Tenía cuatro años cuando un tren me golpeó a toda velocidad. Fue culpa mía porque me gustaba sacar la cabeza desde el andén para calcular cuándo iba a llegar. Aquella vez me despisté y recibí un impacto brutal en el brazo. Me llevaron directamente al hospital. El doctor quería amputármelo pero mi padre se negó. Tuve suerte, porque no sé que habría hecho sin ese brazo…

Desde luego, mi historia está ligada a Beveren, la ciudad que me dio un trabajo estable con 16 años -después de ser despedido en el primero que tuve por ir a jugar un torneo en Holanda- y donde pude debutar, a los 20, en la primera división belga con el club de la ciudad, el KSK Beveren.

Quién más y quién menos sabe que fui el mejor portero del mundo en 1987, pero son muy pocos los que habrían sido capaces de hacer lo que yo hice. No era como ahora. Yo jugaba en un club humilde, ni siquiera en la capital, trataba de formarme de noche y durante el día trabajaba en otro empleo. Hasta los 28 años, mi carrera fue prácticamente amateur. Pero unos años más tarde, había reemplazado a Sepp Maier en la portería del Bayern, y logré hacerme cargo de la meta de la selección nacional belga que durante tanto tiempo había defendido Christian Piot, el gran portero del Standard de Lieja de los 70. De hecho, fue Raymond Goethals el que me hizo debutar en la selección en 1976. Lo curioso es que dijo que no podría aguantar el nivel. Se equivocaba, ¿no es magnífico? Pero nada de aquello sucedió por casualidad. Toda mi vida, en cualquier club, en cualquier trabajo y en cualquier edad, me he esforzado para no ser un perdedor.

Mi primer gran torneo internacional fue la Eurocopa de 1980. Llegamos a la final de forma inesperada, eliminando a Italia, el anifitrión, en semifinales. Fue parecido a lo que logró Dinamarca en Suecia’92, un combinado que salió de la nada. La diferencia con los daneses es que nosotros, los belgas, jugábamos en nuestro país y apenas teníamos una referencia, un espejo en el que mirarnos. Bélgica no significaba nada a nivel internacional, no tenía ninguna trayectoria brillante en los grandes torneos. Goethals se había marchado poco después de hacerme debutar. Con él siempre era el mismo juego, las mismas convocatorias, aunque algunos jugadores estuvieran lesionados o fuera de forma. Solo se fijaba en el Brujas, el Standard de Lieja y el Anderlecht. No existía nada más.

Pero con Guy Thys, el seleccionador que lo sustituyó, las cosas fueron diferentes. Retomó el contacto con jugadores de Waregem, Amberes o Beveren. ¿Por qué? Porque quería modificar la mentalidad del grupo. En su primer partido, en septiembre del ’76, contra Islandia, vimos enseguida esa nueva dinámica con Gerets, Renquin e incluso Van Moer. Thys fue el padre de la selección belga. Él inició esa década increíble. Y aunque Alemania Federal acabó llevándose el título, logramos creer por primera vez en nuestras posibilidades como equipo.

Tras la Eurocopa, nos clasificamos para la Copa del Mundo de 1982 y superamos a Argentina, la vigente campeona, en el partido inaugural disputado en el Camp Nou. Aún recuerdo las noticias previas al duelo. Todos decían que yo iba a encajar como mínimo siete goles de Maradona, que acababa de fichar por el Barcelona. Trabajamos duro y, sobre todo, teníamos una idea clara de a lo que jugábamos. Básicamente fue gracias al talento de los jugadores. Habíamos aprendido a competir y estábamos preparados para encarar nuestro gran torneo: México’86. A aquel Mundial llegamos con un trabajo de más de siete años y con prácticamente el mismo grupo. Por eso siempre digo que aún es pronto para que la selección actual se gane el respeto que nosotros conseguimos.

Después de la fase de grupos, nos topamos con la URSS de Belanov y Blokhin en octavos. ¡Qué diferencia con la Rusia actual! Además de que no puede contar con el potencial ucraniano, su mentalidad también es diferente, el equipo es mucho más débil: cuando vi jugar a los rusos en el Mundial de Brasil, no podía creer lo que veían mis ojos… Luego llegó España, que había arrollado a Dinamarca. Todo el mundo pensaba que se lo pondríamos fácil. Tenían las gradas a su favor y ¡Pam!, les ganamos en los penaltis, parándole un lanzamiento a Eloy. Las semifinales fueron contra Argentina. Maradona acababa de hacer el gol de su vida ante Inglaterra pero yo no le temía. Incluso tuvimos las dos primeras ocasiones del partido, pero el árbitro se comió varios fueras de juego. Antes del encuentro, Maradona vino a mí y me dijo que quería que mis guantes para su hermanastro, que también era portero. Yo le respondí: “Está bien, pero a cambio quiero tu camiseta”. Al acabar el partido y terminarse nuestro sueño, medio equipo se lanzó hacia Diego para pedirle la zamarra. Se negó, claro, porque la prenda ya tenía dueño. Años más tarde me enteré de que jugó varios partidos de fútbol sala como portero y lo hizo con mis guantes.

