La mascota del Mundial de España se ha convertido en uno de los iconos más recordados de los 80. Pero poco o nada se conoce sobre los diseños que casi le arrebatan el trono. Seguimos la pista de los padres de Brindis y Toribalón, segundo y tercer premio en la votación que cambió para siempre nuestra relación con las naranjas.


 

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Naranjito fue la primera mascota no humana de un Mundial desde la primera mascota de un Mundial. Y es que la apuesta animalista por Willie, el león que despertó del letargo a la inventora de este deporte, no tuvo continuidad en las ediciones posteriores a Inglaterra’66, donde se asomaron graciosos chavales como Juanito (México’70), los hermanos Tip y Tap (Alemania’74) o Gauchito (Argentina’78).

Tuvo que ser España el primer país en romper esta dinámica. Tras un concurso con 600 aspirantes presentados por más de 200 agencias de publicidad, el 29 de mayo de 1979 el jurado y comité organizador de la RFEF daba su veredicto: una naranja paticorta ejercería de cicerone en la primera Copa del Mundo celebrada en nuestro país.

Los ‘padres’ de Naranjito eran andaluces. Dos creativos, José María Martín Pacheco y María Dolores Salto, que se embolsaron un millón de pesetas y vieron cómo su agencia, Publicidad Bellido, empezó a triunfar como la Coca-Cola. El ministro de Agricultura de la época, Jaime Lamo de Espinosa, fue el primero en celebrar el fallo. También fue el único. Al rechoncho cítrico lo exprimieron a críticas. Y releyendo algunas de ellas, uno se da cuenta que muchos de los que repudiaron el entrañable fruto hubieran preferido a los dos símbolos que quedaron por detrás en las votaciones: Brindis, un torero precoz, con su capote y montera; y Toribalón, un morlaco risueño con el torso en forma de pelota. Pero, ¿quiénes fueron sus autores? ¿Dónde están sus maquetas? Y, sobre todo, ¿cómo les fue después?

GABERNET, BOLÍGRAFOS Y POLICÍA

El pequeño Brindis nació de la mente del publicista catalán Enrique Gabernet, cuya agencia, Gabernet Publicidad, creó en la Barcelona de 1933. Desde la Segunda República y hasta bien entrada la democracia, su imponente cartel estuvo colgado en la calle Pelayo esquina Ramblas, en el centro de la capital catalana, punto de fusión durante varias décadas de intelectuales, periodistas e incipiente burguesía. Hoy, sin embargo, la única referencia visible al apellido Gabernet se encuentra en la localidad de Sant Andreu de Llavaneras. Concretamente, en una placa de agradecimiento incrustada en la entrada de la comisaría de este pequeño pueblo costero.

Pero vayamos por partes. Enrique Gabernet fue un chico huérfano desde los diez años que para sobrevivir tuvo que hacer prácticamente de todo. De todo, eso sí, relacionado con las artes escénicas y el espectáculo: “teatro, ventriloquia, incluso trabajó en un circo”, recupera un familiar cercano. No fue hasta bien entrada la treintena y dado que en su juventud se había empapado de creatividad, que fundó su propia agencia publicitaria. “Tenía un gran don de gentes y era exquisito en el trato, empezó a relacionarse”, añade la misma fuente, quien atribuye a ‘Don Enrique’ el mérito de haberse hecho “a sí mismo” en unos tiempos donde escaseaban las oportunidades. Desde luego, la figura de Gabernet empezó a ser respetada dentro del sector y no tardó en convertirse en uno de los grandes pioneros -por técnicas y clientes- de la publicidad barcelonesa. “Tenía amplios conocimientos y una gran curiosidad cultural”, le definió una vez La Vanguardia, donde tenía buenos amigos dada la proximidad de su oficina con la redacción del histórico periódico catalán.

“Más que un creativo, era un artista”, agrega el mismo pariente.

Los encargos no tardaron en llegar, las cosas empezaron a ir bien y, antes del estallido de la Guerra Civil, ya era habitual verle conducir un Ford T por la ciudad, vehículo que, por cierto, le acabaría robando el mismísimo Enrique Líster, el asesino de anarquistas que luchó en la resistencia republicana de Barcelona. “Es una anécdota que siempre contaba. Aunque también incidía en que, cuando la policía encontró el coche e identificó al autor, él no quiso enviarlo a la cárcel”, revela otra voz de la familia.

