La meta se vislumbra en el horizonte. Este domingo, una selección se engalanará sobre el césped de Wembley. Allí, los papelitos procedentes de los cañones de aire, los fuegos artificiales y las gargantas rotas harán acto de presencia junto con el metal más preciado. Ese que habrá que enseñarle al cielo mientras el mar corre pestañas abajo por los rostros de las rivales. Vencedoras y vencidas. Anfitrionas contra gobernantas. Inglaterra contra Alemania. Es difícil, a toro pasado, pensar en si era la final esperada. Claro está que será un cierre cargado de pequeñas historias.

Uno, dos, tres, cuatro. Podría ser una canción de reggaeton de hace diez años cantada por Pitbull, pero en estas fechas esa cifra es la que Inglaterra endosó a Suecia en el primer partido de las semifinales. La escuadra dirigida por Sarina Wiegman saltó al césped de Bramall Line con el objetivo claro y muy poco tardó en mostrar sus credenciales. El 0-0 suele ser el primer obstáculo por romper. A la par, el más complicado. Ambos equipos tanteándose y tratando de mantener el equilibrio sobre una frágil tabla. Y es que, cuando cae el primer tanto, comienzan los bailes tácticos. Y, en esos mares, se mueve como pez en el agua una tal Beth Mead. La extremo diestra del Arsenal está cursando un campeonato prácticamente intachable.

Lucy Bronze recibió el esférico en el flanco diestro y sacó un centro a media altura. Firme, tenso y contundente al corazón del área. Un balón cabreado que se durmió en el interior de la bota diestra de Mead. La inglesa detuvo el esférico y, con este, el tiempo. Un instante. Una eternidad. Un momento antes de presentarle al esférico el empeine. Calma y violencia en unos pocos segundos. Ese insultante silencio entre el relámpago y el trueno. Y ese balón desnivelaba la balanza tras alojarse en la red.

Suecia no pareció encontrarse sobre el verde. Las pupilas de Sarina Wiegman asemejaban tenerlo todo controlado y al poco de comenzar la segunda mitad certificaron sus intenciones. Desde la esquina, Mead buscó el segundo palo, desquiciando a la defensa sueca y encontrando la testa de Bronze. La lateral impactó el balón al palo largo de Lindahl y el marcador daba un respiro más amplio. Era el segundo gol del partido y, con este, llegó la tranquilidad en tierras inglesas. Y ya se sabe que con la calma también llega la creatividad. Y fue Russo quien, en su faceta de artista, sacó el cincel para moldear una escultura perfecta. Con un golpe seco, de tacón y espaldas a portería, logró que el esférico se paseara rápido por el área chica.

Como recochineándose, decidió que el mejor lugar por el que acceder a la red fuese a través de las piernas de la guardameta sueca. Esta agachó la cabeza, consciente de ser la malograda protagonista de un tanto que pasará a la historia. Y, quizás fue ese mismo gol el que provocó su desafortunada acción en el cuarto y último tanto del partido. Kirby picó el esférico y Lindahl, en vez de desviar de puños, palmeó el esférico con la mala fortuna de que este apenas varió su trayectoria y, mansamente, acabó en el fondo de la red. Inglaterra se convertía, así, en la primera finalista de la Eurocopa. La anfitriona esperaba a su rival.

 

Perdonarle la vida a la ocho veces campeona de Europa tenía sus consecuencias y las francesas lo habían comprobado en carnes propias

 

Alemania y Francia se disputaban estar en Wembley el próximo domingo. La ocho veces campeona de Europa se veía las caras contra un cuadro que venía de cargarse a la actual campeona en los cuartos de final. “La historia de Europa consiste, básicamente, en el resto de países uniéndose para evitar que Alemania dominase”, decía mi profesora de historia. Y Francia lo intentó sobre el verde. Dibujó una línea Maginot para defenderse con mano de hierro de las embestidas germanas. Estas, sin embargo, encontraron la manera de diluir la defensa de ‘Les Bleues‘.

Y lo hizo a través de su comandante. Alexandra Popp, quien ya había testeado la guardia francesa en un par de ocasiones, percibió como se afilaban los cuchillos. El centro llegó al corazón del área y allí, superando a su marcadora, conectó un zurdazo con el exterior que superaba con contundencia la guarida defendida por Peyraud Magnin. Quedaban cinco minutos para llegar al descanso y Alemania se veía superior. Hasta que Diani recibió en el corazón del área y mandó un misil contra Frohms. El balón golpeó en el esférico y salió escupido. No obstante, allí se encontraba la espalda de la guardameta germana, que había llegado un segundo tarde a la caída. Ese trágico golpe por la espalda y a guardar. El empate subía al marcador y todo quedaba abierto para la segunda mitad.

Francia fue superior en muchos de los tramos de los segundos 45 minutos. Presionó para hacer desfallecer las defensas germanas y provocó errores que, en otras circunstancias, hubiesen acabado en gol. Sin embargo, Frohms se hizo grande bajo palos y mantuvo al equipo en los momentos más difíciles. Alemania, por momentos, se vio fuera de la Eurocopa. El guion que tomaba el partido presentaba a una selección germana preparando las maletas para regresar a su país… Pero de nuevo, Popp, acudió al rescate. Otro balón llovido al área desde el flanco derecho encontró la testa de su capitana. Picó el balón; mareó a Peyraud Magnin.

Era el segundo gol del encuentro para las alemanas cuando quedaba menos de un cuarto de hora para el final. Y, a la postre, fue un auténtico jarro de agua fría para unas francesas que por momentos habían tenido el partido en sus botas. Ya no se recuperaron de esa acción. Francia lo intentó hasta el final, pero las ideas se habían ido nublando con cada ocasión perdida en el limbo. Perdonarle la vida a la ocho veces campeona de Europa tenía sus consecuencias y las francesas lo habían comprobado en carnes propias.

Acabó el partido. Francia, cariacontecida sobre el verde, observaba atónita como Martina Voss-Tecklenburg reunía a sus jugadoras en un círculo para celebrar la victoria. Alemania volvía a una final por novena vez. Las otras ocho en las que alcanzó el último partido de la competición, acabó llevándose el título de vuelta a casa. En esta ocasión, sin embargo, deberán medir fuerzas frente a una anfitriona cuya directora de orquestra ya sabe lo que es ganar la Eurocopa. En la final se medirán dos estilos. Dos selecciones cuyos países han dado pasos agigantados en cuanto a fútbol femenino se refiere. Inglaterra lleva años perfeccionando su competición y los resultados se pueden ver sobre el césped. Alemania, por su parte y lejos de vivir de glorias pasadas, ha logrado resurgir con una nueva hornada de futbolistas.

Y todo quedará visto para sentencia el próximo día. Una corona en juego. La gloria a tan solo 90 minutos. Una aspirante que quiere doctorarse en su propia casa. Inglaterra, anfitriona, se presenta al duelo con la ilusión por las nubes. La confianza de haber hecho un torneo impresionante tras golear a Noruega por 8-0, vencer a España en la prórroga y haber vapuleado a Suecia en semifinales. Delante, Alemania. Su oficio ha sido demoledor. Sin desplegar el mayor juego vistoso, han sabido aprovechar todas las debilidades rivales para plantarse en la final. Son la definición perfecta de ir al grano. Sin adornos ni florituras. Un depredador en busca de su presa. Se agazapa, espera, ataca y lo logra. Así llegan ambos combinados, a cuatro días de la final, a las puertas de Wembley.

 


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Fotografía de Getty Images.