En cierta ocasión, un periodista preguntó a Jean Cocteau: “¿Señor Cocteau, si alguna vez se quemara el Museo del Louvre, usted qué salvaría?”. A lo que el poeta respondió sin dudar: “El fuego”.

Ver a Jorge Sampaoli andando con la cabeza gacha por la zona técnica, o entrenando, que es lo mismo, es como encender una cerilla, apoyarla en el borde del cenicero y observar cómo se consume. Ambas escenas forman parte de esa familia de paisajes insignificantes que, tal vez porque no esconden el más mínimo secreto, tal vez porque no invitan a ningún tipo de reflexión, tranquilizan. Este mundo loco y apabullante reclama demasiadas atenciones. Así, las caminatas del hombre del chándal, o la llama que se come al fósforo, se revelan en la actualidad como esa clase de escenas vacías que, sin saber muy bien por qué, uno necesita mirar urgentemente para recuperar las ganas de seguir sufriendo, o viviendo, que es lo mismo.

Resulta demasiado grotesca la comparación entre Sampaoli y las cerillas como para cometer el error de esquivarla. Si lo piensas bien, escribir es divertido porque puedes meterte en agujeros sin tener ni puta idea de que cómo vas a salir de ellos. Aparte del ya mencionado, ambas figuras guardan más puntos en común. Como por ejemplo su particular manera de relacionarse con el tiempo. A ojos del resto, avanzan rápido. Tan rápido que no duran nada. Exprimen su existencia en un momento determinado, la agotan, y se apagan. 1, 2, 3 y fundido a negro. Sencillo. Aunque lo que no está tan claro es que para ellos los capítulos se sucedan a la misma velocidad. Puede que no sientan tal vértigo. Puede que nuestros segundos sean sus horas. De no ser así, sería complicado explicarse por qué, pese a discurrir a toda pastilla, sus vidas evocan en algún punto todo lo contrario, una quietud confortable, como de armario ordenado.

También les une el carácter. Aparentemente inofensivos, por dentro les bulle la sangre. Gruñen, crepitan. Alumbran.

 

Hay personas que no saben abandonar un sitio por la puerta de atrás. Habrán tenido mejor o peor suerte, pero siempre ceden algo para que se las recuerde

 

Apuntaba Miguel Quintana en un interesante artículo en Ecos del Balón que la imparable progresión de Sampaoli en los banquillos, del amateurismo a la Champions League, fue “un camino hacia la élite sin atajo alguno, (…) ya que no tenía una carrera como jugador para poder ser reconocido”. Esta idea choca frontalmente contra aquellos que creen que para triunfar en el fútbol, como en cualquier otro sector bordeado por la fama, es necesario que al talento y al esfuerzo les sumes una porción, aunque sea mínima, de favores propiciados por terceros. El autodidacta Sampaoli, sin embargo, se construyó a sí mismo él solo, y luego se dirigió a la cumbre en línea a recta, campo a través, dejando tras sus pasos un inquietante rastro de madera carbonizada.

Hay personas que no saben abandonar un sitio por la puerta de atrás. Habrán tenido mejor o peor suerte, pero siempre ceden algo para que se los recuerde, al estilo de esos huéspedes que no se marchan tranquilos del hotel sin antes olvidarse una cajetilla de tabaco vacía en la mesita de noche. Sampaoli es de esos. Un tipo que procura pisar fuerte, dejar marca. Y si para lograrlo el fútbol no le alcanza, entonces recurre a las palabras, protagonizando ruedas de prensa que recuerdan a un sábado en la ópera. “Sampaoli nos ha vendido la moto, la colcha y todas las burras que tenía en el establo”, escribe el sevillista Jorge Decarlini. “De acuerdo. ¿Y qué?”. 

De su etapa de un año en el Sánchez Pizjuán se desprenden muchas luces, algunas frustraciones y, sobre todo, un sentimiento compartido: no hay veranos que duren para siempre. Así es la vida. Algo que sube y baja. Lo define mejor que yo Antonio Agredano:

Hay momentos únicos. Columpios emocionales. El recuerdo de aquel recibimiento en el Hotel Meliá Lebreros tras ganar al Betis a domicilio, por ejemplo. Los sevillistas zamarreando a un Sampaoli enajenado. Feliz. Excesivo. Esa comunión irracional en la victoria. Y luego, la rutina, el empate famélico, la derrota inesperada, y el adiós irremediable y mudo. Del rayo a la ceniza. El arcoíris sepultado por el nublado. El fútbol, siempre tan apresurado”. 

Y tan imprevisible. A finales del año pasado, nadie hubiera dicho que a la aventura de Sampaoli en La Liga le quedaban apenas un puñado de meses. Pasó lo que pasó, es cierto, el globo se deshinchó, pero podría haber reventado y aún así nos habría parecido lógico que el técnico de Casilda no abandonara por ello el puesto. Aunque, meditándolo un poco, ¿qué coño íbamos a saber nosotros? El deporte evoluciona a su antojo, con golpes secos e inesperados. Negarse a ello es hacer el ridículo. De repente unos directivos se reúnen, cae Bauza y a ti te empieza a sonar el teléfono. Así, como si apareciera en el instante menos oportuno, te llega la oportunidad de dirigir a Argentina. El sueño de tu vida.