Enterrado el verano, no queda otra que agarrarse con las uñas a las pocas alegrías que ofrece el inicio de curso. Entre ellas, el regreso de tu equipo.
El negocio del fútbol es insaciable. Cada vez hay más partidos, más torneos, más eliminatorias, más finales. Cada vez hay menos opciones de ser felices extrañando aquello que nos importa.
Hay que fijarse en el fútbol de Dembélé como quien asiste al desprendimiento de un glaciar o contempla la galopada de un unicornio. Nada tiene mucho sentido, y por eso cautiva.
Los aficionados al fútbol tenemos taras, manías, carencias. Pero, sobre todo, tenemos una duda: ¿cómo es posible que alguien no se emocione con aquello que a nosotros nos vuelve locos?
En Buenos Aires hay una placa que recuerda los partidos que el Papa Francisco jugó en la calle cuando aún era un niño. Esa inscripción demuestra que, antes de la fe, está el fútbol.
Mayo de 2004. La Liga apura su calendario. Eto'o, 23 años, delantero del Mallorca, salta al césped del Bernabéu, un estadio que un día ansió conquistar como local. El resto es historia.