Los altercados ocurridos en Marsella, con el Inglaterra- Rusia como telón de fondo, acapararon la atención mediática internacional. Sorpresivamente para algunos, de nuevo los hooligans volvieron a hacer de las suyas. De nuevo el fútbol se vio desplazado de las portadas por la violencia. Más allá de los sempiternos seguidores ingleses, en esta ocasión el protagonismo fue monopolizado por sus homólogos rusos. Súbitamente algunos descubrieron que el fenómeno del vandalismo asociado al fútbol no tenía patente de exclusividad. ¿De donde salían esos rusos que osaban desafiar a los reputados aunque cada vez más decadentes hooligans ingleses?

El hooliganismo (khuliganstvo) no era nuevo en la historia de la Unión Soviética, aunque antes de los años 70 poco tenía que ver con el fútbol y mucho con el alcoholismo y los llamados “comportamientos desviados”. En 1953, la muerte del idolatrado padre de la patria, Iósif Stalin, supuso el ascenso al poder de Nikita Jruschov. El nuevo Primer Secretario del Partido Comunista de la Unión Soviética (PCUS) asumió el cargo en los primeros años de la Guerra Fría. Pese a su perfil aperturista, que precipitó su sustitución una década más tarde, durante su mandato llevó a cabo una campaña contra el hooliganismo que acarreó el encarcelamiento de millares de ciudadanos por cometer desde asaltos a mano armada hasta practicar sexo de “forma pervertida”. En la postguerra el khuliganstvo fue considerado un grave delito que sancionaba la falta de respeto hacia los valores de la sociedad soviética. Las penas impuestas iban desde los tres días de reclusión a los cinco años de internamiento en un gulag (en 1956 los confinados por hooliganismo en dichos campos de trabajo y corrección ascendían al 15,9 % mientras los reos por crímenes contrarrevolucionarios suponían un 11,3%). El hooliganismo se convirtió en una categoría delictiva de masas, no en vano en 1963 uno de cada veinticinco hombres de entre 18 y 40 años había sido condenado o detenido por vandalismo.

A pesar de compartir denominación, la cultura de grada rusa tiene sus orígenes en 1972, el mismo año en el que las selecciones de baloncesto de EEUU y la URSS se enfrentaron en la polémica final de los Juegos Olímpicos de Múnich. Por aquel entonces la Unión Soviética, liderada por Leonid Brézhnev, trataba de superar el colapso político y financiero derivado de la crisis iniciada dos años antes. Los desajustes provocados por la tentativa de reorientar su economía se añadieron a la esclerosis del aparato burocrático dirigente (la nomenklatura) y la tímida reestructuración de la oposición y la intelectualidad disidente. Un contexto que explica, en parte, la política de coexistencia y entendimiento con el gobierno norteamericano presidido por Richard Nixon. Y todo ello mientras se sucedían los combates en la Guerra de Vietnam.

En dicho contexto, se produjo el primer signo de eclosión del fenómeno de las hinchadas organizadas en la URSS cuando en 1972 un aficionado apareció en el estadio del Spartak de Moscú, el denominado “equipo del pueblo”, luciendo una bufanda con los colores del club. Así, un hecho anecdótico e irrelevante se convirtió en todo un símbolo para sus coetáneos. No obstante, aquellos hinchas pioneros se hallaban en las antípodas de los hooligans actuales. Eran unos cuarentones que lucían el pelo largo (poco que ver con los cabezas rapadas que pueblan los estadios en la actualidad) por ser un signo de desacato en aquellos tiempos, vestían tejanos remendados y trataban de emular todo aquello que llegaba a sus oídos procedente del oeste de Europa. A través de las publicaciones que caían en sus manos conocieron primero la música de los Beatles y, más tarde, la existencia de los hooligans.

A inicios de los 80 surgieron nuevos colectivos de hinchas radicales en ciudades como Kiev o Leningrado. Sin embargo, donde el movimiento alcanzó su mayor potencia fue en Moscú, con grupos de hasta 400 miembros

Pronto estos aficionados se organizaron en pequeños grupos para animar a sus equipos. Aquello no gustó a los oficiales de la agencia de seguridad de la URSS, la KGB, que consideraban antisoviético animar a un club de fútbol por encima de apoyar a la Madre patria. Por ello, a finales de la década de los 70 las autoridades emprendieron una estrategia represiva contra dichos hinchas, cuyos líderes llegaron a ser acusados de colaborar con la CIA. En aquellos años, el simple hecho de lucir un emblema de una hinchada era motivo suficiente para ser expulsado del estadio.

