Lars Lagerbäck es ese tipo con el que llevas un montón de años cruzándote por la calle pero que jamás te has detenido a inspeccionarlo. A semejanza del repartidor de butano o del cartero del barrio, el suyo también es uno de esos rostros que te resultan tan familiares como insignificantes. Van y vienen, picotean un rato en tus ojos y se marchan. De repente, una tarde desapasionada de junio, enciendes la tele para no acabar haciendo algo peor, como bajar a correr al parque, y las gafas estilo ultrabásico de Lagerbäck vuelven a copar el centro de un primer plano. “Hostia, este me suena”, te dices, a la vez que te incorporas del sofá para ir a la cocina a por algo de comer, restándole importancia. Cada dos veranos, por las mismas fechas, él suele reaparecer. Y a ti ya te parece algo tan ordinario que ni te molestas en averiguar cuanto tiempo hace que se repite la misma escena.

Pues van unos cuantos años. 16, concretamente. Desde que en el verano del 2000, en Bélgica y Holanda, debutara en un gran torneo de selecciones acomodado en el banquillo de Suecia, Lagerbäck se ha convertido en un fijo del fútbol estival. Solo se ha perdido el último Mundial y la Eurocopa de 2012. Con esta que acaba de destaponarse en Francia, de hecho, se ha convertido en el técnico que más veces ha entrenado en una fase final de la Euro, sumando cuatro participaciones. Las tres primeras (2000, 2004 y 2008) se sucedieron en el calendario cuando él todavía hacía bailar la tiza sobre la pizarra sueca. Datos aplastantes, casi abrumadores, que, debido al poco cuajo mediático que siempre ha perseguido a Lagerbäck, seguro que habrán cogido a bastantes por sorpresa, incluyendo en ese saco a algunos de los estadísticos de la propia UEFA.

01LL1990Lagerbäck es el cuadro que alguien colgó en la pared del comedor de tu abuela hace muchísimos años, puede que siglos, y en el que tu no reparas porque directamente ya no lo ves, habiéndose convertido con el tiempo en una extensión más del mobiliario trivial que ocupa la casa. Aunque actualmente, aceptémoslo, empieza a atrapar (levemente) nuestra curiosidad. La gesta islandesa, única y extraña, tiene la culpa. Pues a la figura de su seleccionador se le atribuye gran parte del mérito en esta locura macabra que ha llevado al equipo de un país con poco más de 300.000 habitantes a colarse por primera vez en una competición internacional de renombre.  Islandia rozó el billete que le hubiera dado acceso a la Copa del Mundo de Brasil hace dos temporadas, pero la Croacia de Modric le barrió en la repesca. Lagerbäck, que por aquel entonces ya era su entrenador, ahora se toma el éxito con la calma que solo habita en aquellos seres que saben el frío que se pasa lejos de las portadas. “¿Un héroe? ¿Yo? Vamos hombre, ese es un privilegio que solo merece gente como Martin Luther King o Nelson Mandela”, dijo en una entrevista recientemente.

No creo que sean muchos los españoles que a día de hoy sean capaces de escribir correctamente el apellido Lagerbäck a la primera, con esos dos puntitos que se levantan sobre su segunda ‘a’ como si quisieran protegerla de la lluvia, o simplemente acariciarle el lomo. Un desconcierto que, en cierto modo, envuelve la propia carrera del protagonista. Como futbolista, no llegó a alcanzar ni siquiera la primera división sueca. Como entrenador, bautizó su trayectoria dirigiendo a varios conjuntos de suela diminuta como el Kilafors IL, el Arbrå BK o el Hudiksvalls ABK, hasta que en 1990 se le concedió la oportunidad de tomar las riendas del combinado sub-21 de Suecia. Allí duraría hasta 1995, cuando pasó a ser asistente de la absoluta, para más tarde dar un salto horizontal en el banco hasta la silla de seleccionador, que compartió durante las primeras campañas con su colega Tommy Söderberg. Su estancia al frente del staff sueco se acabaría en 2010, cuando no consiguió impulsar a Ibrahimovic y compañía hasta Sudáfrica, un Mundial que paradójicamente Lagerbäck no se perdería, pues lo afrontó tras ser nombrado a última hora como técnico de Nigeria. Al poco de tiempo de finalizar ese torneo, firmaría con los islandeses.

 

Que nadie dude que el seleccionador se marchará tal y como ha llegado, dejándose ver, pero procurando no hacer mucho ruido al cerrar la puerta

 

“Dicen que esto es un cuento de hadas. En algunos puntos pueden tener razón, pero en otros no. Porque lo que ha pasado hoy es el resultado de un trabajo global monstruoso. Este es el proyecto de una vida. Hay mucha gente que habla sobre mi papel, bromeando y diciendo que voy a ser hasta presidente del país en unos años, pero este éxito, ante todo, pertenece a un grupo amplio de personas, la mayor parte del cual lo forman futbolistas que son muy, muy buenos”. Esta fue la reflexión con la que Lagerbäck descuadró a la prensa justo después de que Islandia hubiera certificado su vuelo a Francia.

Futbolísticamente, el conjunto islandés es un calco del ideario minimalista que flota en la mente del  seleccionador que lo ha esculpido. Un equipo férreo y práctico, a partes iguales, que ha aprendido a contrarrestar la falta de individualidades juntando los codos y batallando como un bloque. En la fase de clasificación, Islandia (que le ganó tanto en la ida como en la vuelta a la defenestrada Holanda) solo encajó seis tantos pese a cruzarse con varios equipos que la superaban técnicamente.

Lagerbäck no les pide a sus pupilos que dominen todas las facetas del juego; solo les exige que manejen a la perfección los tres o cuatro conceptos básicos que se trabajan en los entrenamientos. Una manera de proceder, simple y llana, que recuerda a la de Dadina, la jefa de Jep Gambardella en La gran belleza. En una de las escenas de la película, Jep le pregunta a su superiora, que por otra parte también es una gran amiga suya, por los planes que tiene para esa noche, esperando que tal vez se decida a salir con él para charlar y tomar unas copas. Dadina, sin embargo, le responde que solo tiene previsto hacer dos cosas: una sopa y echar un polvo. La sencillez como única forma de supervivencia.

Nadie sabe cómo acabará el periplo de los nórdicos en la Eurocopa, pero lo que sí es seguro es que en julio su principal mentor abandonará el cargo. A partir de entonces, se quedará en el trono Heimir Hallgrímsson, su homónimo islandés, del que hablamos bastante en un reportaje del último número de la revista. Lagerbäck, por su parte, a sus casi 68 años, pondrá el punto y final a su etapa en los banquillos. “Mi problema es que nací hace demasiado tiempo. Tengo que asumir que ya no puedo rejuvenecer”, bromea. Que nadie dude que se marchará tal y cómo ha llegado, dejándose ver, pero procurando no hacer mucho ruido al cerrar la puerta.

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