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Evasión o victoria: un empate que sabe como un triunfo

En 'Evasión o victoria', el fútbol no salva vidas, no acaba con la guerra, no derriba muros, pero refuerza algo básico, la identidad. Durante noventa minutos, esos hombres no son prisioneros, son un equipo

evasión

Hay partidos que no se juegan para ganar. A veces, se disputan para demostrar algo todavía más valioso. En un estadio parisino, once prisioneros de guerra saltan al campo sabiendo que el resultado no es su objetivo principal. Frente a ellos están los alemanes, un equipo implacable comandado por los nazis. Pero en el césped, un balón rueda durante noventa minutos, una pequeña ilusión de normalidad. Una vez que la pelota empieza a moverse, lo que ocurre ahí dentro es lo único que suspende el orden natural de las cosas. El fútbol, con su engañosa simplicidad, ofrece una tregua mínima, once contra once, dos porterías, dos redes y una ilusión.

Seguro que, a los amantes del fútbol y el cine, la escena narrada en el anterior párrafo os sonará. Evasión o victoria es una película basada en hechos reales que dio origen a uno de los films más simbólicos realizados sobre el balompié, con una conmovedora secuencia final que es capaz de poner en pie a todo el mundo.

La historia transcurre en un campo de prisioneros durante la Segunda Guerra Mundial. Un grupo de soldados aliados, cautivos, de los cuales varios exfutbolistas, aceptan jugar un partido contra un equipo formado por oficiales nazis. Este encuentro, organizado como un acto de propaganda en el que se pretende demostrar la superioridad y disciplina de los segundos, refuerza el poder simbólico del deporte. Para los prisioneros, el fútbol abre un paréntesis, durante un rato no son presidiarios, sino jugadores.

 

La ficción del fútbol es muy sencilla: mientras que la pelota rueda, todos aceptan las mismas reglas. Pero en la película, esa igualdad tan frágil se convierte en una forma de resistencia

 

A medida que se acerca el partido, el balón comienza a pesar más que cualquier plan de fuga. Jugar bien, competir de verdad, resistirse a convertirse en víctima forman una manera silenciosa de oposición. El marcador importa, sí, pero solo como una excusa. Porque lo que realmente está en juego no es el resultado, sino la posibilidad de mirar a los ojos a la autoridad sin bajar la cabeza.

La ficción del fútbol es muy sencilla: mientras que la pelota rueda, todos aceptan las mismas reglas. Pero en la película, esa igualdad tan frágil se convierte en una forma de resistencia. Aceptar el partido es aceptar el juego, pero jugar de verdad significa hacer algo más incómodo, competir sin sumisión.

Los prisioneros podrían haberse dejado ganar por sus captores, eso hubiera sido lo más prudente y lo que todos esperaban de ellos. Pero el fútbol nunca ha sido un territorio dócil cuando el orgullo está en juego. Así que los prisioneros deciden competir y lo hacen muy bien; tocan el balón, se desmarcan, se ofrecen, buscan la espalda a los defensores y, en definitiva, asumen riesgos.

A medida que el partido avanza, el marcador es menos significativo. Cada gol alemán fortalece el guion previsto y el equipo de prisioneros cada vez se ve obligado a responder con más fuerza. El público comienza a sentirse  muy incómodo.

 

Es significativo que la escena que ha quedado en el recuerdo sea la del partido y no la de la fuga de esos hombres. Aquí el fútbol es un refugio emocional y también un idioma común

 

Un empate en el último momento es algo que en la historia se repite muy de vez en cuando. Aunque hay empates que saben a derrota y otros, a victoria moral. El empate que se da en la película se inscribe en la segunda clasificación. Empatar no significa perder, también puede ser una demostración de igualdad. Es competir sin bajarse del ring, no aceptar un papel que el otro ya ha impuesto.

En Evasión o victoria, el fútbol no salva vidas, no acaba con la guerra, no derriba muros, pero refuerza algo básico, la identidad. Durante noventa minutos, esos hombres no son simples números de identificación como prisioneros, son un equipo, y eso ya es una victoria en sí misma.

Es significativo que la escena que ha quedado en el recuerdo sea la del partido y no la de la fuga de esos hombres. Aquí el fútbol es un refugio emocional y también un idioma común. A menudo, en los campos de concentración, en las cárceles, el fútbol ha servido para un digno propósito, recordar al jugador que todavía es alguien.

A veces, ganar no es salir del estadio bajo ovaciones. A veces, ganar es simplemente jugar sin esconder la cabeza. Aunque en Evasión o victoria no haya ganador en el marcador, una cosa queda muy clara: mientras la pelota ruede y se juegue con la mirada alta, este deporte seguirá siendo un lugar para restablecer la dignidad.