo único que me aliviaba y me consolaba era tener la consciencia tranquila, y saber que yo no había utilizado conscientemente ninguna sustancia para mejorar mi rendimiento porque, primero, si tenía algo bueno es que físicamente era muy fuerte y no lo necesitaba y, segundo, porque no lo hubiera hecho nunca porque tengo una ética y una manera de entender la vida en las que no caben esas conductas, y con esa consciencia tranquila y el apoyo de mi gente y de la gente del Athletic fui tirando, y ahora me quedo con que después de dos años sin jugar fui capaz de darle la vuelta a la tortilla.

En medio de la suspensión, pasaste unas semanas en Perú.

Fue una de las experiencias más enriquecedoras de mi vida, en un barrio marginal, de la periferia de Lima. Fui el verano después del primer año de sanción, para tratar de encontrarme por dentro, y al año siguiente volví. Son experiencias que te cambian. Porque ves una realidad muy diferente a la de tu día a día. Me enseñó lo feliz que es la gente teniendo poco o casi nada. Casi no tenían de comer y nos preparaban felices la comida a mí y al chico de la oenegé con el que fuimos ahí. Aquí, que tenemos todo, somos incapaces, primero, de darles algo a los demás y, después, de ser felices.

 


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Fotografías de Imago.