Captura de pantalla 2017-06-13 a les 15.44.37Gabernet Publicidad se asentó en el mercado con la dictadura. Durante la década de los 40 experimentó con la placa de linterna (un antecedente de la diapositiva), realizando creatividades propagandísticas para la sección femenina de la Falange Española Tradicionalista y de las JONS. También inició una duradera relación con la marca de insecticidas Orion, compañía que aún hoy sigue en buena forma. Y en los 50 llegaron los primeros clientes internacionales, todos de Francia: Bardinet, cuyo producto estrella era el ron Negrita. Legraine y su popular gel Moussel. Y el gran pelotazo: BIC, la revolución de los bolígrafos, empresa que acabaría siendo para Enrique Gabernet lo que Lucky Strike significó para Sterling Cooper en Mad Men. Un gran músculo financiero y una fuente de anuncios impresos y televisivos.

El acento galo de sus clientes no llegó por casualidad. Le ayudó a consolidarse en el país vecino el haber creado, en 1954, la revista Distinción, de la que ejerció de editor y director artístico. Aquella era una publicación trimestral rompedora: 124 páginas de papel couché con contenidos extremadamente elitistas. Cuatro números al año, con reportajes internacionales sobre exposiciones, moda y arte que le valieron el acercamiento definitivo a la alta sociedad catalana… y francesa. Tanto fue así que, en 1970, recibió del gobierno galo la Cruz de Caballero de la Orden de las Artes y las Letras por su trayectoria profesional y gran sensibilidad. El cónsul francés que le condecoró en Barcelona se re rió a la cabecera como “un maravilloso instrumento de acercamiento franco-español”.

Aunque no era un apasionado de los deportes –“el fútbol no le interesaba y los toros, no mucho más”, rememora su familia-, decidió participar en el concurso para crear a la mascota que daría la bienvenida a la primera Copa del Mundo de nuestro país. Brindis, salta a la vista, era una apuesta conservadora, que unía folclore, juventud y mundo taurino. Pero lo que pocos saben es que fue su hijo el que presentó al niño torero en Madrid, pues por aquel entonces el estado de salud de Enrique ya era delicado. Tal fue la gravedad de su enfermedad que el 13 de marzo de 1979, dos meses antes de la elección de Naranjito, falleció en Barcelona a la edad de 78 años. Nunca llegó a saber si su propuesta acabó siendo la escogida.

Jorge Gabernet Ahicart, el único vástago de la familia, acabaría tomando las riendas de la empresa y recogiendo las 250.000 pesetas del segundo premio. Pero el primero en la línea sucesora del negocio “ni era creativo, ni tenía don de gentes, ni tenía contactos”, recuerda otro emparentado con el fundador de la agencia. Pasaron algunos años, más bien pocos, antes de que el nuevo dueño vendiera la compañía a un familiar de Roger Laforest, la mano derecha de Marcel Bich y promotor de sus bolígrafos por el mundo. Con aquel traspaso, se perdía prácticamente toda la obra de Gabernet Publicidad.

Jorge, abogado de profesión, capitán de barco y, al contrario que su padre, poco amante de la sociabilidad, se fue a vivir a Sant Andreu de Llavaneras, donde “se abandonó” entre libros, otra de sus grandes pasiones. Ahí murió sin mujer ni hijos en 2001. La sorpresa llegó cuando la familia descubrió, siete años después de su muerte, que Gabernet hijo había dejado toda su fortuna en un banco de Barcelona y que, según un testamento redactado el 1998, ésta iba destinada en su totalidad a las arcas del ayuntamiento de la localidad costera.

Con el dinero de la venta de la agencia que creó a Brindis, la mascota que se quedó a las puertas de batir a Naranjito, el alcalde de Sant Andreu de Llavaneras mandó construir una comisaría. En total fueron 620.000 euros los que el hijo del prestigioso publicista negó a su hermana y sobrinos. El cisma familiar, como supondrán, fue considerable. Desde entonces, la primera y casi única referencia del apellido Gabernet descansa en las páginas de sucesos y en una dependencia policial.

LAPERAL, CARTELES Y PALESTINA

Aunque algunas crónicas de la época atribuyen su creación a la agencia madrileña Legio Séptima, lo cierto es que el padre de Toribalón tiene nombre y apellido: el de Pedro María Laperal, uno de los mejores cartelistas que ha habido en España. “Trabajó en esa agencia, sí, pero la mascota mundialista, la realizó por libre, como era él”, explica su hija Ana María, que perdió a su padre a finales de 2013. En efecto, Laperal siempre fue un alma libre e inquieta. Un ilustrador freelance cuando el primer término no iba asociado al arte ni el segundo a la precariedad. Acabaría por prestigiar ambos conceptos.

Aunque estudió Magisterio y Bellas Artes en su Zamora natal, fue en Madrid donde desarrolló la mayor parte de su obra. No fue este un trasvase geográfico al uso. Entre medias, pasó una etapa en Barcelona en la que cultivó la pintura. Eran los 50 y, como recuerda el escultor Higinio Vázquez, no todo fue de color de rosa en la ciudad catalana: “No tuvo ayudas, trabajó en el metro de noche pintando los anuncios en el andén y superó una tuberculosis. ¡Pero qué cabeza tenía para el diseño!”. Eran amigos desde la infancia.

