En 2011 descargué y me aprendí una canción de Arctic Monkeys cuyo ritmo trepidante amenizaba mi sinuoso trayecto hacia el trabajo. Codazos matutinos cuando no existía el VAR. Me ayudaba a acelerar inconscientemente el paso camino de la caótica estación de Roma Termini, así que el tema era a todas luces funcional, como dicen ahora algunos entrenadores de sus futbolistas más polivalentes. Meses después, escuché horrorizado la versión original —que encontré insoportablemente lenta, claro— y descubrí que había bajado por error un archivo a velocidad x1,5. Esta balada me hubiese hecho perder el bus cada mañana, pensé contrariado. Irónicamente, la canción que sufrió el brusco frenazo se titula That’s Where You’re Wrong. Y yo lo estaba.

Recordé la anécdota hace unos días leyendo sobre el fenómeno de los podfasters, esto es, oyentes que escuchan podcasts a mayor velocidad de la que fueron concebidos. La práctica se extiende al mundo de las series y no es descabellado conjeturar que en el ámbito futbolístico pueda dar el salto del scouter al espectador medio. ¿Veremos partidos a cámara rápida en el futuro? Asusta imaginarlo, pero la creciente obsesión por no perderse nada podría llevarnos a un punto en que ‘hacernos una idea’ del juego sea suficiente. Aunque por ahora el directo conserve su atractivo (no intacto), hace tiempo que la dictadura del highlight gana terreno a los 90 minutos. Pablo Aimar, un genio que habla como jugaba, ya advirtió que “somos la última generación que ve partidos completos”.

Nuestra escasa atención y ese miedo a perdernos algo convierten hoy los partidos en un formato bajo sospecha. Una balada de dos horas que ralentiza tu ritmo hacia Roma Termini. Los psicológos describen el FOMO (Fear Of Missing Out) como la aprensión generalizada de que otros tengan experiencias gratificantes de las cuales uno está ausente. Entonces, ¿qué ingrediente mágico nos podría enganchar al juego? Pablito, apodado surfista de piernas en Argentina, tiene claro que “sin pasión no hay nada. Necesitamos ese amateurismo en el campo”. El fútbol afronta un reto mayúsculo, acaso imposible: englobar instantes tan especiales como para hacernos sentir que lo que no nos podemos perder sucede dentro de un rectángulo. Que lo de fuera puede esperar 90 minutos.

Ciertos snacks con los que hoy se distribuye el producto no invitan al optimismo. Me preocupa especialmente la proliferación de vídeos ‘every touch’ de un jugador concreto. Como el foco apunta a cada contacto con el balón durante un partido, la omisión deliberada de todo lo demás —que es mucho, cualitativa y cuantitativamente— me genera el sentimiento opuesto al objetivo de la difusión del clip. Se persigue subrayar al futbolista, a mí me entran ganas de tacharlo al tercer pase irrelevante. No hay síntesis sino injusta descontextualización. Sirva mi momento #señormayor para ilustrar dos factores bien jóvenes: la poca paciencia del consumidor actual y el salto al vacío que supone analizar fútbol desde el nebuloso arte de ‘hacerse una idea’ del juego. Ojalá nunca sea suficiente.

Como mi canción acelerada o los podfasts, el fútbol y la vida discurren a mayor velocidad de la que fueron concebidos. Pero que nadie dispare a los jóvenes, meros hijos de su tiempo. Preguntado por los pibes perennemente pegados al celular y los futbolistas que graban sus celebraciones, Pablito pone la pausa como en el verde: “compartirlo después no les quita compromiso. Mientras están jugando, están jugando. Termina el partido y viven de otra manera”. Quien nos avisó del cambio generacional en el consumo futbolístico observa hoy desde fuera con la visión de juego de antaño. Cuesta posar la mirada en aquello que requiere tiempo. Espectáculo y espectadores deben poner de su parte para que la ventana temporal de un partido vuelva a ser oportunidad y no amenaza.

 


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Fotografía de Getty Images.