Las finales de la Euro.


 

El segundo. El primero de los últimos. Del que nadie se acuerda. El que muere cuando ya estaba en la orilla. El que toca la victoria, la ve cerca, la palpa, pero acaba escurriéndosele de entre las manos incapaz de agarrarla y no soltarla. En el fútbol, en el deporte en general, quedar segundo es visto como una tragedia, el peor de todos los fracasos que uno podría escoger. Pero, ¿no es esta una actitud corrosiva frente al esfuerzo y a la competitividad?

En una charla con Ecos del balón, Axel Torres aseguraba que “perder es lo normal”. De hecho, así se titulaba la entrevista. Más claro, imposible. Lo raro, lo extraño, lo poco habitual, es llegar al final de temporada y celebrar un título. Las matemáticas lo demuestran. 19 de 20 equipos pierden la liga española cada mayo. En ese mismo mes, son 31 los clubes que no levantan la ‘Orejona’ y solo uno el que se proclama campeón de Europa. Mismas cifras regalan los Mundiales, pero estos cada cuatro veranos -o inviernos si la FIFA y Catar se meten de por medio-. En las Eurocopas, también de cuatro años en cuatro, ahora el número de perdedores está en 23. Antes fueron 16; un poco más allá en el tiempo, ocho; y estirando el chicle hasta los 60 y los 70, cuatro. Ganadores, en todos los casos, siempre uno. Solo uno.

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En el 84, la ganadora de la Eurocopa, qué privilegio, fue Francia. Fue Francia porque a un tipo de nombre Michel Platini se le ocurrió meter nueve goles en aquella edición, más que nadie en un solo torneo. Y también lo fue porque su entrenador, Michel Hidalgo, que hace un año se marchó de este mundo, hizo de aquel equipo un conjunto que jugaba al fútbol como los ángeles, con su habitual ‘Carré Magique’ (cuadrado mágico), como el de Luxemburgo, pero con final feliz, que es lo raro.

Y la segunda de esa Eurocopa, qué mérito, fue España. Fue España porque se cargó a Alemania Federal y Rumanía en fase de grupos y a Dinamarca en semifinales. Ni tan mal. Y también lo fue porque tenía un portero enorme, gigantesco, que fue decisivo para que la selección llegara hasta los últimos 90 minutos del torneo. Un portero que hacía no mucho había ganado dos ligas con el equipo de sus amores, su único amor, el de toda la vida. Y eso sí que es lo raro, no que a un porterazo se le cuele un balón por debajo de los brazos. A todos los guardametas les ha pasado. A todos. De pequeños, de jóvenes, de adultos. En pachangas, en partidos en la playa, en competiciones federadas o en el enfrentamiento que decide un campeonato. Lo que no todos los porteros pueden decir es aquello de que ganaron dos ligas con el equipo de la ciudad en la que nacieron. Y es lo más normal del mundo que no puedan ni soñarlo. Así que lo de ser segundo en la final de la Eurocopa de 1984 quizá vaya siendo hora de que todo el país lo vaya superando. Que ya van dos Eurocopas más en el palmarés. Suman tres. Y eso es tan raro que solo los alemanes pueden decirlo también.

 


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Fotografía de Imago.