Las finales de la Euro.


 

A mí Alemania me recuerda un poco, bueno, en realidad bastante, al clásico compañero de pupitre que todos, todos, tuvimos durante nuestra infancia y adolescencia en el colegio y el insti. Una especie de Son Goku acaparando, sobrado, las siete bolas de dragón. Sí, ese que podía presentar candidatura cada año para ser el delegado de clase y arrasaba en las votaciones al resto. Caía bien a todos, también a los profes, la mezcla perfecta para ser nuestro representante ante los mayores. Y aparte de ser buen tipo, su expediente académico era impoluto, perfecto, nada se le resistía, ninguna asignatura, el mejor en ciencias y en letras, en mates y en lengua, en física y en inglés. Tanto, que hasta daba un poco de rabia, no nos engañemos. Qué palo ver un sinfín de dieces juntos en un mismo papel. Y la cosa no acababa ahí. Porque en educación física aglutinaba todos los récords, el de velocidad, el de fuerza, el de resistencia, el que fuera. El mejor en fútbol, en básquet, en volley y en cualquier deporte que a los profesores se les ocurriera ponernos por delante. Vaya tío. Además, tenía vida más allá de los estudios. Sociable, amable, educado, nada conflictivo.

Creo que Alemania, en el fútbol, es un poco todo esto, el símil balompédico de aquel cabrón. Porque desde que la ‘Mannschaft’ empezó a petarlo, desde que el fútbol alemán vio que lo de Berna no solo era un milagro, sino una realidad, se convenció de que siempre estaría entre los mejores. Y siempre lo ha estado. No ha habido década en la que no haya ganado algún título, o pugnado por hacerlo. Llámese Mundial o Eurocopa, en cualquier asignatura opta a la matrícula de honor. Da igual el contexto y el estilo, si los nombres de sus futbolistas dan más o menos miedo, la vieja garra o la nueva exquisitez. Lo mismo que el tío ese con las ciencias y las letras, vamos. Y tampoco es una selección que, creo, caiga mal -aquí quizá peco de subjetividad-, pero no es el clásico ejemplo de la gente que te da palo que le vayan bien las cosas. Como el amigo de clase, una vez más.

Advertisement

DESCUBRE MÁS CONTENIDOS

En definitiva, el resumen de todo esto podría describirlo aquello que ocurrió el 30 de junio de 1996 en Wembley, en la final de la Euro del Football’s Coming Home. Para los checos, el examen más importante de sus vidas junto con el del 76. Para los alemanes, quizá solo un nuevo trámite hacia el éxito. Aunque la prueba se les complicara un poco más de lo previsto. Porque la primera pregunta les pilló a contrapié. No se esperaban ver a Karel Poborsky colándose por el vértice del área. Erró Matthias Sammer al ir al suelo tarde concediendo un penalti para la República Checa que Patrik Berger anotó a la hora de juego. El 0-1 ponía las cosas patas arriba. Pero los teutones, como esos compis de clase, siempre saben rehacerse de una pregunta molesta. La solución para la ‘Mannschaft’: sacar al mítico Oliver Bierhoff del banquillo, que seguro que de alguna manera consigue reconducir la respuesta a aquella pregunta y pasar a la siguiente con seguridad y firmeza. Cuatro minutos después de saltar él al campo, los alemanes ya tenían como mínimo el aprobado gracias a un portentoso remate suyo de cabeza. En el 5’ de la prórroga, la matrícula de honor. De nuevo gracias a Bierhoff, esta vez con la ayuda de las escurridizas manos de Petr Kouba. Un 10 para Alemania. Otro más. La tercera Eurocopa que se iba a Berlín. Y no quería mencionar a Lineker, pero como dice el inglés, en los exámenes somos 25 alumnos contra el profe y siempre gana Son Goku.

 


SUSCRÍBETE A LA REVISTA PANENKA


Fotografía de Imago.