EURO SIN CORTE – Vol.2 – Manual para fracasados


 

Yo la busco y no la encuentro / mi alegría de vivir. Ray Heredia

 

La vida puede ser maravillosa. Pero solo a ratos. Como beberse un granizado a sorbos en verano. El placer se entrega desmontado, por piezas. Nada que dure demasiado te puede hacer feliz, porque incluso la felicidad pesa cuando es abundante. Hay que buscarla, entonces, en los detalles, en los fragmentos, en las migajas. Quizá por esto la Eurocopa nos agrade tanto. Porque está acotada en un plazo corto de tiempo. Porque es un compendio de escenas sueltas y desordenadas que en ocasiones, gracias a un jugador, a un error, a una historia mínima y perfecta, brillan con luz propia.

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A Xherdan Shaqiri le gusta la Eurocopa más que a ti y a mí. Le encantan los torneos de selecciones, en general. Todos los que no duren más de un mes, para ser precisos. Como si la alegría en el suizo funcionara a fogonazos. Cada dos años un eslalon, una gol de tijera, un par de martillazos a Turquía, y ya. No conviene recrearse con el éxito, porque si lo manoseas mucho se embrutece y te mancha. Luego vienen las temporadas de los clubes, en las que Shaqiri se retira sigilosamente a hibernar, como un oso barrigudo escondiéndose en el corazón de la montaña. Ahí descansará hasta que alguien toque el cuerno anunciando que regresan las convocatorias de las selecciones, y entonces el atacante reaparecerá como nuevo, dispuesto a concederse uno de esos breves homenajes que dan sentido a su carrera. ¿Para qué exigirse más? César Aira solo escribe media hora al día. Un par de párrafos, dos tachones, como máximo mover una coma de sitio. No es un autor prolífico, pero sí es un autor constante y respetado. Hoy, a sus 72 años, ya tiene publicados más de un centenar de libros.

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Hay gente que cree que Gareth Bale no ha hecho más que cuatro o cinco jugadas buenas desde que debutó como profesional, pero como estas en realidad no solo fueron buenas, sino buenísimas, le han valido para cobrar y vivir como una estrella. No sé si esta gente está en lo cierto, si exagera, si da en el clavo o si ha perdido la cabeza. Yo lo único que sé es que a partir de ahora no serán cuatro o cinco jugadas, sino cinco o seis, porque en el pase que le dio a Ramsey para que marcara su primer gol en el torneo hay más fútbol que en las carreras del 80% de los jugadores profesionales.

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Que los encuentros duren solo 90 minutos es un mal rollo para Kevin De Bruyne. La felicidad se sirve en vasos pequeños, pero hay quien apuraría llenándolos hasta los bordes. El genial mediapunta belga compite como si el fútbol no fuera una cuestión de vida o muerte, sino mucho más. Salta al campo, explosiona, y ya no para hasta que lo obligan a meterse de nuevo en el vestuario. Si se dedicara a la música, De Bruyne sería uno de esos artistas que se cierran en el estudio y no lo abandonan hasta que tienen todo el álbum grabado. Dominar el éxtasis creativo, poder estirarlo a tu gusto, saber hacer de él un traje a medida, es el más extraordinario de los talentos.

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Lo mejor de la Eurocopa, lo más descacharrante, es que en ella nacen y mueren héroes todos los días. Si en el fútbol los acontecimientos ya se suceden a toda pastilla, en la Euro el ritmo se acelera todavía más, hasta el punto que cuesta llevar el control sobre lo que lo está de actualidad o lo que ya ha caducado. Por eso tiene tanto mérito que Italia encadene tres partidos excelentes, que Patrik Schick o Cristiano Ronaldo sigan celebrando goles como quien hila los versos de un poema, que Denzel Dumfries no afloje la marcha en la autopista holandesa. Sus casos rompen el guion establecido, congelan el tiempo, y ofrecen al aficionado un puñado de evidencias a las que aferrarse. Sorprenderse es bonito; saber de quién puedes fiarte, necesario.

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La vida puede ser maravillosa. Piensas algo así cuando la humilde selección húngara le marca un gol a la campeona del Mundo y todo un estadio de Budapest se vuelve a poner en pie para celebrarlo. Creíamos que ya nos habíamos acostumbrado a los goles sin público. Era mentira. Cómo íbamos a acostumbrarnos a tal cosa. Nosotros como Tony Soprano: las albóndigas, en su salsa o a los perros.

 


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Fotografía de Imago.