México me marcó. En la vida, todos trabajamos para lograr el éxito. Y la sensación de ir acariciándolo gradualmente es brutal. Cuando regresamos a Bélgica, tras quedarnos a las puertas de la final, aquello fue una locura: en el aeropuerto, la gente gritaba mi nombre sin parar. Fuimos a la sede del gobierno de Bruselas, una mujer desde la calle nos mostró los pechos, luego nos reunimos con el Rey, las plazas estaban abarrotadas… ¡No me olvidaré nunca! ¡Eso es el respeto! Bélgica era reconocida y aquello fue bueno para la economía y la reputación del país. A nivel personal también fue la cúspide: me escogieron el mejor guardameta del torneo. Hice actuaciones memorables. Fui el mejor.

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En el Bayern logré títulos y ejercí prácticamente de segundo entrenador. Soy así. Siempre me he considerado un líder. Mandaba a mis compañeros en el terreno de juego. A veces me paraban los pies entre tanto grito, claro, pero la mayoría de veces ocurría lo contrario. “¡Ey! ¡Háblanos”, me pedían. Mi esposa fue la que me convenció para fichar por el club alemán. Yo era feliz en Beveren: tenía mi trabajo en un banco, me divertía jugando a fútbol y cuidaba de mi familia. En el Bayern, era todo diferente: aviones, viajes, cuidados, presión… En la oficina de Uli Hoeness, negociando mi fichaje, de repente Carmen tomó la palabra: “Este es el momento más importante de tu carrera. No puedes faltarle el respeto a un club que ha venido a buscarte hasta Beveren. ¡Debes firmar el contrato!”. Los periódicos publicaron que no duraría ni tres meses. ¡Y estuve seis años! Es bastante simple convertirse en el número uno en un club pequeño, pero hacerlo en un gran club como el Bayern es otra cosa… Solo se nos resistió la Copa de Europa. En los partidos contra el Real Madrid saltaban chispas. Con Hugo Sánchez podía pasar cualquier cosa, en los saques de córner aprovechaba para darme golpes. Por suerte Butragueño era un caballero y trataba de calmar los ánimos. Pero en el terreno de juego cada uno defendía a su club y a su país. Cuando quieres llegar a la cima, no se puede tener la mentalidad de un perdedor, algo que yo odiaba. Aunque paré aquel penalti a Eloy en México y hubo incidentes contra el Real Madrid, la verdad es que puedo veranear en España sin problemas, ¿eh? La gente me tiene un gran respeto. Todavía puedo llamar a Butragueño. El deporte es hermoso porque es competitivo, pero si se trabaja bien te puedes ganar el respeto inquebrantable de los demás. Siempre he mirado a los ojos a las personas. Los rumores acerca de mi supuesta homosexualidad debido a mi pelo rizado, fueron a la espalda. Nadie me lo dijo a la cara.

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La final contra el Oporto tampoco se me olvida. Madjer era rápido, intuitivo… y acabó decantando el partido con un taconazo increíble. Después del partido hablé con los jefes del Bayern para que lo ficharan. En circunstancias normales debería haber sido así. ¡Aunque también podríamos no haber perdido esa final! En fin, supongo que prefiero quedarme con los buenos momentos vividos. Y mirar hacia el futuro, es decir a nuestra selección. Con el talento que atesoran, si esta Bélgica no queda entre las cuatro primeras de la Eurocopa, los futbolistas ya se pueden buscar otro curro… Eso sí, ¡dudo que ganen el mismo dinero! En serio, cuando ves dónde están jugando, en las mejores ligas del mundo, deberían competir para estar en la final. Tienen la ventaja de no disputar la liga belga. En mi época, al principio todos jugábamos para el Standard, el Anderlecht, el Brujas, el Beveren… Luchábamos entre nosotros el fin de semana con nuestros clubes y luego nos juntábamos en la selección. Ahora todo es distinto. Yo me retiré en 1991, ganando 75 euros al mes y 100 euros por punto logrado. Y todo sin coche, ni teléfono, ni apartamento, ni lujos. Ahora, sin ser un gran jugador, ganas millones. Pero me alegro por ellos. Mi padre murió cuando yo tenía 12 años. Éramos diez hermanos en casa y yo iba a la calle a cantar canciones y conseguir dinero porque pasábamos frío. Poder ganarme la vida con el fútbol fue fantástico. Estoy seguro de que los internacionales belgas, hoy en día, lo sienten también así. Pero es un placer diferente, un placer patrocinado.

Bélgica es número 1 en el ranking FIFA y Wilmots tiene un gran equipo. Con poner a los mejores podría bastar pero es formidable cómo ha logrado estimular la competitividad entre titulares y suplentes. No hay ningún secreto, es talento. Y cuando se tiene una buena fuente de inspiración, es más fácil progresar. La portería es el mejor ejemplo: pasó Piot, pasé yo, pasó Preud’homme… Courtois y Mignolet tienen hoy figuras con las que identificarse. Aunque ya me perdonarán, pero Neuer es el mejor portero del mundo.