Anoche en Leipzig no fuimos once contra once. Fuimos todo Vallecas contra el mundo. Y ganamos. Aunque el marcador dijera otra cosa. Tampoco estoy seguro: tenía los ojos demasiado llenos para leerlo bien.
Éramos once mil.
Del Cerro a Nueva Numancia. De Almonacid a Pablo Neruda. De Payaso Fofó al mundo.
Ahí estábamos muchos de los que crecimos dando patadas a un balón en la plaza vieja y subiendo la Avenida de la Albufera a las doce del mediodía con las manos oliendo todavía a pincho moruno. También estábamos los que hace treinta, cuarenta o cincuenta años soñábamos con llegar a Primera y que ahora, de repente, nos veíamos en una final europea. Los mismos con los que tomas una cerveza en el mercado antes del partido o te cruzas comprando el pan cualquier martes por la mañana.
Desde que acabó el partido de Estrasburgo no pude pensar en otra cosa que en Leipzig. Quince partidos después, el sueño se había convertido en realidad. Vi películas que no recordaré. Dejé libros a medias. Contesté mensajes sin saber muy bien qué estaba respondiendo. Puse mi vida en modo salvapantallas durante dos semanas. Olvidé por completo, durante días enteros, el resto de cosas que podían tener interés. Y lo hice sin el más mínimo atisbo de culpabilidad.
“El simpático Rayito muto en el puto Rayo. Un equipo con una franja que pesa más que cualquier estrella. Ya no nos miran con condescendencia. Nos miran con respeto. Y eso, joder, vale más que cualquier trofeo”
Una mañana, mientras la llevaba al colegio, Irya me miró de reojo y me preguntó:
-Papá, ¿estás enfadado?
-No, hija. Es que estoy en piloto automático. Ya estoy en Leipzig, aunque todavía estemos en Madrid.
Once tíos corriendo detrás de un balón…¡ja!
Que se lo crean otros.
Aquí había algo mucho más grande.
Esta Conference ha cambiado para siempre la forma en la que nos miran. El simpático Rayito muto en el puto Rayo. Ese equipo incómodo, de los que te aprietan y corren como si les debieran dinero. Un equipo con una franja que pesa más que cualquier estrella. Ya no nos miran con condescendencia. Nos miran con respeto. A veces incluso con esa incomodidad reservada para los rivales que nadie quiere delante. Y eso, joder, vale más que cualquier trofeo.
En Leipzig la ciudad se tiñó de rojo.
Los tranvías iban llenos de bufandas con franja. En las terrazas del centro se mezclaban alemanes que no entendían nada con vallecanos cantando igual que en la puerta de La Frasca. Había rayistas en cada esquina, en cada plaza, en cada bar. Y entre toda aquella marea roja aparecían escenas que parecían sacadas de un tiempo que ya no existe y que, sin embargo, seguía latiendo: aquellos padres que hace veinticinco años llevaron a sus hijos a Burdeos, con la bufanda mal anudada y la ilusión desbordada, ahora eran ellos los que acompañaban a sus propios hijos. El tiempo, caprichoso y justo a la vez, había cerrado el círculo con una precisión que ni los mejores guionistas se atreven a escribir.
La noche antes del partido, en el hotel, Irya estaba tumbada en la cama viendo Bluey doblado al alemán y me preguntó:
-Papá, ¿y si perdemos mañana?
-Da igual, hija. Ya hemos ganado.
Ella se quedó callada unos segundos y luego dijo:
-Pues yo quiero que ganemos igual. Para que la historia quede más bonita.
Y allí estábamos nosotros.
Los mismos que hace treinta años hacíamos porterías con dos árboles y una pared de cemento. Los mismos que subíamos las escaleras del bloque oliendo a cocina de madre y queríamos ser Cota, ser Míchel, ser alguien en aquel Rayo que parecía condenado a pelear siempre contra todo.
El estadio rugía dispuesto a tragarse la noche entera. Hubo un momento, ya en la segunda parte, en el que miré alrededor y vi a once mil vallecanos cantando a pleno pulmón en una final europea. Entonces entendí que aquello ya no podía salir mal del todo. No después de todo lo vivido.
El partido se jugó. Hubo un gol, nervios, abrazos, lágrimas y ese nudo en el estómago que solo entiende quien es del Rayo. Pero el verdadero partido no fue dentro del campo. Fue todo lo que ocurrió alrededor. Fue la cola de las seis de la mañana. Los vuelos retrasados. Los trenes nocturnos. Los favores para cambiar turnos en el trabajo. Los créditos para pagar hoteles imposibles. Los días pedidos en el curro para cumplir un sueño. El juntarse para pagar el viaje a un socio de ochenta años porque había sido estafado a unos días de la final. Vallecanos plantando una bufanda en Alemania. Una bandera en la luna.
Cuando pitó el final, daba igual lo que dijera el marcador.
Ya habíamos ganado mucho antes.
Porque el premio nunca fue la copa.
El premio fue el viaje.
El premio fuimos nosotros. Once mil personas descubriendo que, durante unos meses, el fútbol podía parecerse muchísimo a la felicidad.
Daba igual lo que dijera el marcador. Ya habíamos ganado mucho antes. Porque el premio nunca fue la copa. El premio fue el viaje. El premio fuimos nosotros. Once mil personas descubriendo que el fútbol podía parecerse muchísimo a la felicidad
Y sé que cuando estemos tristes, nuestras mentes volarán de regreso a Atenas para recordar el gol de Isi, a Samsunspor para abrazarnos con Álvaro y a Balliu o a Estrasburgo para cantar La vida pirata entre el humo rojo de las bengalas. Esos momentos ya son nuestros para siempre.
Volvimos a casa con la garganta rota y el corazón lleno.
Irya dormía en el tren con la bufanda todavía puesta. La miré y pensé en el niño que fui, saliendo de casa con cinco duros para jugar al Double Dragon mientras mis vecinos se tomaban un café antes de ir al campo. Pensé en mi padre, en mis abuelos y en toda la gente que ya no está y que se merecía haber visto esto.
El círculo se había cerrado.
El Rayo no se elige. El Rayo te posee. Se te clava en el pecho cuando todavía no sabes qué es el amor y ya no quieres sacarlo de dentro.
Y a nosotros nos pasó de la mejor manera posible: juntos.
Desde Almonacid hasta Leipzig.
Desde la tierra de las porterías imaginarias hasta una final europea.
Este ha sido el viaje de nuestras vidas.
Irya seguía dormida mientras el tren avanzaba.
Y por primera vez entendí que algunos viajes no terminan nunca.
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Fotografía de Getty Images.









