Las finales de la Euro.


 

Hay dos tipos de balones que para cualquier futbolista, frustrado, como tú o como yo, triunfador, como Van Basten o Benzema, son un regalo de los dioses, una invitación a los cielos, un pase VIP a la eternidad. Se parecen. Son casi idénticos. Sus resultados, también. Los dos vienen precedidos habitualmente de las mismas jugadas, un envío pasado al área o a la frontal de esta, o un despeje de algún defensor que busca alejar el peligro pero acaba produciendo todavía más daño a su equipo.

Uno de ellos besa el suelo justo antes de que el empeine contacte con él. De repente, zas, el balón coge una velocidad diabólica si le pegas bien. Se te puede ir a Júpiter o a la escuadra. Y normalmente, seamos honestos, va en dirección hacia el otro planeta, acompañado del clásico: “es que era preciosa”. Como precioso es que este gesto tan futbolero se cuele en el diccionario con la expresión de a bote pronto, aunque un conocido mío, hasta los veintipico, estuviera convencido de que se decía a voz de pronto, incapaz de detectar la importancia del deporte en nuestro vocabulario.

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El otro nunca llega a impactar con la superficie del terreno de juego. Va a media altura. A una elevación que no te plantea rematar el balón con la cabeza. Alzas un poco la pierna. Calculas los tiempos. El juego de la gravedad haciendo caer el esférico. Y, de nuevo, zas, el balón vuelve a coger una rapidez supersónica si le pegas bien. Se te puede ir a Marte o reventar las telarañas. Y habitualmente, lo sabemos todos, va directo al globo vecino, junto con la mítica: “es que me venía perfecta”. Hay excepciones, claro, para que el balón viaje a la portería rival y marcar el gol de tus vidas. Las más evidentes: tener una técnica depurada, ser un goleador nato o la suerte de encontrarte con una chiripa que flipas.

Lo claro, lo evidente, es que aquella volea de Marco van Basten en el ya lejano 25 de junio de 1988, en la final de la Eurocopa disputada en Alemania ante la Unión Soviética, tuvo de todo menos potra. Porque lo claro, lo evidente, es que el ’12’ de la selección neerlandesa es uno de los arietes más dotados que ha visto nunca este deporte. Porque lo claro, lo evidente, es que el delantero del inolvidable Milan de Arrigo Sacchi nació única y exclusivamente para depositar un cuero redondo entre tres palos que dibujan un rectángulo. Y lo claro, lo evidente, es que a cualquiera de nosotros ese balón templado enviado por Arnold Mühren se nos hubiera ido como mínimo a Plutón, que antes era un planeta pero ahora ya ni eso.

 


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Fotografía de Imago.