Un gol en el último minuto, cuando se traduce en una victoria, es una obra maestra, impoluta, exacta, redonda, perfecta; jamás el fútbol hiló tan fino en su afán por construir belleza. Un gol en el último minuto, cuando da el triunfo a los tuyos, es un invento de la hostia. Un gol en el último minuto, cuando te permite superar una eliminatoria, es una subida de sueldo, un bombón en la despensa, una playa paradisíaca, un orgasmo, un colocón. Un gol en el último minuto es un cenicero por el suelo, un abrazo torpe y desenfrenado, un puñetazo en la mesa, varios gritos en el patio de luces. Un jaleo de tres pares de narices. Un gol en el último minuto es una sorpresa, la constatación de que el cosmos actúa con diligencia y sentido de la justicia, en todas partes menos en un terreno de juego, donde el destino es un vaso de cristal en manos de un niño travieso con muchas ganas de llamar la atención de sus padres. Un gol en el último minuto es una alteración de la normalidad. Un sobresalto. Un fallo en el sistema. Un disparo al aire. Un gol en el último minuto es una bomba de oxígeno, o al menos eso fue el que marcó Gabriel Martinelli para salvar a Brasil del descarrilamiento ante los japoneses, después de una primera parte tediosa en la que los de Ancelotti bordearon el abismo y estuvieron a punto de borrarle la sonrisa al mismísimo Ronaldinho en la grada. Un gol en el último minuto es una joya, una rareza, un anécdota cojonuda, una historia que contar a los que se la perdieron. Un gol en el último minuto es, sobre todo, eso: un recuerdo para toda la vida.
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Fotografía de Getty Images.


