Fue la Eurocopa de mi adolescencia. Tardes de Bollycao, chicles Boomer, granos, hormonas y PC Fútbol. Era inevitable hacerse con todas las guías de los periódicos, acumularlas, regarlas por el comedor y repasar, con mi mejor acento de malvado de dibujos animados, la alineación de Rumanía. No fue un gran torneo, el gol de oro y los planteamientos defensivos llevaron más partidos de la cuenta hasta los penaltis, pero a quién le importaba entonces, a quién le importa ahora. Hoy aquella Euro 96 será el torneo que yo quiera que sea. A ver qué te cuentas, memoria. Era verano, hacía calor, bochorno, mucho bochorno, España perdía en cuartos, Gascoigne jugaba como los ángeles, Gascoigne se bebía el agua de los floreros, camisetas amplias, melenitas noventeras, el fútbol volvía a casa y yo era feliz tratando de pronunciar el nombre de Jan Suchoparek.   

En aquella época no era tan fácil ver fútbol internacional, a no ser que tuvieras las redes de distribución de Maldini, siempre dignas de The Wire. Para mí el fútbol inglés era por entonces un lugar donde los balones siempre iban a la escuadra. No sé por qué, serían los resúmenes de mi canal autonómico, pero los goles de la Premier llegaban a lugares a los que en España no estaba acostumbrado. Hoy sé que eran cosas de la realización televisiva británica, pero entonces no lo tenía tan claro. Para aquella Eurocopa yo y mis colegas esperábamos ver a Manjarín o Amavisca clavarla en el ángulo como lo hacían Alan Shearer o, palabras mayores, Matt Le Tissier. El fútbol inglés de los 90 tenía para nosotros un aire de globalización a medio hacer, creíamos conocerlo pero, por fortuna, conservaba todavía el encanto de lo lejano.

Así que aquel verano del 96 se me hacía la boca agua con el nombre de los estadios: Hillsborough, Elland Road o St James’ Park. Volvía una y otra vez a las guías del periódico con la esperanza de escuchar allí el canto y la sucia armonía de los hooligans. Una Eurocopa en Inglaterra prometía idilios con la cerveza y primeros planos en las celebraciones. Los chavales de mi generación habíamos descubierto el sentido del espectáculo en el Mundial de Estados Unidos y, aunque tal vez no supiéramos expresarlo entonces, en la Euro aspirábamos a que el show continuara y se fundiera con la mística de la cuna del fútbol. 

 

Una Eurocopa en Inglaterra prometía idilios con la cerveza y primeros planos en las celebraciones 

Las greñas de Poborsky

La palabra era molar. Esa era nuestra medida de las cosas. Y ningún equipo en aquel torneo molaba tanto como la República Checa. Lo tenían todo. Un país nuevo, acabado de hacer, un nombre de juego de rol, las camisetas de Puma y una panda de futbolistas salidos de la nada. Seguramente fue mucho mejor equipo el que llevaron a la Euro 2004, pero ninguno se ha fijado en mi memoria como aquel del 96. ¿Cómo no enamorarse de una selección con futbolistas de tres consonantes seguidas como Radek Bejbl? ¿Cómo no admirar la calva postsoviética de Kadlec, la elegancia bohemia de Berger o los primeros detalles de Nedved? Pero claro, si hablamos de aquel equipo el primer nombre que me sigue viniendo a la cabeza, imagino que no seré el único, es el de Karel Poborsky.

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El tipo lo tenía todo. No era posible molar más que el checo. Melena neoclásica con un toque grunge, sprints motorizados con la cabeza gacha, letras gigantes con su nombre en la espalda y una clase que no se podía quitar de encima. Muchos años después, cuando al fin pude visitar Praga, juro que un anuncio de cerveza con la imagen de Poborsky en el barrio de Karlin me hizo tanta ilusión como si me hubiera encontrado al mismísimo Golem. En cierta medida, todo aquello que esperábamos de la Eurocopa de Inglaterra lo encarnó el ‘8’ de la República Checa. Un futbolista desconocido en un equipo del Este, una imagen icónica en estadios icónicos y, también, un instante detenido en el tiempo. Ahora que echo la vista atrás, tal vez sea exagerado, pero siento que el cucchiaio cósmico de Poborsky contra Portugal representó para mí y muchos chavales de los 90 lo mismo que debió representar para los adolescentes de los 70 el penalti de Panenka.