Captura de pantalla 2017-06-13 a les 15.49.12Recuperado de su enfermedad, y con una vuelta efímera a Zamora donde combinó el trabajo de maestro con las primeras incursiones en el diseño de carteles, la capital de España le abrió las puertas en 1957. Preparó decenas de dibujos antes de su desembarco y no es difícil imaginar la admiración que despertó en cada uno de los despachos de moqueta y madera oscura en los que se plantó para opositar a un trabajo. Acabaron rifándoselo. De la agencia Ancema, en la que fue ascendiendo como creativo hasta 1962, a la mítica Balena, donde puso el pie directamente como director de arte. Con estas dos compañías realizó sus piezas más recordadas: carteles para Schweppes, Revilla, Carbonell, La Casera, Phillips, Dhul, Estrella Dorada, Cruzcampo, SEAT…

Llegó un punto en el que Laperal podía permitirse el lujo de rechazar encargos. O aceptar los que más le ilusionaban, que en materia de carteles eran muchos. “Se presentaba a todos los concursos habidos y por haber y rara era la vez que su talento no acababa en lo más alto del podio. Era un hombre muy culto que ponía sus conocimientos al servicio de sus obras”, recuerda Vázquez.

Pero también luchó por dignificar el gremio. “Mi padre era de mente abierta y tenía una visión moderna de la sociedad.Viajaba y conocía otras culturas”, evoca Ana María. Tal vez fue este contacto con la realidad que se es- condía tras las fronteras españolas el que le llevó a fundar en Madrid el ‘Grupo 13’, un pequeño lobby formado por los más prestigiosos directores artísticos españoles cuyo objetivo era revalorizar el cartel hasta convertirlo en arte.

En una época en la que la publicidad trataba de superar el nivel artesanal, su habilidad para darle a un concepto el mejor envoltorio le valieron muchos premios. Más de 80, recuerda su otra hija, Pilar, quien arroja algo de luz a la candidatura que su padre presentó a la RFEF en forma de Toribalón: “Para él fue un concurso más. Ni el fútbol ni los toros le apasionaban. Lo que realmente le gustaba era la música clásica”. Ana María matiza la teoría: “Alguna vez sí que lo vi seguir algún partido del Real Madrid. Pero ya de mayor y porque mi hermano por parte de padre sí es muy futbolero”. Se embolsó 125.000 pesetas por quedar tercero.

Entre todos los premios que amasó se esconden varias anécdotas. En 1969, por ejemplo, el Banco Popular y el centro comercial Zabalburu, de Bilbao, presentaron a concurso el diseño de sus logotipos. Pues bien, Laperal ganó los dos, embolsándose una cuantiosa suma de pesetas. En los años 70, considerada como la década más importante en el mundo de la publicidad de nuestro país, logró hacerse con el prestigioso premio ‘Nestlé’. Y aunque ya había participado en otros certámenes internacionales, en 1985 quedó segundo en el Concurso Internacional de Pósters convocado por el Ministro de Cultura e Información de Irak. Al año siguiente, Laperal acudiría al país de Sadam Hussein como jurado del mismo concurso.

Uno de sus logros menos conocidos, sin embargo, tuvo lugar en 1979, el mismo año en el que Naranjito paró los pies a su orondo toro. Laperal presentó un póster de una paloma de la paz con los colores de Palestina en una iniciativa londinense llamada ‘Palestine, a Homeland Denied’. Un dibujo que, según sus hijas, algunas asociaciones palestinas siguen utilizando en actos reivindicativos. ¿El cartel de un zamorano convertido en arma arrojadiza contra la ocupación israelí? No solo eso: las propias autoridades palestinas luchan para que la UNESCO reconozca toda esa colección de carteles como patrimonio cultural.

Laperal se jubiló en 1993, tras pasar la última década trabajando desde su propio estudio. Antena 3 fue uno de sus últimos clientes. Tras dos años con los premios, bocetos originales y resto de material en casa, sus hijas han decidido hace poco ceder el archivo de su padre al Museo Nacional de Artes Decorativas de España. La directora, Sofía, confirma que tardarán algunos meses en documentar y clasificar todas las piezas. El día que sean expuestas no esperen encontrar a Toribalón. “No hay ni siquiera una copia”, lamenta una de sus hijas.

Al final, Naranjito no solo acabó con una forma de entender las mascotas mundialistas. También borró del mapa a sus rivales más fuertes.

 


 

Este texto forma parte del #Panenka54, un número monográfico sobre el fútbol de los 80 que todavía puedes conseguir aquí.