No se llama Haaland. Ni Mbappé. Ni Lamine. Pero cuatro partidos en un Mundial le han bastado para conseguir aquello que solo parece reservado a unos pocos elegidos.
Nueve goles. Y pudieron ser más. Hay una forma de distinguir las mejores noches de tu vida: son las que siempre te parece que terminan demasiado pronto.
Un exjugador atípico, una amistad forjada gracias al fútbol, un viaje para sanar heridas. Charlamos con Ilie Oleart, el autor del segundo libro que publicamos con La Media Inglesa: 'Dieciséis minutos'.
Lo que emociona es eso: el gesto de no mirar el césped, como si el fútbol fuera muchas cosas antes que un juego, comenzando por una excusa deliciosa para juntarte con tu gente.
Todos los niños del colegio le poníamos pasión, pero ninguno podía imitarlo. Al mejor se le identificaba rápido: era uno solo y, en cuanto comenzábamos a jugar, el balón se le pegaba al pie como una calcomanía.
Por qué logra emocionarnos Pedri, si no es un prodigio físico o una máquina de hacer goles, es una pregunta para la que aún no sabemos si tendremos respuesta.