Repantingado en el sillón, expectante por la inminente remontada escocesa frente a Dinamarca en Glasgow, pensaba en la épica que destilaría un gol en el último momento de Scott McTominay para terminar de encumbrarlo como el nuevo William Wallace —el líder militar que acaudilló a los escoceses frente a los ingleses— después de su título de Serie A con el Napoli y el acrobático tanto de chilena con el que había adelantado a su equipo en un partido internacional de vida o muerte.
Para sorpresa de todos, el autor del tanto que devolvió a Escocia a un Mundial de fútbol por primera vez desde 1998 fue Kieran Tierney, un polivalente jugador que dejó al Arsenal de Londres para enfundarse, nuevamente, en los colores del Celtic, el club al que siguió desde niño tras haberse mudado a Wishaw, en la periferia de Glasgow, desde la Isla de Man. El exótico lugar de nacimiento de Tierney es una dependencia autónoma de la Corona Británica, paraíso fiscal, sede de la carrera de motos más peligrosa del mundo y otrora asentamiento vikingo en medio del mar de Irlanda, con vistas a Inglaterra, Escocia e Irlanda y por el que pasaron guerreros invasores, misioneros y nobles.
Tierney se vistió de héroe tras marcar el gol que necesitaba su país de adopción con un elegante remate en rosca desde la frontal, que encima subvirtió el tópico del escocés silvestre. Con ello, permitió que Escocia, el territorio de los grandes rebeldes británicos, se impusiera a Dinamarca, el origen por excelencia de las expediciones vikingas.
Tierney se vistió de héroe tras marcar el gol que necesitaba su país de adopción con un elegante remate en rosca desde la frontal, que encima subvirtió el tópico del escocés silvestre
De acá, como mínimo, lo normal es que surja alguna novela histórica a la usanza de Walter Scott, cuyo título sea El manés que abanderó al ejército de Escocia frente a la invasión vikinga. O, por lo menos, derive en una suerte de relato musical como el que articuló la banda indie catalana Els Amics de les Arts, con su homenaje a la tradición oral del mítico bar de Edimburgo Royal Oak mediante la canción Tots els homes d’Escòcia.
Lo ocurrido en Glasgow demuestra por enésima vez que el fútbol, pese a todo el ruido ensordecedor de fondo, se empeña en transpirar historias por los poros. Para estar a la altura, no solo hay que prestar la suficiente atención, sino desarrollar un poco de esa sensibilidad que le permitió a los pueblos gaélicos convertirse en los grandes fabuladores de su tiempo.
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Fotografía de Getty Images.