Moscú era el peor lugar para ser un seguidor radical. La policía de la capital se significó por hostigar con dureza a estos aficionados, conocidos por aquel entonces como bolyelshchiks (los enfermos de fútbol). Una presión que provocó que se organizaran los primeros desplazamientos. Fuera de Moscú el acoso policial era menor y así los hinchas podían animar a sus equipos sin temer represalias. El primer club de fans no reconocido oficialmente se gestó en 1979 en el seno de la hinchada del Spartak. Hartos de los ataques que recibían cuando viajaban por su condición de moscovitas, los seguidores krasno-belie decidieron aunar esfuerzos para plantar cara a los jóvenes de las provincias que visitaban. En aquellas lejanas localidades, a las que llegaban después de viajar en tren durante dos o tres días, los chicos de la capital eran el blanco predilecto.

Los actos de violencia no eran nada extraño en aquellos años en los que bandas barriales de diversas poblaciones se enfrentaban para preservar su dominio territorial. Aquellas peleas pactadas, precedentes de las actuales ustawkas, conocidas como Stenka na Stenku (muro a muro) consistían en dos líneas –o muros– de individuos que avanzaban frente a frente para colisionar. Con frecuencia, las mismas concluían con algún participante mutilado o muerto. Su origen se remontaba a la tradición medieval de juegos populares arraigada en pequeñas localidades eslavas de Rusia, Ucrania y Bielorrusia. En aquella época las disputas solían celebrarse coincidiendo con el martes de Carnaval. Para evitar su extensión, en el siglo XVII las autoridades emitieron un decreto que ordenaba que su realización debía comunicarse a las fuerzas del orden. Como las contemporáneas ustawkas, aquellas riñas contaban con sus propios códigos.

A pesar de que en los años 50 del siglo XX los dirigentes soviéticos trataron de prohibir las refriegas, debido a que muchos jóvenes que se incorporaban al Ejército llegaban magullados o heridos tras haber tomado parte en ellas, las Stenka na Stenku prosiguieron hasta la década de los 80. A inicios de la misma, surgieron nuevos colectivos de hinchas radicales en ciudades como Kiev o Leningrado. La extensión del fenómeno comportó el aumento del número de integrantes de los mismos. Los grupos de Fanats, término que adoptaron para definirse (tomado del vocablo fanatic), llegaron a movilizar entre 300 y 400 miembros en Moscú.

Sin embargo, el aislamiento que sufría la URSS impidió que estos adoptaran las tendencias existentes en el viejo continente. Esto cambió con la llegada al poder de Mijaíl Gorbachov en marzo de 1985, tan sólo dos meses antes de la tragedia de Heysel. El nuevo Secretario General del Comité Central del PCUS implementó reformas como la perestroika y la glásnost que favorecieron una mayor laxitud de las medidas de seguridad y la posibilidad de conocer la realidad de las gradas allende sus fronteras. Precisamente, al abrigo de la difusión de las imágenes de la tragedia ocurrida en el estadio belga, se empezaron a popularizar los cánticos en inglés y proliferaron los episodios de violencia en los estadios.

Sin ir más lejos, en 1987 cerca de 300 hinchas del Spartak se enfrentaron en el centro de Kiev a aficionados del Dinamo. Aquel episodio fue un punto de inflexión en la historia del vandalismo asociado al fútbol en la URSS. A pesar de que los encontronazos no eran ninguna novedad, dado que durante las tres décadas anteriores habían existido coincidiendo con los partidos de máxima rivalidad moscovita (episodios similares habían acontecido en otras repúblicas soviéticas como Letonia y Ucrania), lo cierto es que el incidente evidenció la magnitud del fenómeno. Fue entonces cuando este se extendió por todo el país provocando la concreción de nuevos grupos en la mayoría de clubes de la liga soviética. Los problemas se acentuaron aún más cuando estas hinchadas radicales empezaron a desplazarse con asiduidad.

En 1990, el año de la reunificación alemana como consecuencia de la caída del muro de Berlín y el desmoronamiento de la RDA, los radicales del Spartak de Moscú viajaron hasta Praga. En la capital checa, tras protagonizar altercados en el centro de la ciudad fueron apaleados por hooligans locales. Los moscovitas presentes juraron vengar aquella humillación, aunque para ello tuvieron que esperar hasta 1999 cuando ambos conjuntos volvieron a cruzarse en una eliminatoria de la Champions League.

El colapso de la Unión Soviética, oficializado con la firma del Tratado de Belavezha el 8 de diciembre de 1991, no sólo certificó el fin del mayor estado socialista del mundo sino también la desintegración del fútbol soviético tras la fuga de sus mayores talentos. Aquello, evidentemente, afectó a las hinchadas del país que vieron frenada de golpe su progresión. El declive del fenómeno, paralelo a la travesía del desierto del balompié ruso, prosiguió hasta que en 1994 el mismo resurgió una vez más gracias al empuje de las hinchadas moscovitas.