La selección checa del 96 tenía el relato de su parte. Fue un equipo contracultural que se quedó a las puertas de la victoria. Cuando Oliver Bierhoff marcó el gol de oro en la final, algo de nosotros se perdió con ellos. Nos quedamos doblados como Kouba después de ser incapaz de atajar el último disparo. Hoy recuerdo a la República Checa como mi selección en aquel torneo. Tenía que ser así en las últimas rondas. La España de Clemente cumplió con su papel y palmó en cuartos. No le tenía mucha fe a aquel equipo pero sigo pensando que el diseño de la camiseta fue de los mejores que hemos tenido. Recuerdo un agónico remate en plancha de Amor en Elland Road, el gol que Salinas no marcó contra Italia en el 94′ anulado por el árbitro en los cuartos contra Inglaterra y, como siempre, nuestro mejor partido el día que fijo, pero fijo, nos íbamos para casa.

La calva de McAllister

Si la República Checa nos embaucó por su juego, a Escocia simplemente le bastaba con ser Escocia. Para poner las cosas en perspectiva, Braveheart se había estrenado en 1995. Un chaval de 15 años no podía dejar de admirar a aquellos once jugadores con su uniforme azul oscuro casi negro repartiendo hostias como panes y llevando el kilt por bandera. Solo jugaron tres partidos en aquel torneo pero fueron suficientes para construir una épica con tufillo a whisky ahumado. Hablábamos antes de molar y, desde luego, no hay selección, en cualquier torneo, con unos nombres que luzcan más que los de Escocia. En la Euro del 96 rondaban por ahí Colin Calderwood, Gordon Durie o Billy McKinlay. Si me preguntan, hoy no tengo ni idea de en qué posición jugaban pero tengo claro que en una próxima vida quisiera reencarnarme con cualquiera de esos nombres.

 

Aquellos estadios, aquellas tomas de televisión que hacían mejores a los futbolistas. Un fútbol de voleas, pintas de cerveza y dientes mellados. Siempre queremos regresar a casa

 

Gary McAllister ponía todo el toque y el contrapunto capilar al pelazo de Colin Hendry. Muchos recuerdan el sombrero y el gol de Gascoigne, pero yo recuerdo más el modo de caer de Hendry aquella tarde en Wembley. Los escoceses siempre han tenido eso. Sus caídas redondean las obras maestras de otros: el modo de hincar la rodilla de Hendry tras la genialidad de ‘Gazza’ o la reciente carrera del portero Marshall persiguiendo la perfecta parábola de Schick. Aunque puestos a buscar, ninguna caída escocesa tan memorable como la de los dientes de Jim Leighton. Una pena que no jugara ningún minuto en aquella Eurocopa. Sin embargo, a veces creo verlo bailando en el área pequeña una canción de The Pogues. Sea como sea, a medida que escribo tengo más claro que Escocia y la República Checa ocuparon el centro de mi memoria sentimental de aquel torneo.

El fútbol volvió a casa en el 96 y hoy vuelvo a los nombres de aquella Euro que atravesó mi adolescencia. No sé si fueron los mejores pero no puedo dejar de evocar a Youri Djorkaeff, Christian Ziege, Patrice Loko, Hakan Sukur, Steve McManaman o Stéphane Chapuisat. Tipos que molaban. Los tengo aún en mi cabeza. Igual que tengo en mi cabeza un regate de futbito de Davor Suker y una voltereta de Fernando Couto. Aquellos estadios, aquellas tomas de televisión que hacían mejores a los futbolistas. Un fútbol de voleas, pintas de cerveza y dientes mellados. Siempre queremos regresar a casa. Éramos adolescentes, hemos cambiado mucho, pero la final vuelve a ser en Wembley y la reina de Inglaterra sigue allí.

 


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Fotografía de Imago.